Bunbury vs Izal: la suertecita de una pequeña gran revolución

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En la música pop, las relaciones paterno-filiales han sido una fructífera fuente de inspiración. Hay pocas cosas más sentidas que escribir una canción al retoño que acabas de traer al mundo o, desgraciadamente, como en el caso de Eric Clapton (Tears In Heaven), al que se te acaba de ir. El advenimiento de un nuevo vástago suele traer consigo por tanto un plus de inspiración que, no obstante, a veces se traduce en una pastelada antidiabética, cuando no directamente en un documento sonoro que debería servir de prueba inculpatoria ante los servicios sociales en contra de su autor (sí, Alejandro Sanz, estamos hablando de ese vergonzante «Y solo se me ocurre amarte… cómo va ser eso» que le cantaste a tu hija).  Pero no solo de la relación padre-hijo vive el cancionero pop. Ya las Spice Girls les dedicaron a sus madres aquella canción en las que les daban las gracias por rescatarlas de tugurios turbios cuando aún eran jóvenes, pero ya un poco picantonas. La familia… que diría Don Corleone.

Si hay un lazo familiar poco explotado en la música pop es el de tío/tía – sobrino/sobrina. Todos sabemos que ser tío es la versión light de la paternidad, algo así como jugar a las barriguitas a tiempo parcial y con opción de contra rembolso en cuanto el asunto huele a dodotis con regalo. Si los textos que un orgulloso padre escribe a su hijo suelen ser odas dignas de Paulo Coelho (rollo alabar al universo por premiar su existencia vital con un tesoro puro al que proteger de este malévolo mundo), las canciones dedicadas a un sobrino suelen adoptar el tono del tío Matt aconsejando a Gobo cómo salir de las catacumbas de Fraggle Rock. Es decir, molan mucho más. El panorama patrio nos ha legado alguna que otra muestra de estas composiciones. Dos ejemplos musicalmente antagónicos, pero líricamente semejantes, son los facturados por Bunbury e Izal.

Bunbury - El viaje a ninguna parteQue se sepa, Enrique Ortiz de Landázuri, Bunbury para amigos y enemigos, ha escrito sobre todos los temas posibles: política (Iberia sumergida, Destrucción masiva), drogaína (Maldito duende, Hechizo), amor (La chispa adecuada, El rescate), más drogaína (Opio), la prostitución (Con nombre de guerra), el alcohol (El camino del exceso, Flor venenosa), de algo que no sabemos exactamente qué es (La sirena varada), la religión (Oración), drogaína de nuevo (Polen), y un largo etcétera para el que no ha escatimado en vocabulario barroco e ininteligibles metáforas. Sin embargo, cuando quiso hablar de la familia, lo hizo de forma suficientemente diáfana. Para su cuarto álbum en solitario, El viaje a ninguna parte (2005), el zaragozano lanzó como single de presentación Que tengas suertecita, tema con el que daba la bienvenida a su sobrino. Por aquel entonces, Bunbury venía de una vuelta a Latinoamérica en ochenta días (más o menos), y su impronta se dejó ver en las letras de ese disco. Con el llamativo latinajo que daba título al tema, le deseaba lo mejor al nuevo retoño, y nos escupía (es un decir, aunque esa tendencia suya por entonces a vocalizar más bien raro, es cuanto menos sospechosa) versos tan sugerentes como «que no te falte de nada, que no te de la espalda la esperanza, que encuentres el buen camino, que sea el tuyo y no el mío y si es el mismo, enséñamelo». Bunbury se salía de tierras que no dejaban aire que respirar y de sirenas varadas mar adentro, y le cantaba de forma sincera y clara a su sobrino, en una composición que musicalmente estaba impregnada del sonido latinoamericano, entre añejo y vanguardista, que tanto marcaría su carrera en solitario. Que tengas suertecita no es la mejor canción del zaragozano (ni su mejor título… mono tapándose la cara), pero sí de las más emotivas; una digna composición con la que recibir al hijo de tu hermana cuando llegue el primer día a casa.

Un caso parecido es el de Izal. Del grupo madrileño se ha dicho casi de todo, y no necesariamente bueno: que si son una versión beta de Vetusta Morla, que si musicalmente evolucionan menos que un Digimon reseteado… No obstante, si una virtud tienen, es la de componer melodías extremadamente pegadizas acompañadas de textos poéticamente logrados. La mejor muestra de ello la encontramos en su último larga duración, Copacabana (2015), y más concretamente en el que posiblemente sea su tema más inspirado, Pequeña gran revolución, canción que Mikel Izal dedica a su sobrina. El propio título ejerce de evidente metáfora acerca de lo que supone en su vida la llegada del nuevo miembro familiar, y su letra sigue la línea de tío Matt mandando cartas desde el mundo exterior («que nadie ose jamás fijar tus metas, que sepas observar y no ver a quien no debas, que aunque me encuentre lejos, me sientas cerca»), acoplándose a la perfección a la característica épica indie-pop del grupo; un tema redondo para dedicárselo al nuevo bebé a bordo.

Pop-rock mestizo o indie-pop. Dos caras de una misma moneda donde lo importante no es el cómo, si no el qué. La suertecita de disfrutar de una pequeña gran revolución.

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