Alice Guy: olvidada pionera del cine

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En el año 1902 el ilusionista y director Georges Méliès grabó Viaje a la Luna, cinta que muchos expertos señalaron como la primera película de la historia. Inspirada en la famosa novela de Julio Verne y con una duración de catorce minutos, es una de las más famosas de todos los tiempos. La secuencia del cohete impactando contra una Luna con rostro animado ha acabado por convertirse en un icono de la cultura popular. Hasta ahí todo bien, pero ¿y si os dijera que nos han mentido? ¿Y si estamos de nuevo ante una de esas imperdonables injusticias? ¿Y si la narración cinematográfica no la inventó Méliès? ¿Y si en realidad fue una mujer la que se puso al frente de la primera película de la historia?

Su nombre: Alice Guy, nacida en Saint-Mandé el 1 de julio de 1873, pasó parte de su infancia en países como Chile y Suiza. Tras finalizar sus estudios de secretariado en 1894, entró a trabajar como secretaria en Le Comptoir Général de la Photographie. Ese mismo verano, León Gaumont, uno de los directivos de la empresa, creó su propio negocio de fotografía, la Compañía Gaumont, y se llevó a Alice con él para que trabajase a sus ordenes como secretaria. En 1895 los hermanos Lumière invitaron a Gaumont y a Guy a una demostración de su cinematógrafo. Tras la proyección del veintiocho de diciembre de 1895 con público en el salón Indio del Gran Salón de Café, Alice Guy (que había actuado en obras de teatro) convenció a su jefe de que ahí había negocio. Sin embargo, el propio Gaumont solo apostó finalmente por el aparato y no por la posibilidad de rodar películas. Aún así, Alice trató de hacerle ver a Gaumont las infinitas posibilidades del invento: pensaba que el cinematógrafo servía para algo más que para grabar imágenes en movimiento y quería demostrarlo. Ante las insistencias, Gaumont consintió que Alice tomase prestado uno de los cinematógrafos los fines de semana para poder experimentar. Con aquel intento por acallar las peticiones de su secretaria, Gaumont inició de manera inconsciente la carrera cinematográfica de Alice Guy.

Fue así como en abril de 1896 Alice Guy dirigió La Fée aux Choux (El hada de los repollos): la primera película que duraba más de un minuto y, lo más importante, que contaba una historia (que no es otra que la adaptación de un cuento popular francés en donde los niños nacen de repollos y las niñas de rosas). El hada de los repollos fue también pionera en el uso de efectos visuales, de imágenes en movimiento así como del montaje. Un año más tarde, y tras percatarse por fin de los beneficios que el talento de su empleada podía proporcionarle, Gaumont creó un departamento de producción cinematográfica cuya dirección confió a Guy, con la condición de que siguiese desempeñando sus tareas como secretaria (algo que hizo durante diez años).

Entre 1902 y 1907 Alice Guy dirigió cien películas rodadas con el cronógrafo, aparato que permitía sincronizar la imagen y el sonido grabado; algunas tan interesantes como la divertida A Sticky Woman (1906), en donde una mujer cumple la función de pegar sellos, Anarchiste (1907), una parodia del anarquismo, La Esmeralda (1905), basada en la novela de Víctor Hugo, o Las consecuencias del feminismo (1906), un interesante corto en el que los roles de género se intercambian. Incluso rodó en España varios filmes en 1905 como La malagueña, Voyage a Espagne y El torero (esta última coloreada a mano), y un año después, en 1906, dirigió su particular visión sobre la religión en La pasión o la vida de Cristo, la que es considerada la primera superproducción de la historia, rodada en el bosque de Fontainlebleau con más de trescientos extras y veinticinco decorados. Sin duda, toda una proeza para esa época.

Una vez casada con el camarógrafo Herbert Blaché, Guy se mudó a Estados Unidos, donde fundó la productora Solax en 1910 y Blanche Features en 1913. Allí siguió rodando hasta llegar a los mil títulos entre westerns, dramas, comedias, películas de ciencia ficción y hasta policíacas. Tras el fracaso de su matrimonio y un tormentoso divorcio, regresó a Francia en 1922 para descubrir que todos se habían olvidado de ella.

Los estudios redujeron drásticamente la importancia de Alice Guy definiéndola como la secretaria de Gaumont y posiblemente su amante. Así mismo, adjudicaron parte de su producción cinematográfica a los propios directores de fotografía que trabajaron con ella, o a Herbert Blaché, su ya exmarido. En una entrevista realizada en 1912, el propio Gaumont declaró que «En Francia mientras una mujer esté, como se dice, en su lugar, no recibe ningún reproche, pero si ella asume y ejerce las prerrogativas asignadas a sus hermanos se la mira mal. La actitud hacia las mujeres en EEUU es muy distinta». Esto, añadido a su divorcio y la quiebra de las empresas que tenía con Blanché, contribuyeron a que el nombre de Alice Guy se fuese apagando poco a poco en la historia. En palabras de Alice Guy Peters, tataranieta de la cineasta, se pasó los últimos treinta años de su vida buscando sus películas entre Francia y Estados Unidos. Y aunque fue reconocida en el año 1955 con la Legión de Honor, sufrió enormemente ese injusto olvido hasta el día de su muerte, el veinticuatro de marzo 1968 en Nueva Jersey.

Afortunadamente, el tiempo ha puesto a cada uno en su lugar, y en el caso de Alice Guy por fin se ha comenzado a valorar y estudiar su obra. Sus memorias, publicadas en 1976, consiguieron que muchos críticos prestasen interés a su figura, y su reconocimiento ha aumentado a comienzos de siglo XXI gracias a la publicación de tesis, artículos o libros que abordan aspectos de su filmografía. Ejemplo de ello lo encontramos en Vida de Alice Guy Blaché (2016), de Alejandra Val Cubero, profesora de comunicación audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid, quien contaría con la colaboración de los descendientes de la cineasta y con el acceso a un inabarcable número de fuentes para poder de contar a los lectores la historia de la verdadera pionera del cine.

Según Alison McMagan, autora de Alice Guy Blaché: una visionaria perdida del cine (2008), Guy es por motivos más que suficientes y constatados una de las figuras clave del cine; con su trabajo y avances técnicos contribuyó a profesionalizar un oficio por aquel entonces en ciernes. Su defecto, dijeron algunos de sus colaboradores a principios de siglo XX, fue el de ser mujer. Su virtud, todo un legado histórico plagado de innovaciones y filmes para la posteridad. Una inspiración para las futuras generaciones que, como ella, se postran diariamente ante la magia del séptimo arte.

Andrea Moliner Ros

Andrea Moliner Ros

Historiadora, feminista, escritora y devoradora de libros.

Twitter: @JimenaAlmena
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