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Damas oscuras: fantasmas para revindicar a las escritoras victorianas

Hay pocas etapas de la historia más fácilmente reconocibles que la era victoriana. En la tradición panegírica británica de denominar a periodos históricos con el nombre del soberano que los había presidido, la época victoriana pasó ya contemporáneamente a referirse a ese momento de la historia de Gran Bretaña que, bajo la sombra proyectada desde el trono por la reina Victoria (1837-1901), completaba la Revolución Industrial y se imponía, en forma de imperio, como la mayor potencia del mundo. No obstante, desde la propia historiografía ha saltado hasta nuestros días un concepto de victorianismo más amplio con el que referirse genéricamente a la historia decimonónica británica (y de forma errónea también a la occidental), puesto que ha condensado en el imaginario colectivo una serie de características fácilmente identificables con el siglo XIX.

Así, cuando hablamos de lo victoriano estamos automáticamente poniendo como telón de fondo de nuestro pensamiento la consolidación de la economía industrializada y el desarrollo consecuente de la sociedad burguesa, y como atrezo una serie de elementos que van desde la política social de salón a los estragos vitales del urbanismo, la aparición del movimiento obrero, la revolución de los transportes o la represión sexual, entre muchos otros. En Damas oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes, título recientemente publicado por la editorial Impedimenta, se pone sobre la palestra dos de los elementos más significativos e interesantes de la época victoriana: los cuentos de fantasmas y la figura de la mujer escritora.

Hay que situar la ghost story como un subgénero de la literatura gótica que alcanzaría su apogeo en la Gran Bretaña del siglo XIX. Tanto el romanticismo como el gótico, suponen dos caras de un mismo movimiento que surge a finales del siglo XVIII como reacción al racionalismo de la Ilustración; y los cuentos de fantasmas, costumbre anglosajona asociada a la narración navideña frente al calor del hogar, partiría de ese movimiento para trascender la tradición privada festiva y popularizarse a través de folletines y antologías como reflejo de la fascinación victoriana por lo oculto. Esos cuentos de fantasmas suponían la evocación y celebración de un pasado rural y supersticioso, lo que chocaba de pleno con su presente urbano y el pensamiento lógico burgués.

Esta ruptura con las coordenadas mentales de las clases medias y altas tendría en la figura literaria del fantasma su mayor símbolo de subversión, ya que trastocaba su realidad cuadriculada. Así, como señala el prefacio de la antología de Impedimenta, a la mujer victoriana no le costó identificarse con la figura del Otro: el elemento exógeno que viene a poner en tela de juicio el sistema de valores imperante. Por eso es en la literatura gótica y de terror en donde las escritoras encontrarían un lugar incipiente para reivindicarse, dadas su sutileza y capacidad metafórica, así como sus desprejuiciados postulados artísticos y la general indiferencia suscitada entre la intelectualidad. Por eso, es aquí precisamente donde encontramos a dos pioneras como Ann Radcliffe y Mary Shelley.

No hay que olvidar la figura de la mujer victoriana como «ángel del hogar», recluida en el ámbito doméstico por un sistema patriarcal que bajo postulados seudocientíficos justificaba antropológicamente su rol de entregada esposa y madre: la supuesta inferioridad física de la mujer se traducía así en una capacidad intelectual menor que la anclaba a las labores del hogar y que quedaba justificada bajo la autoridad legal del marido. De este incuestionable poder del hombre derivaba, entre otras muchas cosas, la marginación de la mujer para acceder a una educación superior.

Pero como demuestra Damas Oscuras, varias generaciones de mujeres victorianas, desde sus propios contextos y momentos, decidieron combatir esa desigualdad mediante la insubordinación intelectual en busca de la emancipación femenina. Y lo hicieron inevitablemente partiendo de un acto voluntario y personal, el de leer, estudiar y escribir enclaustradas privadamente, para acabar extrapolando su activismo a la esfera pública, aunque en ocasiones fuese con el inevitable subterfugio de firmar sus obras con seudónimos masculinos.

Así, con elementos narrativos góticos habituales como casas encantadas, funestas profecías cumplidas o apariciones espectrales, el citado recurso metafórico del fantasma fue empleado para atacar la imagen inmaculada del hombre victoriano. Con un mecanismo literario cargado de ironía, escritoras como Elizabeth Gaskell, Charlotte Brontë, Willa Cather o Mary E. Braddon socavaron la figura masculina de autoridad indiscutible y referente de la razón, atribuyéndole reacciones asociables entonces a la mujer; esto es, la debilidad de carácter, el nerviosismo extremo, la desesperación y el miedo. Se ponía en entredicho, así, el sistema patriarcal y burgués que representaban los protagonistas de estos cuentos, quienes eran mayoritariamente varones.

Por casualidad o no, como señalaba el que fuera primer ministro del Reino Unido entre 1908 y 1916, Herbert Henry Asquith, los mejores momentos de la historia británica coincidieron con el reinado de una mujer, así que no deja de tener algo de justicia poética reivindicar el papel femenino en las artes durante esos años. Por supuesto, la publicación de Damas Oscuras estaría más que justificada por su valor como testimonio histórico: el de una pionera literatura escrita por mujeres como acto subversivo de empoderamiento femenino. Pero si a alguien le cabe alguna duda al respecto, esta antología es, sobre todo, una colección de cuentos de fantasmas cuyos valores literarios la deben colocar por sí misma en los puestos referenciales de nuestras estanterías.

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