Buckley: (bendito) apellido maldito

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Una de las lecciones más valiosas que puede aprender uno en la vida es la de saber marcharse a tiempo. Defendamos el valor de «el saber irse». Y a este respecto, Tim y Jeff Buckley lo tuvieron claro.

Tim Buckley (1947–1975) fue un músico y cantante americano que despuntó especialmente en el ámbito folk pero supo moverse como pez en el agua por géneros como el jazz y la vanguardia de los años sesenta y setenta. En su clase de francés del instituto conoció a Mary Guilbert, una mujer con la que mantendría un breve y tortuoso matrimonio al que puso fin tan solo un mes antes de que Jeff, el hijo de ambos, llegara a este mundo.

Un tiempo después, aquel niño encontró en Ron Moorehead, el nuevo compañero de Mary, una figura paterna. De hecho, fue criado como Scottie Moorehead, siguió el método educativo Montesori y pronto decidió que lo suyo era la música. Sin embargo, el carácter de un hombre es su destino y, cuando tras la muerte de su padre biológico en 1975 encontró su partida de nacimiento, decidió que se sentía más cómodo uniendo a su primer nombre su verdadero apellido: Buckley. Solo tenía ocho años, pero aquello fue toda una declaración de los principios que regirían el resto de su vida.

Tim, su padre, que solo visitó en dos ocasiones a su hijo, había tenido cierto éxito en vida. Fue precisamente en una after party celebrada en Dallas con motivo del fin de su gira más exitosa, cerrada con un concierto ante mil ochocientos espectadores, cuando encontró la muerte por sobredosis de heroína. Su amigo de toda la vida, Richard Keeling, le regaló la bolsita que contenía la sustancia que le mataría en el mejor momento de su carrera. Richard cumpliría una pena de ciento veinte días en prisión por homicidio involuntario, más cuatro años de libertad condicional. Y Tim, para su desgracia, se marchó para siempre en el momento más adecuado. Era el año 1975 y ni siquiera había pasado una década desde la publicación del álbum que le consagraría: Goodbye and Hello.

Si su padre supo pronunciar trágicamente ese goodbye tan a tiempo, Jeff recogería el relevo del hello pocos años después. Fue precisamente en un tributo que se le rindió a Tim tras su muerte en la iglesia de St. Ann’s de Nueva York al que Jeff fue invitado como cantante principal. A los amigos y compañeros musicales de su padre se les erizaron los vellos de la nuca al escuchar los temas del malogrado Tim en una voz tan fantasmalmente parecida: la de su hijo. En aquel momento, a Jeff Buckley empezaron a abrírsele las puertas de Nueva York.

Encontró cobijo y el principio de su éxito en un bar irlandés del East Village, el Sin-é, en una época fundamental en su desarrollo como músico y en la que se fue granjeando sus primeros fans con versiones de Nina Simone, Billie Holiday, Leonard Cohen, The Smiths, y temas propios escritos con la colaboración de Gary Lucas, su guitarrista de confianza. En 1992 no resultaba raro ver limusinas de peces gordos de la industria musical aparcadas en la puerta del Sin-é los días en los que Jeff actuaba. Finalmente se decidió por la más grande: Columbia Records.

El 23 de agosto de 1994 sale a la luz una joya musical que aún hoy perdura con el nombre de Grace. David Bowie declaró que sería uno de los discos que se llevaría a una isla desierta; Jimmy Page, guitarrista de Led Zeppelin y una de las personas más admiradas por el propio Jeff, lo calificó como «el mejor álbum de la década»; Bob Dylan definió a Buckley como «uno de los mejores compositores» del momento. Y la revista Rolling Stone incluyó Grace en la posición trescientos tres de su lista «los mejores quinientos discos de todos los tiempos». Para Jeff, que siempre quiso ser guitarrista y durante años escondió su soberbia voz en coros de acompañamiento, Grace supuso el descubrimiento de su voz. Una voz que, como su padre, manejaría con el mayor de los virtuosismos.

Pero no solo la crítica se rindió a sus pies. El público le aclamó, particularmente en Europa y Australia, y Jeff y su banda iniciaron una serie de exitosísimas giras que se prolongarían durante dos años, hasta dejarle agotado. Entre gira y gira, sin embargo, Jeff volvería a Nueva York y haría directos secretos con nombres falsos para recuperar el sentido del tacto con la audiencia que tanto echaba de menos. Como él mismo declaró entonces, «hubo una época en mi vida, no hace mucho tiempo, en la que podía llegar a un café y simplemente hacer lo que quería: tocar música, aprender tocando, explorar lo que ello significa para mí, esto es, divertirme cuando aburro y/o entretengo a una audiencia que no me conoce o que no sabe a qué me dedico. En esta situación me puedo permitir el precioso e irreemplazable lujo de equivocarme, de arriesgarme, de rendirme. He trabajado muy duro para conseguir todo esto, este entorno donde trabajar. Lo amaba y ahora que lo he perdido lo echo de menos. Lo único que estoy haciendo es reclamarlo».

Jeff BuckleyCuando Columbia Records decidió que era el momento de empezar a trabajar en el segundo álbum, Jeff tenía muchas ideas pero muy pocas fuerzas. Y muy poco tiempo. Había conceptualizado en su cabeza el tipo de disco que quería que fuera (más rockero) y ya tenía pensado un título (My Sweetheart the drunken), pero el proyecto no terminaba de cuajar en las primeras audiciones que hizo ante la compañía. Jeff necesitaba pasar tiempo solo, volver a sus inicios, encerrarse a componer, recuperar el anonimato. Por ello, cuando Dave Shouse, de los Grifters, le habló de los estudios de grabación Easly McCain en Memphis, no se lo pensó dos veces. Se buscó una casita en un barrio residencial y llevó consigo su guitarra y un equipo muy modesto. No quería distracciones.

Y funcionó. Grabó una cinta con cuatro temas nuevos y se la envió a su banda y a los productores de la compañía que, muy satisfechos, decidieron poner rumbo a Memphis para empezar a trabajar conjuntamente en el nuevo material.

La banda llegó a Memphis el 29 de mayo de 1997. Esa misma tarde, Jeff había ido al río Wolf, un canal del río Misisipi, con su compañero de giras Keith Foti. Estaban tranquilos, sentados en la orilla, cantando, tocando la guitarra, escuchando la radio. Al anochecer, Jeff, completamente vestido y con las botas puestas, decidió meterse en el río a darse un baño. Flotó boca arriba mientras cantaba Whole Lotta Love de Led Zeppelin y contemplaba cómo se apagaban las últimas luces del último día de su vida. Un barco que pasaba cerca levantó unas pequeñas olas que casi mojan la radio, por lo que su amigo Keith se distrajo un momento para evitar el desastre. Cuando volvió a fijar la vista en el río, Jeff había desaparecido.

Su cuerpo fue encontrado una semana más tarde, un día de cielo negro, rayos y truenos de tormenta. Apareció flotando junto a un barquito de río. Lo llevaron a tierra firme y la noticia acabó con todas las esperanzas. En la autopsia no se encontró ninguna traza de alcohol ni de drogas, por lo que el suceso fue calificado de ahogamiento accidental. Su familia y representantes desmintieron radicalmente cualquier hipótesis de suicidio.

«Sometimes a man gets carried away» proclamó Jeff en Lover, you should’ve come over. Y así fue como se marchó, carried away by the river. Casi más a tiempo que Tim, habiendo paladeado la fama mundial, pero con la decepción de saber que esta no le acercaba demasiado a su concepto de felicidad. Lo importante de saber marcharse a tiempo sin saber que se marchaban, es que él y su padre serán nuestros para siempre en su legado musical. Y, si nos dejamos llevar en una velada trasnochada de alcohol y humo negro, quizás creamos verlos acercándose a nosotros, tan guapos, tan sonrientes, tan talentosos. Como dijo el propio Jeff en su Lilac Wines de Nina Simone: «Listen to me… I cannot see clearly. Isn’t that you coming to me nearly here?»

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6 comentarios

  1. Marcos García Guerrero en

    Enhorabuena, los Buckley se merecían una retrospectiva.

    Jeff se fue seducido por los cantos de sirena. Ya lo había cantado su padre.

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