Alonso de Contreras, el antihéroe

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Desterrado con doce años por matar a un compañero de estudios, enrolado en los tercios de Flandes a los catorce, desertor, corsario, alférez, capitán, desertor en dos ocasiones más, encarcelado por ser espía turco, acusado de organizar una revolución morisca, defensor de los mares de Puerto Rico, desposado con una rica viuda que mató por infiel junto con su amante, repudiado por la corte, caballero de la Orden de Malta. En la época dorada de los hidalgos, la nobleza y el honor, Alonso de Contreras nos legó la verdad de su tiempo, la de la miseria, la sangre, la pólvora en el rostro, la doble moral, y el sálvese quien pueda de principios del siglo XVII.

alonso-de-contreras-de-andrea-miniaturasUn día Alonso, con doce años, dejó de asistir a la escuela para acudir a unas fiestas que se estaban celebrando en Puente de Segovia y en la que se celebraban unas justas. Cuando regresó a la escuela al día siguiente uno de sus compañeros se había chivado de su falta y el cura lo castigo severamente, azotándolo en el trasero hasta hacerle sangre. Dando muestra del hombre con claroscuros en que se convertirá, Alonso buscó al delator, se enzarzó con él y consiguió tumbarlo boca abajo,  y con un cuchillejo que había hurtado de las escribanías comenzó a apuñalarle en la espalda. En su biografía relatará: «como parecía que aquello no le hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas. Diciendo todos los muchachos que le había muerto me fui, y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada». Resultó que aquel compañero de estudios era hijo del alguacil, que fue a buscar a Alonso: Fue llevado a juicio junto con otros veinte jóvenes, y mintió en su declaración alegando no saber nada del tema. El resto de sus compañeros, intuyendo las represalias que les sobrevendrían si acusaban a Alonso del crimen, temieron más la ira de este que la del tribunal y nadie osó acusarlo. No obstante, como la palabra del alguacil pesaba más que la de los niños, este consiguió que finalmente fuera condenado a un año de destierro por la muerte de su zagal, salvándose de galeras o una pena capital gracias a su corta edad.

Había nacido un 6 de enero de 1582 en la Villa de Madrid, hijo de unos padres humildes pero «cristianos viejos, sin raza de moros ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio», en una familia de dieciséis hermanos. A la muerte de su padre, en su adolescencia, solo ocho de estos habían sobrevivido al hambre y la enfermedad. Pasó un año y poco más exiliado en Ávila bajo la tutela de un tío suyo, vagabundeando y dedicándose al pillaje, y regresó a Madrid donde, gracias a ciertos favores que pidiera su madre, entró de aprendiz en casa de un artesano platero. Al poco tiempo de emprender este oficio, tras una larga jornada de trabajo, la esposa del platero le mandó a buscar agua con un cántaro, a lo que este se negó: «Y díjela que yo no había venido a servir, sino a aprender oficio, que buscase otro quien fuese por agua. Alzó un chapín para darme y yo alcé la cantarilla y tirésela». Huyó al verla patas arriba y regresó a casa de su madre, donde no tardó en llegar el robusto esposo, enrojecido de furia. Alonso, sabiendo lo que le esperaba, y antes de dar oportunidad a ser alcanzado, le abrió la cabeza de una pedrada. Con  apenas catorce años, temiéndose que esta vez el tribunal no sería tan clemente con él, vio como su madre le preparaba un hatillo con unos mendrugos, una camisa y un par de zapatos de carnero, y le despidió con su bendición, de nuevo al exilio.

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Sentando plaza, ¡por mi madre!

Decidió alistarse en el ejército del archiduque Alberto de Austria pues, para un joven sin oficio ni dineros ni más talento que ser violento, la de las armas era una carrera que al menos le proveería un par de comidas calientes al día. La primera noche de guardia se puso a jugar a los naipes con un turronero y perdió la camisa, los zapatos, y todos sus pocos dineros. Famélico y sin qué vestir, entró al servicio del jefe mayor de cocinas mientras se postulaba como soldado, finalmente sentando plaza en la compañía del capitán Mejía. Valióse después de su amistad con los cocineros, y frecuentemente conseguía para sus compañeros los mejores bocados de entre los fogones. Fue gracias a esto granjeándose la confianza de la soldadesca y, lo más importante, del cabo de escuadra bajo cuyo mando servía. Este cabo, disgustado con el bajo sueldo que ganaba en el ejército del Príncipe Cardenal, un día organizó una deserción en grupo abandonando Flandes que llevó, en la ignorancia, a sus subordinados hasta Nápoles. Pasaron pocos días hasta que comenzaron a ser buscados en la ciudad y Alonso decidió, antes que pasar por la horca, abandonar a sus amigos y dirigirse a Palermo, donde se hizo paje de armas de del capitán Felipe de Menarcas. En 1597, con aún apenas quince años a pesar de todo lo ya vivido, se embarcó en su primera expedición rumbo a las costas de Grecia y entró en combate en la península de Morea, consiguiendo su primer botín.

soldados-de-la-epocaResultó poco después que uno de sus compañeros soldados, con el que tenía gran amistad, estaba organizando una función teatral para la tropa y le pidió el favor de hacerse con uno de los trajes del capitán al que servía para usarlo como parte del vestuario de la obra. Confiado, concedió tomar prestado uno de los más vistosos y caros durante unas horas, pero el falso comediante se la jugó y desapareció con los lujosos ropajes. Atemorizado por la que se le iba a venir encima,  seguro de que nadie creería en su inocencia, y sabiendo que sería el primer acusado por el hurto, desertó una vez más y consiguió llegar a Messina embarcándose como polizón en las galeras de Pedro Álvarez de Toledo. Encontró puesto al servicio de un señor como paje en Malta, y gracias a una carta de recomendación de este, sentó plaza de soldado en Sicilia. Justo un año después el virrey armó una galeota en corso, prometiendo pagar adelantadas cuatro soldadas y Alonso, ávido de aventuras y botines, alentado por las fanfarronadas que escuchaba al par de las hogueras de campamento, se volvió corsario.

Es en este navío, después de tantas correrías, cuando comenzó a sentirse cómodo, a creerse un verdadero soldado entre iguales y a interesarse verdaderamente por la navegación. En este periodo entró innumerables veces en combate, tantas que en el relato de su vida no consigue recordar, y recorrió todo el Mediterráneo enfrentándose a hierro y fuego a corsos berberiscos, a piratas sin bandera y al ejército turco por igual; saqueando puertos árabes, tomando esclavos, quemando ciudades, haciéndose con suculentos botines y perdiéndolos a los naipes en las tabernas o entregándoselo voluntariamente a exóticas hembras; en el mar encontró durante el transcurso de los viajes su verdadera vocación y apenas dormía por practicar con los pilotos, aprender a cartografiar, o instruirse en el oficio de capitán.

Estando en Palermo de permiso, fue con dos compañeros a una hostería: dijo uno de ellos al hostelero «trae aquí comida, bujarrón», y el hostelero se ofendió y trató al soldado de mentiroso y el primer ofensor se ofendió aún más (porque ser mentiroso en aquella época era igual de mal visto que ser bujarrón)  y, sencillos como eran los intercambios de pareceres en esos tiempos, lo apuñaló de muerte. Sabiendo al poco que ya había corrido la voz del asesinato y que, de ser capturados, los italianos (que no veían el bujarronismo asunto de tanta gravedad) los ahorcarían, robaron una barca de pescar y pusieron rumbo a Nápoles, donde solo gracias a la pericia en la mar de Alonso, recién aprendida, consiguieron llegar tras tres días.

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A cenar con Cristo o a Constantinopla

En Nápoles siguió metiéndose en líos, pues sentía por sus dos compinches, aunque en el fondo supiera que la compañía no le conviniera, una lealtad de esas que se forjan cuando uno anda a oliendo a pólvora y esquivando balas de cañón, y estos siguieron metiéndole en duelos y pelea hasta que, otra vez por toparse con otro bujarrón y tras una disputa en que atacan a otro hostelero y dan muerte a un italiano, decide huir otra vez, pero esta vez solo. Una vez más jugándose plaza en el cadalso, consigue que un amigo lo oculte en las bodegas de una galera y tras veinte días de polizón llega a Malta, donde se enteró de que sus dos protectores habían sido capturados y ahorcados en Italia.

soldados-de-tercio-de-mediados-del-xviiVolvió a alistarse,  como soldado de fortuna  esta vez, en las galeras de la Orden de San Juan y se le mandó a combatir en el levante mediterráneo. Tanto arrojo y buen hacer demostró que hacia 1602, con solo veinte años, recibió el mando de una fragata capturada y su primera misión como capitán, que fue vigilar las islas griegas, plagadas de turcos, y espiar sus actividades. «Llevaba la fragata, entre remeros y otros soldados, treinta y siete personas, de que yo era capitán, y para ello me dieron mi patente firmada y sellada del Gran Maestre». Cumplió esta misión y todas las siguientes haciendo el corso por los mares de Tesalónica, Lampedusa, Trípoli, Egipto, Jerusalén y toda la Berbería, sirviendo de espía gracias a su dominio del turco, y haciendo de escolta de otros navíos cristianos cuando fue menester.

Siendo capitán corsario, ya conocido y respetado entre los de su misma calaña, capturó una carga de trigo, que transportaba en un caramuzal arrebatado a un mercader turco. Como aquellos que tenían patente de corso no tenían sueldo, ya que oficialmente no pertenecían al ejército, tenían que buscarse la soldada mercadeando, a veces ilegalmente (esto es con el enemigo), con lo que a bien podían saquear. Alonso llevó el cargamento hasta un puerto en el brazo de Mayna en que conocía a ciertos bandidos damasquinos a los que no les importaba comprar mercancías de dudosa procedencia y acordó con estos la venta del bajel y su contenido, prometiendo pagar a la mañana siguiente. Durante la noche, los piratas cortaron los cabos con que estaba dado a fondo y lo hicieron encallar en tierra y cuando Alonso, que dormía abrazado a una damasquina, fue avisado después de amanecido, ya no quedaba ni un grano de trigo en la bodega.

Llegó al poco el jefe de los bandidos, excusándose y alegando no saber nada de lo sucedido, y Alonso les convidó a almorzar en su fragata para dialogar sobre lo sucedido. Mientras comían, sin que se percataran, mandó izar anclas e ir mar adentro: los damasquinos comenzaron a ponerse nerviosos y a rogar que los devolvieran a tierra, pero Alonso los obligó a desnudarse, los hizo sujetar y los azotó con cabos embreados más de cien veces a cada uno. Los hizo lavar después con vinagre y sal, como se hacía en las galeras, y le dijo al jefe que enviara a buscar el pago acordado, ochocientos cequíes, o sino los ahorcaría. Cuando al poco volvió el enviado con el dinero los hizo saltar por la borda y tuvieron que nadar a refugiarse en una isla, donde los dejó. A partir ese día nunca otro pirata volvió a osar robarle o engañarle y fue conocido entre los bandidos de Malta como El Compadre de Brazo de Mayna.

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Por el Rey, lo que fuere necesario

Descubrió tras este incidente que más beneficios y menos complicaciones que el saqueo y venta, al menos sobre pergamino, daban los rescates, y se dedicó al secuestro: «Llegué al Golfo de Salónique, no con poco trabajo, que está en el riñón de la Turquía, pasado el Archipiélago, que también toma parte de él. Salté en tierra con dieciséis hombres y mi petardo y la espía, que me temí harto de él. Llegamos a la casa, que estaba como una milla de la marina y menos, púsose el petardo, hizo su efecto, entramos y cogimos el judío, su mujer y dos hijas pequeñas y un criadillo y una vieja».

corsarios-de-berberiaY así combinó durante años, junto con el enfrentamiento directo, la piratería, el corso y el tráfico de mercancías robadas, los secuestros de destacados personajes de la corte turca, por los que pedía cuantiosos rescates, como el caso de un judío recaudador de impuestos del Gran Turco, o el de la amante del Solimán de Catania. Aún no tenía veinte años, apenas pelo en el rostro más que una sombra sobre el labio superior, pero, debido al terrible daño que sus gestas infringían, el mismísimo rey de Argel mandó retratarle y ofreció una generosa recompensa por el español, prometiendo empalarle «desde el ano a la garganta, como con los perros y las cabras».

«Habló de parte de Solimán y abrieron. Entramos dentro y sin ninguna resistencia cogimos la turca renegada, húngara de nación, la más hermosa que vi. Cogimos dos putillos y un renegado y dos cristianos esclavos, de nación corso el uno, y el otro albanés. Cogimos la cama y ropa sin haber quien nos dijese nada. Embarcámonos y caminamos a más no poder hasta salir del Archipiélago, que Dios nos dio buen tiempo. La húngara no era mujer, sino amiga. Regaléla con extremo, que lo merecía, aunque en rebeldía».

Gracias a estas hazañas, que recorrían ya el mediterráneo, en 1603 ascendió a alférez de infantería. Decidió por esa época sentar cabeza pues ya era hora, decía, de dejar de gastar hacienda en putillas, y encontró reposo en una adinerada mujer, viuda de un oidor (como a los jueces se llamaba en ese tiempo) de la Real Audiencia de Sicilia, pero quiso el destino que al poco de desposados la encontró con uno de sus amigos: «Los cogí juntos una mañana, y se murieron» (y en su autobiografía no habló más del caso). Tras que se murieran, Alonso decidió regresar a España y recorrió la península ejerciendo su cargo. Pasó por Madrid a visitar a su madre, que había vuelto a casarse y tenía cinco hijos más, y viendo que ya no había lugar allí para él, siguió su camino.

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Señores, vámonos, que basta la burla

Después de más duelos, más enfrentamientos, más suculentos botines y más perdidas nocturnas con sus con quícaras, volvió a la corte de castilla para solicitar un puesto vacante de Sargento Mayor de Cerdeña que se ofertaba, pero fue ninguneado por la corte; es más, se rieron de él por ser hijo de nada. Mal a gusto y considerándose mal pagado, siguió en su puesto de alférez y aceptó un humilde destino en Extremadura: estando en El Almendralejo, donde vivía en pecado con una moza llamada Isabel de Rojas, su capitán le mandó a cumplir una misión de noche. Alonso era hidenada pero este era hideputa y sabiendo que no lo hallaría en casa, pues lejos lo había mandado, fue a encamarse con Isabel, su mujer, que además estaba encinta, y la violó. Como esta se resistía y empezó a dar voces, agarró un mazo y comenzó a darle una tremenda paliza: «y la dio tantos palos que fue menester entrar la guarda y el huésped a quitársela. Fue de suerte que luego quebró en sangre y malparió dentro de tres horas».  Cuando Alonso llegó a casa y le explicaron lo ocurrido y que había perdido a su hijo, mandó ensillar la jaca, recogió su dinero y sus papeles y partió a buscar a su capitán. Aún amanecía cuando llegó al cuartel y superó la guarda diciendo que llevaba correo de Madrid urgente. Cuando entró en los aposentos el violador aún se estaba vistiendo, pues dormía sin remordimiento, y no le dejó oportunidad ni de explicarse: «le dije que era ruin caballero en lo que había hecho y que le había de matar. El metió mano a una espada y broquel, pero como la razón tiene gran fuerza, le di una estocada en el pecho que di con él en tierra. Dijo ¡Ay, que me ha muerto!».

Se entregó tras el suceso y se le hizo consejo de guerra en Madrid, y fue condenado a que se le cortase la cabeza por haber ido a matar a un superior. Le salvaron sus compañeros del Hábito de San Juan, que mandaron numerosas misivas, intercedieron ante el consejo y lograron salvarle la vida y el puesto a cambio de una simple multa, pues aunque las compañías de caballeros, tras lo de los templarios, parecían en extinción, aún algunas tenían influencia. No obstante, cuando una vez limpió su nombre quiso entrar otra vez más en la corte, le hicieron aguardar horas de espera y después dos alguaciles lo expulsaron de El Escorial. Se habían burlado de él, hijo de nada, lo habían ninguneado de mala manera por segunda vez. Después de tantos años de servicio, de haber recorrido medio mundo conocido, de haberse jugado la vida por un rey al que no le permitían apenas acercarse, se derrumbó y, cansado de apuestas, batallas, pólvora y putas, resolvió hacerse ermitaño: «Me resolví el irme a servir al desierto a Dios y no más corte ni palacio. Traté de mi viaje, que fue el irme a Moncayo y fabricar una ermita en aquella montaña y acabar en ella».

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Prendan al Rey de los moriscos

«Compré los instrumentos para un ermitaño: cilicio y disciplinas y sayal de que hacer un saco, un reloj de sol, muchos libros de penitencia, simientes y una calavera y un azadoncito. Metí todo esto en una maleta grande y tomé dos mulas y un mozo para mi viaje, sin decir a nadie dónde iba». Se hizo llamar Fray Alonso de la Madre de Dios, y a los pies del Moncayo construyó una ermita. Se despojó de sus vestimentas y adoptó el hábito de ermitaño descalzo, que se componía de un saco sin mangas, sin perneras y sin zapatos. El domingo bajaba al pueblo a comulgar y mendigar, y se sustentaba de sopas de pan y ajo y algunos frutos silvestres, pero a pesar de sus intentos por rehacer su vida y pasar desapercibido, cuando ya se sentía en paz consigo mismo, un día de 1608 vio acercarse a un regimiento, que creyó iba de paso a Zaragoza.

felipe-iiiEn lugar de pasar de largo se acercaron a la ermita con precaución y en formación, como si fueran a entrar en combate contra un ejército, y prendieron a Alonso y lo engrilletaron de pies y manos. Resultó que caía sobre él la acusación de estar preparando una revuelta morisca en Castilla y haberse proclamado rey de ellos, pues la corona de Felipe III estaba en pleno proceso de expulsión de moros y judíos de sus territorios y veía enemigos en cualquier lado. Los fundamentos de la acusación contra el fraile se basaban en un cargamento de armas que, siendo alférez cinco años atrás, se distrajo de su guarda y acabó vendida en manos de unos infieles a Cristo.

Se le llevó enjaulado a Madrid, rodeado de doce hombres con fusiles pues se creía que sus supuestos súbditos podrían emboscar para rescatarlo, y una vez en Madrid confesó primero ante el santo oficio, y meses más tarde, tras sufrir todo tipo de torturas y a pesar de ello no doblegar, fue condenado a morir en el cadalso. Una vez más sus compañeros de la Orden de Malta consiguieron distraer la guardia, hacerle huir de Madrid y, una vez a salvo, reabrir el proceso valiéndose de su gran influencia. Mientras se cobijaba un tiempo en Valencia, al poco, su caso había sido resuelto, y no solo con la absolución, sino con la indemnización (por falsa acusación) de obtener carta para Flandes y mandar allí sobre una compañía de infantería.

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Del priorato de Castilla

Hacia 1608, Alonso llegó a Bruselas con cédula real, pero pasaron dos años sin que su superior, el maestre de campo don Juan de Meneses tuviera ocasión de entregarle la compañía prometida. Coincidiendo con la muerte del rey de Francia Enrique IV, apuñalado en 1610, se enteró de que en Malta habían llamado a capítulo y se preparaba una junta de los caballeros de la orden. Pidió licencia al archiduque y partió de Flandes. Como no tenía para comprar un caballo, resolvió vestir hábito de peregrino y simular viajar a Roma. Dominaba bien el idioma francés y cruzó el país sin problema, pasando por París y Amiens, hasta entrar en Borgoña. Rondaba una fortificación cerca de Dijon cuando fue prendido por unos soldados franceses que desconfiaron de su apariencia. Descubrieron que era español y que llevaba la espada oculta bajo el disfraz de peregrino y no necesitaron más prueba para encerrarlo por espía. Tras ser torturado pasó a encararse ante el tribunal, donde por fin consiguió mostrar la carta de favor del archiduque para el Gran Maestre de Malta que le debía permitir atravesar los territorios para llegar a su servicio. Resuelto el equívoco, habiéndose salvado de la horca una vez más en última instancia, el magistrado le entregó una cédula que le franqueó el paso por Lyon, Saboya, Turín y Génova, donde embarcó para Malta. Allí lo recibió el Gran Maestre, quien llamó a capítulo general y lo hizo ingresar en el Priorato de Castilla recibiendo doscientos votos a favor. Cumplió el año de noviciado que se le exigía, tras lo cual se le permitió seguir haciendo la guerra. No pasaron muchos meses cuando llegó una leva de Bartolomé de Anaya, secretario de guerra, que le conminaba a llegar a Barcelona para ponerse, como capitán, al frente de una compañía de infantería. De ahí lo mandaron a Sanlúcar, donde se le entregó un galeón con doscientos hombres y se le encomendó dirigirse a los mares de Puerto Rico, en las indias occidentales, que estaban sitiadas de holandeses.

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Contra el corsario Sir Guatarral

Salió el capitán Alonso de Contreras de la desembocadura del Guadalquivir y tras hacer escala en Canarias llegó a las indias después de cuarenta y seis días sin ver tierra. Entró en la boca de Puerto Rico y fue bien recibido por Felipe de Viamonte y Navarra, el gobernador de la isla. Tras dejar allí cuarenta soldados para refuerzo puso rumbo a Santo Domingo, donde tenía orden de construir un fuerte.

sir-walter-raleighUnos días después, llegó noticia de que cinco navíos ingleses estaban fondeando a unas millas de su posición y no era estos otros que los de Sir Walter Raleigh (Guatarral para los españoles). No dudó Contreras en dirigirse al lugar para enfrentarse a ellos, pero sabiéndose inferior usó una estratagema aprendida en sus días de corso. Camufló su nave como si de un mercante se tratara: «Y cuando el enemigo nos vio, hice que tomásemos la vuelta como que huíamos. Cargaron velas los enemigos sobre nosotros, que de industria no huíamos, y en poco rato estuvimos juntos. Volvíles la proa y arbolé mis estandartes y comenzamos a darles, y ellos a nosotros». Ese día de tan grande victoria no se encontraba Guatarral en la batalla, pero sí uno de sus hijos que le hacía de almirante, al que dieron muerte. Tras terminar de construir el fuerte en Santo Domingo, dejando allí a la mayoría de su tripulación para que lo defendieran, se dirigió a Santiago de Cuba, donde fue felicitado por el gobernador quien le informó que, tras el enfrentamiento con la flota de Raleigh, este había puesto mar por medio y vuelto a Inglaterra. Su misión estaba realizada, más que satisfactoriamente y en tiempo record, así que con el deber cumplido resolvió regresar a Sevilla.

Llegó a Sanlúcar y supo que al otro lado del estrecho, en la boca del río Sebú, un bajel castellano, con un cargamento de oro de las indias, había encallado en un banco de arena en el lugar que llamaban La Mámora y estaba sitiado por mar y tierra. Se presentó ante el duque de Medina Sidonia y se ofreció, ante el asombro de todos, voluntario para in en socorro de los cristianos, una misión suicida. Cruzó a Berbería en la noche y pertrechado por la niebla  arrimó su costado al fondado, hizo trasvase del oro y la tripulación, y antes de amanecido salió como alma que persigue el diablo de vuelta a la península. Cuando se corrió la voz de la temeraria aunque exitosa hazaña, el rey lo llamó a ver en Madrid, pues la guerra de Flandes era más que costosa y la recuperación del cargamento le había arreglado unas semanas de financiación. Alonso clavó la rodilla ante su majestad y, tras un breve diálogo de agradecimiento, se le dijo que se le haría almirante de una flota cuyo puesto estaba vacante.

Pasaron dos meses y no tuvo noticia del mando, ni se le terminaba de entregar la plaza de almirantazgo. Pidió audiencia con el rey y, tras unas semanas más de espera, este le recibió. Alonso clavó rodilla en tierra, se armó de valor, y le escupió lo que iba a decir: «Señor, yo he servido a Vuesa Majestad veinticinco años en muchas partes, como parece por este memorial, y por el servicio último de haber metido el socorro en La Mámora. Vuesa Majestad me hizo merced de un decreto para que me diesen la plaza de almirante de una flota, que por mis servicios he estado consultado en ella otras veces y, ahora, mandándomela dar Vuesa Majestad, aún no me ha consultado el presidente». El rey se acercó, le arrebató de las manos los despachos y el memorial que lo haría almirante, sin pronunciar palabra le dio la espalda, y Felipe IV, recién heredado, se fue con las aspiraciones de Alonso echadas por tierra.

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El merecido retiro

Volvió a marchar de España con el corazón ahogado de injusticias y fue una vez más a Malta, a ver si sus compañeros de la orden le encontraban qué hacer. Hizo escala en Sicilia, donde presentó su cédula ante el duque de Alburquerque, virrey de esos mares, e hizo amistad con él. Quiso la suerte, el relato de sus hazañas y su fama de honrado que este duque le entregara el gobierno de una isla frente a África, donde llevaba sirviendo dieciséis meses cuando fue mandado a llamar por el papa Urbano VIII, que le exigió algunos servicios.

placa-de-alonso-de-contrerasTras obtener licencia del pontífice volvió a servir al virrey, que en esta ocasión lo mandó a ordenar el desgobierno de la región de L’Aquila, y guerreando por Italia llegó a Nápoles, donde vivió una terrible erupción del Vesubio: «Una mañana, martes 16 de diciembre, amaneció un gran penacho de humo sobre la montaña de Soma, que otros llaman el Vesubio, y entrando el día comenzó a oscurecerse el sol, y a tronar, y llover ceniza; advierto que Nola está debajo casi del monte, cuatro millas y menos. La gente comenzó a temer, viendo el día noche y llover ceniza, con lo cual comenzaron a huirse de la tierra. Y aquella noche fue tan horrenda que me parece no puede haber otra semejante el Día del Juicio, porque, demás de la ceniza, llovía tierra y piedras de fuego como las escorias que sacan los herreros de las fraguas, y tan grandes como una mano, y mayores y menores; y tras todo esto había un temblor de tierra continuo, que esta noche se cayeron treinta y siete casas, y el volcán nunca dejó de escupir fuego».

Pidió licencia una vez más al virrey, pues estaba cansado de combatir «italianos bujarrones», y sabía que siendo extranjero nunca lograría sentar plaza importante en ese país, a lo que el virrey le respondió, para su sorpresa, que no había licencia que darle puesto que el Gran Maestre del Hábito de San Juan le había ordenado Caballero con toda solemnidad y hecho llegar una bula que le había concedido, con lo que ya no habría de servir a ningún señor si no fuera su voluntad; solo al de Malta. Decidió retirarse a Madrid y hacer uso de su bula para obtener un sueldo que la corte le habría de pagar por ser caballero de la Orden de San Juan. Allí procuró mantenerse alejado de palacios e intrigas y se dedicó a instruirse y a asistir a comedias. Conoció a Félix Lope de Vega, también hermano caballero, que le invitó a alojarse indefinidamente en su residencia, a cambio de que, para su regocijo, escribiese el relato de su vida.

portada-libro-alonso-de-contrerasNada más se supo de él, mas que falleció en 1641. Como solía ocurrir con los caballeros retirados que consiguen llegar a ancianos, tal vez el recuerdo de las vidas arrebatadas y los remordimientos le llevaron a ingresar en convento o retirarse como ermitaño, otra vez, al Moncayo. Nadie dejó escrito qué fue de Alonso de Guillen y Contreras, autor de su propia biografía, que no fue publicada hasta el año 1900, y que tituló: Vida, Nacimiento, Padres y Crianza del Capitán Alonso de Contreras, Natural de Madrid, Caballero de la Orden de San Juan, Comendador de Una de Sus Comiendas en Castilla, Escrita Por Él Mismo. Discurso de Mi Vida Desde Que Salí a Servir al Rey, a la Edad de Catorce Años, Que Fue el Año de 1597, Hasta el Fin del Año de 1630, por Primero de Octubre, en Que Terminé Esta Relación. Solo le habrían faltado unas últimas palabras para dejar bien claro lo que significó su paso por la tierra; tal vez las que mejor habrían descrito su vida: La historia del antihéroe español.

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