Cambio en España: sale Arriola, entra Iván Redondo

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Vivimos tiempos interesantes. En un par de semanas, la política española se ha dado la vuelta como un calcetín y ahora parece tratar de sentarle bien al pie izquierdo de nuestra democracia. En lo que va de mes, amonestamos a un partido censurando al presidente, condenamos a un miembro de la familia real y de paso aceptamos con naturalidad la formación del gobierno más femenino la historia moderna. En los próximos meses veremos si hay intención o no de caminar, pero, mientras tanto, el reality show del nombramiento de los ministros y los primeros días de su gobierno nos lanzan hacia un siglo XXI en el que, más que nunca, parece que las formas van tallando el fondo de la política.

A nadie se le escapa que el prólogo de la historia del séptimo presidente de la democracia se redactó para captar nuestra atención y agradar un poco a todo el mundo, y por lo tanto es necesariamente ambivalente. Todo, desde la moción de censura hasta la elección y las primeras declaraciones de los ministros, fue diseñado pensando más en el binomio formado por la prensa y las redes sociales que en el taquígrafo y los tabloides; pensando en la sangre que recorre las venas de la sociedad de masas actual. Tanto es así que uno de los pilares del estado democrático izó a Soledad Gallego-Díaz a la categoría de directora, mujer y progresista, para recuperar el rumbo y seguir la nueva corriente. Su predecesor, Antonio Caño, se dejó durante su reinado un tercio de la tirada de El País tratando de destruir, precisamente, a Pedro Sánchez. Irónicamente, dedicó sus últimos días al frente de la empresa a cubrir la catarata de nombramientos del gobierno de su ejecutor.

El nuevo Ejecutivo ya ha recibido los primeros golpes, pero durante unos días nada pudo interponerse en el camino de las siglas socialistas. Incluso el PP optó por esconder las vergüenzas de su crisis tras los titulares acaparados por un gabinete que, según las primeras encuestas, ha conseguido extender la base electoral del PSOE hacia el centro sin sufrir pérdidas significativas por la izquierda. Así funciona la inmediatez en nuestro presente. Pero, más allá del impacto electoral del traspaso de poderes, la primera semana socialista en la Moncloa nos mostró el alcance de una concepción política renovada: en adelante, comunicar la acción de gobierno será tan importante como desarrollarla. Es la seña de identidad del nuevo director del gabinete de la presidencia, Iván Redondo.

En poco tiempo, hemos descubierto muchas cosas sobre este donostiarra de treinta y siete años, licenciado en Humanidades y Comunicación por la Universidad de Deusto. Nos han contado que hace mucho colaboró con Basagoiti y que, también en el PP, trabajó para Xavier García Albiol y José Antonio Monago. Hemos sabido que no tiene alergia a los platós de televisión (fue a Trece TV, pero también a La Tuerka) y que, tras coquetear con el PNV, fichó por Sánchez y logró desplazar rápidamente a algunos de los colaboradores más cercanos al presidente. Aquellos que le acompañaron en su travesía del desierto, cuando el país se le hacía inalcanzable. Redondo es lo que al otro lado del Atlántico (y por tanto ahora también aquí) se conoce como un spin doctor, alguien especializado en vender políticas a la sociedad. Por su biografía, entendemos que se ve capaz de colocarnos tanto el producto conservador (incluso en su versión xenófoba badalonesa) como una socialdemocracia renovada, de corte progresista. Algún malpensado argumentará que el respeto al capitalismo, como el perejil, está en la salsa de todas las recetas que Redondo nos ha preparado hasta ahora, pero lo cierto es que los mejores cocineros deben ser capaces de trabajar con el género más fresco del día.

En eso se distingue un tanto de su predecesor en el cargo, aunque aquel nunca tuvo ninguno y Redondo acumula varios. El nuevo director del gabinete de la presidencia parece la versión 2.0, la versión sanchista del gurú demoscópico que trabajó durante tres décadas para el Partido Popular, Pedro Arriola. El marido de Celia Villalobos se mantuvo siempre fiel a los conservadores realizando y analizando costosas encuestas, escribiendo discursos y esbozando argumentarios que luego personajes tan dispares (o no) como Rafael Hernando o Antonio Maíllo se llevaban a su terreno. Dicen que en los últimos años había perdido la confianza del partido; pero también que el último presidente Popular seguía acudiendo a que Arriola le proyectara los números.

Allá por la primavera de 2016, Iván Redondo concedió una entrevista a Pablo Iglesias para Otra Vuelta de Tuerka. La pieza ha reflotado estos días, porque ha cobrado renovado interés. Ambos se muestran afables y afilados, y a lo largo de la entrevista se dedican varios piropos más o menos sutiles. Dedican una hora larga de conversación a la comunicación política, pero también a otro tema en el que ambos encuentran recogida su gran pasión: las series de televisión. Citan las más grandes del género político (Borgen, House of Cars, Boss), y recuerdan con nostalgia a la madre de todas, El ala oeste de la Casa Blanca.

En ella, muchos conocimos al reverso luminoso de los asesores políticos, a los que en Norteamérica los focos llevan alumbrando desde hace tiempo. Iván Redondo afirma ante Iglesias que la llegada de la serie de Aaron Sorkin a España, el impacto de la campaña de Obama y la aparición de Podemos, son algunos de los mayores hitos de la historia reciente de la comunicación política europea. Admite que, como todos los que la vimos, había capítulos que le hacían desear intensamente vivir una de aquellas jornadas que podían cambiar el mundo desde las entrañas del edificio más poderoso del mundo.

La verdad es que cualquiera querría trabajar para Jed Bartlet, el presidente demócrata interpretado por Martin Sheen, porque él era siempre el mejor presidente posible. Toby Ziegler y Sam Seaborn eran quienes le escribían los discursos y no tenían inconveniente en manipular la agenda mediática de la nación para ayudar a su jefe. Eran endemoniadamente buenos en su trabajo y cualquiera les hubiera querido en su partido; pero ellos jamás habrían trabajado para otro porque, aunque maestros de la demoscopia, para ellos había unas ideas más bonitas que otras, y por tanto solo un tipo de líder al que podían empujar.

¿Sabe Iván Redondo qué quiere hacer Sánchez con su presidencia? ¿Sabe él mismo qué quiere hacer como director de su gabinete o, simplemente, aspira a seguir ganando partidos con el próximo equipo que le contrate? Algún día descubriremos si Iván Redondo trabaja para el Partido Socialista o si, actualmente, es el Partido Socialista el que trabaja para él.

Víctor Muiña Fano

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