Cinefórum LXI: ¿Quién puede matar a un niño?

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Después de llenar las noches españolas de historias para no dormir, y antes de que el monstruo del éxito televisivo lo atrapase para siempre, Narciso Ibáñez Serrador protagonizó una corta pero sobresaliente carrera cinematográfica. Precisamente, su segundo y último largometraje, ¿Quién puede matar a un niño? (1976), es el invitado en el cinefórum de esta semana.

Ya desde su impactante título, la película nos plantea una incómoda pregunta que nos perseguirá durante todo el metraje. Porque el guion, firmado por el propio Ibáñez Serrador bajo su habitual seudónimo, Luis Peñafiel, e inspirado en la idea de Juan José Plans que acabaría tomando forma en su novela El juego de los niños (1976), nos cuenta la historia de Tom (Lewis Fiander) y Evelyn (Prunella Ransome): una pareja de turistas ingleses que viaja hasta una apartada isla del Levante español, donde descubrirán que (por una misteriosa razón) todos los niños se han rebelado contras los adultos.

Partiendo de esta interesante premisa, y gracias al control absoluto de la tensión narrativa del cineasta y a la desasosegante banda sonora de Waldo de los Ríos, el visionado hoy de ¿Quién puede matar a un niño? resulta de una modernidad apabullante. Especialmente si se analiza el film en clave de revisión invertida de los estereotipos del género. En ese sentido, se antoja fundamental la fotografía de José Luís Alcaine, dotada de una luminosidad paradógicamente opresiva que lo aleja de las tenebrosas coordenadas visuales típicas del horror, así como el hecho de que el rol protagónico de la maldad recaiga en los niños, símbolo atávico de la inocencia.

Por supuesto, no era nuevo entonces el recurso de trasmutar el candor propio de la infancia en lo grotesco del mal. Ibáñez Serrador, profundo conocedor de la tradición literaria y cinematográfica del relato gótico y de terror, no hacía si no continuar por las sendas emprendidas por nombres como Henry James, William Peter Blatty o Wolf Rilla. Sin embargo, el hecho de que su película coincidiese en cartelera con La profecía de Richard Donner, demostraba la atinada visión artística del director, empapada de ese espíritu tan de la época que evocaba el horror más profundo mediante la amenaza de lo real.

¿Quién puede matar a un niño? es uno de los principales exponentes del interesante cine de terror español de los años sesenta y setenta. La crítica la recibió positivamente, aunque en España le pasó factura la decisión de doblar al castellano a la pareja protagonista, lo que daría lugar a algunos diálogos absurdos al perderse el matiz de la incomprensión comunicativa de los personajes. La taquilla fue un éxito, especialmente en el ámbito internacional (en Italia llegó a recaudar más dinero que Tiburón), aunque vino acompañada de la inevitable polémica acorde a una propuesta tan arriesgada como políticamente incorrecta. El tabú de la corrosión de la infancia trajo consigo censuras en países como Estados Unidos o Francia, cuando no directamente prohibiciones como en Finlandia o Islandia, pero además fue interpretada ideológicamente (siendo tildada de apología del fascismo o del comunismo, dependiendo del análisis) ante la perplejidad de un Ibáñez Serrador que se limitó a explicar lo evidente: se trataba de una metáfora, en clave de género, con la que señalar que los grandes damnificados de los actos de los adultos siempre son los niños.

Al igual que decíamos que una inquietante pregunta sobrevuela toda la película desde el mismo título, otra cuestión, menos profunda pero también desconcertante, asalta al espectador una vez terminado su visionado: ¿Por qué un talento proverbial como el de Narciso Ibáñez Serrador no se dejó ver más por el cine? Ya se sabe: un, dos, tres, responda otra vez.

Marcos García Guerrero

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