1951 – El Allende iraní

2

Mohammad Mosaddeq solía contar que había adquirido su conciencia política a través de una frase que le decía siempre su madre, una filántropa que había fundado el hospital de caridad Najmieh de Teherán: «El valor de una persona en la sociedad depende de cuánto consagre su vida al bien de los demás»; y guiado por esa enseñanza, dejó que la historia lo convirtiera en el Salvador Allende iraní. Los paralelismos son numerosos y sorprendentes. Ambos accedieron al poder democráticamente, ambos trataron de poner en marcha un programa ambicioso de modernización y democratización profunda de sus respectivos países y ambos despertaron las iras de Washington cuando decidieron emprender sendas nacionalizaciones de recursos estratégicos: Allende, la del cobre; Mosaddeq, la del petróleo. A Allende, la CIA lo depondría mediante el golpe de Estado más trágico del siglo XX (con permiso del español de 1936) en 1973, pero lo haría repitiendo un modelo ya ensayado con éxito por primera vez veinte años antes en Persia. La marioneta del coup, el Pinochet persa, había sido en aquel caso el sah Reza Pahlevi, cuyo reinado de terror duraría hasta 1979.

En el siglo XXI existe una especie bastante corriente en ambientes ilustrados y progresistas de occidente según la cual los males del mundo islámico tienen su raíz en que, a diferencia del orbe cristiano y del judío, el musulmán nunca llegó a abordar una Ilustración digna de tal nombre; un volterianismo musulmán que, delimitando escrupulosamente los dominios de Dios y los del césar, desamarrase la siniestra alianza entre el Trono y el Altar. Según suele proclamar también esta suerte de islamofobia refinada y neocolonial, las naciones de Oriente Próximo no están verdaderamente preparadas para la democracia y deben, en consecuencia, ser tuteladas en mayor o menor medida por las potencias occidentales, porque dejarlas libres sólo puede significar un indeseable auge del fundamentalismo.

La breve y frustrada magistratura de Mosaddeq como primer ministro se basta por sí sola para arrojar luz sobre la falsedad radical de estas consideraciones y devolver la pelota de la culpa fundamental al tejado de Occidente: si los países de Oriente Medio no son democráticos no es porque carezcan de preparación para ello, sino porque Occidente nunca les permitió serlo verdaderamente. Estados Unidos no impulsó el golpe de Estado iraní de 1953 para instaurar un parlamento, sino para abolir el que de hecho había: el Majlis, fundado en 1906 y que había nombrado primer ministro dos años antes a Mosaddeq.

Aquellos dos años fueron suficientes para aprobar un conjunto de medidas democratizadoras que sorprenden por su amplitud y profundidad. Mosaddeq impulsó como primer ministro la puesta en marcha de subsidios de desempleo y enfermedad, una ambiciosa reforma agraria, la libertad de culto y asociación, el lanzamiento de un vasto programa de obras públicas, la construcción de miles de escuelas y centros de salud e incluso intentó conceder a las mujeres el derecho a votar y a ser votadas, aunque en este último caso se topó con la oposición del ala más conservadora del Frente Nacional, la heterogénea coalición de partidos socialistas, liberales y derechistas que lo había aupado al poder, y en consecuencia decidió sacrificar dicho propósito a fin de evitar que la plataforma se disgregarse. Sea como sea, cabe recordar que la muy democrática Suiza tardará todavía tres decenios en permitir votar a sus mujeres y que el sah auspiciado por Washington le espetará lo siguiente a Oriana Fallaci en 1973: «Nunca habéis producido un Miguel Ángel o un Bach. ¡Nunca habéis producido nada grandioso en la historia, nada! Sois maquiavélicas, sois malvadas, todas y cada una de vosotras».

El lector español habrá reconocido el evidente paralelismo existente entre los pilares de carga del proyecto mosadequista y los que sostuvieron en la España de los años treinta el de la Segunda República. No es ninguna casualidad. En el Tercer Mundo (y pardiez que España era un país del Tercer Mundo a la altura del año treinta por más que poseyera colonias), cuantos a lo largo del siglo XX se han propuesto modernizar su país y equipararlo a las naciones desarrolladas nunca han tenido que devanarse demasiado los sesos. Las líneas maestras ineluctables de tal modernización siempre han sido en todas partes esencialmente las mismas: un sota, caballo y rey de escuelas, hospitales y cesión de la tierra a quien realmente la trabaje.

Con Allende hay otro paralelismo curioso: en 1951, cuando accedió al poder, Mosaddeq tenía sesenta y nueve años; Allende, a su vez, tenía sesenta y dos en el momento de ser investido presidente de Chile en 1970. Y solía decir que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica, pero tanto él como Mosaddeq hicieron sus respectivas revoluciones no en la primavera, sino en el otoño de su vida. Ambos eran hombres mayores para los cuales la presidencia era la culminación de una larga y hasta entonces ingrata carrera política. Mosaddeq había comenzado la suya participando en el movimiento constitucionalista que en la primera década del siglo XX había convertido a Persia en una monarquía parlamentaria; Allende, a caballo entre los años veinte y treinta, como líder del movimiento estudiantil contra la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo. Los lustros subsiguientes a esos inicios, ambos hombres los dedicaron a adquirir en sus respectivos países una enorme popularidad y la aureola de hombres dignos, justos, demócratas y genuinamente preocupados por los padecimientos del pueblo. Ambos pasaron por prisión: Allende en 1930, en su época estudiantil; Mosaddeq en 1940 y como cabecilla destacado de las protestas contra el gobierno autoritario de Reza Shah, un general instalado en el poder como monarca por los británicos y que había suspendido la incipiente democracia persa. Su detención tendría un efecto brutal en su muy sensible hija Khadijeh, que pasaría el resto de su vida internada en centros psiquiátricos.

Tanto Allende como Mosaddeq concitaban amplias masas de entusiastas partidarios allá donde iban. Del primero hay numerosas fotografías que lo muestran arribando en tren a alguno de los pueblos del Chile profundo y saludando, trajeado y sonriente, a una congregación de extasiados lugareños. Y de Mosaddeq hay varias instantáneas similares. La más llamativa de ellas data de 1951, año de su nombramiento como primer ministro, y lo muestra, recién elegido, emergiendo en una calle de Teherán por sobre una densa masa de hombres que lo abrazan y lo llevan en volandas y que parecieran no estar sosteniendo en el aire a un hombre vivo, sino transportando una escultura de cera de ese mismo hombre.

El rostro de Mosaddeq en esta instantánea no tiene precio: su gesto es a la vez el de la felicidad suprema y el del alivio. Tiene los ojos cerrados, pero ese cierre de ojos no es el parpadeo intermitente y rutinario que se cuela a veces en las fotografías descuidadas, sino uno que se evidencia consciente, voluntario y de larga duración: el mismo que obramos cuando besamos a fin de disfrutar más del beso y concentrar en él toda nuestra atención. Mosaddeq está en el séptimo cielo: lleva toda la vida esperando ese momento.

Otra cosa digna de reseñar en la foto es que el flamante presidente aparece soberbiamente enfundado en un terno oscuro de rayas: también en esto se parecía Mosaddeq a su futuro homólogo chileno, que, aunque era un político consagrado al pueblo, no entendía (ni el propio pueblo lo entendía así) que los representantes del pueblo tuvieran la obligación ética de vestir como el propio pueblo. A la altura de 2017, las cosas han cambiado mucho en ese sentido: hoy hay quien entra al Parlamento vistiendo bermudas y sandalias cual si fuera a la playa o a la piscina, pero eso a Allende o a Mosaddeq les hubiera resultado inconcebible. La idea vigente era entonces la contraria: nada hay más digno que ser representante del pueblo ni nada más sagrado que el Parlamento, santuario supremo de la soberanía popular, y esa dignidad y majestad deben verse reflejadas en la vestimenta.

El objetivo principal de Mosaddeq, la clave de bóveda de su discurso, era la nacionalización del petróleo iraní, que era literalmente propiedad de una compañía británica que, pese a llamarse Anglo-Iranian Oil Company (AIOC), distaba de compartir los beneficios de su explotación con el gobierno persa, al que malpagaba una cantidad irrisoria a cambio de semejante privilegio. De su proyecto de nacionalización, Mosaddeq decía que no era una cuestión económica sino moral y, consecuentemente, una de sus primeras medidas como primer ministro fue abordarla con una ley que le costó duras sanciones económicas y la amenaza de una intervención militar de parte del gobierno británico: en el país de Winston Churchill, que gusta de autoadjudicarse altisonantemente el título de cuna y meca de la democracia, los principios democráticos tan llevados a gala han solido ser un bien de consumo propio y no sujeto a exportación, como bien había comprobado también, en 1936, la democracia republicana española, abandonada a su suerte por el propio primer ministro del Reino Unido.

Mosaddeq fue también un pionero del movimiento no alineado: no era socialista ni comunista, sino nacionalista, y su idea de independencia nacional no estaba transida de la hipocresía que sí caracterizó, en aquellos años de guerra fría, a otros países que la proclamaban con desparpajo pero se dejaban perderla a manos de Moscú. Cuando la Unión Soviética solicitó a Mosaddeq una concesión petrolera no muy diferente de la que durante la primera mitad del siglo XX había disfrutado Gran Bretaña, Mosaddeq, que hacía bandera del principio que él llamaba de equilibrio negativo entre las dos grandes potencias del globo, se la denegó con cajas destempladas.

Para entonces, en torno a Mosaddeq había ido generándose una vasta red de enemigos que incluía, por supuesto, a Gran Bretaña y Estados Unidos, pero también a la URSS, consecuentemente al Tudeh (el partido comunista iraní) y también los terratenientes, al Ejército y a la clerecía chií, furiosa contra sus reformas secularizadoras. La punta de lanza de este frente enemigo era, con todo, el gobierno británico, que veía con desesperación cómo todo lo que intentaba contra Mosaddeq no surtía el deseado efecto de deponerlo. La comparación con Allende es nuevamente pertinente: como muestra mejor que nada la trilogía La batalla de Chile, del cineasta Patricio Guzmán, también contra la popularidad y su fortaleza del gobierno de la Unidad Popular el gobierno estadounidense se estrelló una y otra vez durante los tres años que Henry Kissinger, indigno Premio Nobel de la Paz, tardó en aprobar la solución final pinochetista. En el caso iraní, Gran Bretaña probó un embargo contra la compra de petróleo iraní, la congelación de los activos iraníes y la infiltración de una red de espías en las altas esferas persas (esto último, al parecer, con la colaboración del Tudeh) hasta que, agotada, concluyó, de acuerdo con la CIA, lo que se resumió en una de esas frases tan concisas como siniestras que preceden siempre en la historia a las grandes canalladas imperialistas: «Mossadegh must go». Mosaddeq tiene que irse.

El verbo escogido para la frasecita de marras tiene su aquel y merece un comentario. Mossadegh must go, Mosaddeq tiene que irse. Significativo irse este que adjudica gramaticalmente la acción a Mosaddeq en lugar de a quienes lo depondrían por la fuerza, lo detendrían, saquearían y prenderían fuego a su casa y fusilarían a su ministro de Asuntos Exteriores en lo que la CIA llamó Operación Ayax; y que recuerda un poco a esos sospechosos circunloquios que acostumbran a florecer en los artículos periodísticos sobre feminicidios machistas: «falleció a manos de» en lugar de «fue asesinada por». Toda la hipocresía de occidente, toda la sempiterna emulación occidental de aquel Poncio Pilatos que mató a Jesús de Nazaret sin reconocer que lo mataba, toda la comparación posible de occidente con Dorian Gray, que se mantenía joven y bello a ojos del mundo mientras su retrato, escondido en un desván, envejecía y degradaba a golpe de indignidad, está encerrada en ese verbo escasamente inocente.

En su juicio por traición, Mosaddeq pronunció una frase con la que nuevamente anudaba lazos, sin saberlo, con su futuro émulo chileno, que pronunciaría muy parecidas cosas en su conmovedor y famosísimo último discurso en Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973: «Mi pecado, mi gran pecado (dijo Mosaddeq), ha sido nacionalizar la industria petrolera de Irán y desechar un sistema de explotación política y económica por parte del más grande imperio del mundo. Lo hice al precio de mi propio bienestar y el de mi familia y al riesgo de perder mi vida, mi honor y mi propiedad. Con la bendición de Dios y la voluntad del pueblo, luché contra este salvaje y terrible sistema de espionaje y colonialismo internacional. Mi destino debe servir como ejemplo en la futura lucha de Oriente Medio por romper las cadenas de la esclavitud y la servidumbre a los intereses coloniales».

Pablo Batalla Cueto
Pablo Batalla Cueto

Latest posts by Pablo Batalla Cueto (see all)

About Author

2 comentarios

  1. Para que pueda ser llamado el Allende iraní, tendría que haber entregado un país empobrecido, polarizado e institucionalmente hecho pedazos, este fue el legado del ex presidente Salvador Allende en nuestro país Chile. Saludos.

Leave A Reply

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies