Descubriendo a Ángel González

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En enero de 2018 se cumplió el décimo aniversario del fallecimiento del poeta Ángel González. En la prensa local publicaron varios artículos sobre su persona y su obra, y no fueron pocas las columnas dedicadas a su ensalzamiento como figura clave de las letras en la segunda mitad del siglo XX. Yo, si les soy honesto, no había leído ni un solo verso suyo.

Quizá por una mezcla de culpabilidad y curiosidad, aderezada con una compulsión ocasional e irreflexiva por la compra de libros, me agencié una de sus antologías poéticas: Palabra sobre palabra, editada por Austral en un acogedor volumen de tapas blandas y finísimas páginas que me recordaban a las novelas de vaqueros de Estefanía que mi padre leía e intercambiaba en el quiosco cuando yo era un niño. A mí la poesía nunca me ha dado más, la verdad. En el colegio nos enseñaban los fundamentos de la rima, memorizábamos forzosamente algunos versos clásicos y poco más. En el Bachillerato de humanidades profundizábamos en los estilos narrativos, en las obras de los grandes nombres y en esas generaciones que siempre me parecieron un poco artificiosas, pero ni así.

Por aquel entonces (parece que fue hace una eternidad, pero me refiero a hace tres meses) era un usuario habitual del transporte urbano. Dos anodinos trayectos diarios de poco más de veinte minutos que se antojaron el escenario perfecto para descubrir la poesía de Ángel González. La cercanía y transparencia de sus versos junto con el gusto por lo cotidiano encajaban de una forma poética (valga la reverberación) con la ordinaria realidad que me rodeaba. Leer el Inventario de lugares propicios para el amor mientras viajaba en autobús por la ciudad en la que crecí generaban el efecto característico de la poesía comentado por Bradley y parafraseado a su vez por Borges en sus Siete noches, ya no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Las Breves anotaciones para una biografía constituyen un dechado de sensibilidad, y paladear Soneto para cantar una ausencia mientras a continuación contemplaba furtivo la mirada fija, perdida, de una anciana por la ventanilla del autobús, era algo impagable. Sin quererlo, la poesía transformaba la realidad que me rodeaba.

En Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas, el poeta sugiere una forma diferente de escuchar la música y en Procedimientos narrativos juega de forma interesante con la voluptuosidad del lenguaje, la sonoridad de las palabras y los diferentes planos incluso geométricos. Y todo ello desde la sencillez, hasta el cálido sosiego que subyace en el cuerpo cada vez que cierro las tapas.

Mentiría si dijera que entiendo todos los poemas. Hay muchos versos que se me escapan, y otros que dejo escapar, si acaso ya los recogeré. Volviendo a citar a Borges, «cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa lectura, renuevan el texto».

Al final va a resultar que sí me gusta la poesía.

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