Arturo: Una epopeya celta (Volumen I). Recreando el mito.

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La leyenda artúrica es, como un monstruo surgido de una de sus historias, siempre cambiante, una quimera con multitud de rostros, voces y modos distintos. En parte relato cortés, en parte mito patriótico, cuento de hadas y crónica bélica, recuerda a uno de aquellos hipogrifos (mezcla fantástica de águila, caballo y león) que pueblan los escudos heráldicos de sus protagonistas.

Pero si una versión se ha transformado en canónica, especialmente en el mundo anglosajón, ha sido la tradición cortés que nace con el francés Chrétien de Troyes (c. 1150-1183) o quizás aún antes con el Roman de Brut de Wace (escrita en torno a 1155) y que alcanza su forma, más o menos definitiva, con la Muerte de Arturo de Sir Thomas Mallory (c. 1416-1471).

Es en esta versión en la que se basan las recreaciones literarias de T. H. White (Camelot, 1958) y Steinbeck (Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, 1976), las cinematográficas como Los caballeros del rey Arturo (Knights of the Round Table, Richard Thorpe, 1953) o Excalibur (John Boorman, 1981), incluso podemos decir que es el Arturo de Mallory el que se despierta en un futuro invadido por extraterrestres en el magnífico cómic Camelot 3000 (Mike W. Barr y Brian Bolland, 1982-1985).

Pero, ya desde el subtítulo, este Arturo: Una epopeya celta nos sitúa frente a una faceta distinta, menos explotada; se embarca en la tarea de intentar reconstruir una versión primitiva de la leyenda, antes de la intervención de los autores franceses e ingleses. En este mismo estilo de recreación de un supuesto relato original se pueden mencionar el Ciclo Pendragón (seis novelas entre 1987 y 1999) de Stephen R. Lawhead, o las historicistas Crónicas del señor de la guerra (tres novelas entre 1995 y 1997) de Bernard Cornwell y la mediocre película Rey Arturo (King Arthur, Antoine Fuqua, 2004), con resultados divergentes y desiguales.

En este caso los autores eligen inspirarse, sobre todo, en una serie de fuentes galesas: el Mabinogion, los fragmentos conservados sobre el salvaje profeta Myrddin, el Libro de Taliesin y las Tríadas de la Isla de Britania, con alguna referencia puntual al legendario irlandés y a otras fuentes. Todo ello en un marco tomado, en gran medida, de la versión latina de la Historia de los Reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth y, en menor medida, su Vita Merlini.

Que sea posible o no reconstruir dicho ciclo primitivo de leyendas es un tema peliagudo, teñido de las viejas divisiones en el campo de los analistas de la leyenda. Debemos considerar, en primer lugar, que todas estas fuentes antes citadas son, al menos en las versiones que conservamos, posteriores en su redacción a la obra del de Troyes, y es innegable que algunos relatos del Mabinogion, por ejemplo el Peredur, son adaptaciones de la versión del escritor francés; en segundo, que lo que ofrecen estas fuentes son relatos inconexos, que presuponen pero no explicitan la existencia de un marco general que permita reconstruir un ciclo completo, siendo necesario acudir a otras fuentes para hilvanar un relato o reconstruir una narrativa. Así, lo que nos quedan son algunas referencias extrañas, nombres de personajes olvidados o los mismos personajes escondidos a veces bajo disfraces apenas reconocibles.

Los dos autores, el guionista David Chauvel y el dibujante Jérôme Lereculey proceden de la Bretaña francesa, parte también del imaginario de lo céltico, pero no hay rastro de su tierra en el cómic; al menos en este primer volumen publicado por Yermo no hay lugar para la fuente de Barrenton ni para el bosque de Broceliande. La edición corresponde al primer ciclo de tres, compuesto cada uno por tres volúmenes, que fueron publicados originalmente en Francia como tomos independientes en el año 2000: Myrddin, el loco; Arturo, el luchador; y Gwalchmai, el héroe.

La parte dedicada a Myrddin, el prototipo de Merlín, sirve a los autores para dibujar el escenario en que se moverán los personajes: la Britania, abandonada por los ejércitos romanos, se encuentra asediada por las invasiones de los pueblos bárbaros: escotos, pictos y, especialmente, los sajones. Los reyezuelos y caudillos de los britanos apenas consiguen mantener una unidad mínima frente a los invasores, y más cuando el tiránico Vortigern decide ceder tierras a Hengist, un caudillo sajón. Y aquí es donde entra, siguiendo lo narrado en la ya mencionada Historia de los reyes de Britania, Myrddin, el niño sin padre, el hijo del demonio, con sus profecías y sus poderes mágicos para aconsejar y unir a los britanos bajo un único estandarte.

Resulta curiosa en este caso la ausencia casi total de referencias religiosas, no hay rastro de cristianismo, no hay monjes, sacerdotes ni iglesias a la vista, pero tampoco parece haber una estructura pagana que lo reemplace, más allá del indeterminado papel de Myrddin o de los adivinos de Vortigern.

La segunda parte se centra en Arturo, el caudillo bélico, que no rey, que se convierte en depositario de la esperanza de Myrddin y de su pueblo. Este Arturo es un guerrero fabuloso, un luchador fiero y decidido pero con sus limitaciones morales, que forja un ejército de héroes con capacidades extrañas y fabulosas que solo en ocasiones tienen su paralelo en obras posteriores. Las batallas y los combates adquieren aquí un papel fundamental, así como una breve visita al Otro Mundo que es resuelta de forma algo prosaica.

La tercera sección está dedicada a Gwalchmai, el sobrino de Arturo, nombre que será convertido en los autores ingleses en Gawain y en español en Galván. Curiosamente la primera parte no se centra realmente en este personaje, sino que sigue centrada en Arturo y nos cuenta el cortejo por parte de este de Gwenhwyfar, que adquiere muchos de los caracteres de una diosa de la soberanía, y cuya apariencia y maneras deben más a recreaciones modernas y a figuras históricas como la reina Boudicea, que a ningún relato primitivo del ciclo artúrico.

Es a continuación cuando llega a la corte el joven héroe y debe probarse a sí mismo. Así se sigue la estructura de muchas aventuras caballerescas clásicas en las que el joven héroe, cuya verdadera identidad es desconocida, llega a la corte de Arturo para ponerse a prueba y ganar un lugar a su lado. En particular el patrón elegido es, curiosamente, la historia del poema inglés Gawain y el Caballero Verde (del siglo XIV), aunque también cabe mencionar que existe un relato muy similar que protagoniza el gran héroe irlandés Cu Chulainn en el Festín de Bricriu, y que sirve para darle cierto toque de autenticidad céltica.

El dibujo sitúa a los personajes en un ambiente concreto y de apariencia historicista, con ocasionales concesiones a la fantasía; pero en general los ambientes son cabañas, castros, cañadas y bosques, no ciudades fantásticas ni castillos fabulosos. No hay rastro tampoco de ciudades, villas o calzadas romanas y, en muchos casos, las viviendas y construcciones recuerdan más a las recreaciones de la Edad de Hierro que al siglo V o VI del relato. Algunos personajes, especialmente los secundarios, derivan hacia una representación vivaz y caricaturesca, con una gran expresividad y a veces rozando lo cómico, pero los protagonistas están cortados por patrones más clásicos y en ocasiones resultan un poco estáticos como contraste.

A lo largo de la narración se intercalan dos de los relatos no artúricos del Mabinogion, que son narrados como cuentos, como leyendas consideradas como tales dentro del mismo marco temporal de la aventura. Por ello estos interludios son representados con un curioso estilo esquemático, que recuerda a iluminaciones de textos alto medievales, estilo que sirve para marcar distancias entre dos tiempos narrativos, el presente de los personajes y el in illo tempore de los mitos.

En definitiva, y dejando de lado su valor discutible como recreación, Arturo: Una epopeya celta se trata de un cómic más que entretenido que reúne información de algunas fuentes menos conocidas sobre el ciclo artúrico y que ofrece una visión propia del mismo, que termina siendo, pese a todo, bastante clásica en su formulación. El guión resulta claro y sabe manejar distintos registros narrativos para ofrecer tanto la historia personal de sus protagonistas como la gran historia nacional de los britanos, mientras que el dibujo logra dar fuerzas y unidad al conjunto, ofreciendo imágenes poderosas que recordar.

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