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Diamantes de sangre: El brillo del horror

A diamond is forever, uno de los eslóganes con mejores resultados comerciales de la historia, impulsó la fiebre de la sociedad norteamericana por los diamantes, que poco después se extendería al resto del mundo. Ideado por la agencia NW Ayer & Son en 1947, durante la campaña publicitaria para la firma diamantífera De Beers, el exitoso lema cambió los hábitos de los consumidores. La gema del primer mundo se convirtió en objeto de deseo, imprescindible en anillos de compromiso de ciudadanos de un status social elevado, o de ahorradores que invertían meses de su sueldo en una de estas piedras. Mientras tanto, su extracción iba convirtiéndose, por derecho propio, en una de las mayores tragedias de nuestra historia reciente. A día de hoy sus resquicios siguen vigentes.

Mapa de Africa de 1710

Del descubrimiento africano al control de la oferta

El diamante se estableció como símbolo de eternidad por su dureza, y de romanticismo y lujo por su gran valor. La campaña publicitaria promocionaba la gema en sí, no la marca, lo que consiguió crear una tradición de consumo en sectores de la sociedad y países que hasta entonces era inexistente.  Alrededor de un ochenta por ciento de la producción diamantífera pasaba por De Beers, por lo que el éxito de la campaña alzó los beneficios de la compañía. En aquellos años, estos minerales no eran un bien escaso, sin embargo, ¿cómo consiguió De Beers que su precio no dejara de incrementar?

De Beers - A Diamond is ForeverHasta finales del S. XIX, estas gemas se ubicaban en áreas limitadas a India y Sudamérica. Eran exclusivamente para los bolsillos más adinerados, su valor estaba acorde a su carestía en la naturaleza. En 1870 se descubrieron en Sudáfrica, alrededor del río Orange, enormes minas de diamantes dispuestas a ser explotadas en un contexto colonialista. El británico Cecil Rhodes fundó en 1888 De Beers, tras la construcción de la gran mina Kimberley de Sudáfrica. La compañía, poseedora del área más relevante en la producción mundial de diamantes en bruto, se convirtió en el mayor extractor y distribuidor de estas piedras preciosas.

A partir de 1927, bajo el liderazgo del empresario alemán Ernest Oppenheimer, De Beers consolidó su imperio. La compañía decidió utilizar el monopolio del negocio para ofrecer a la sociedad pequeñas dosis del producto. La estrategia empresarial de De Beers radicó en crear un marco de escasez artificial. Mantuvo altísimos niveles de demanda a través de una oferta de diamantes insignificante en comparación con sus amplios suministros y así disparó su precio. El marketing consiguió el resto: instauró una tradición en la sociedad que aspiraba a obtener el valioso mineral.

De Beers logró mantener esta tendencia hasta los años 90. En esos años, el consumo de diamante no descendió en el primer mundo. Sin embargo, gracias a la voz de organizaciones sin ánimo de lucro y al periodismo de investigación, la sociedad comenzó a saber una mínima parte de lo que sucedía en África para que estas gemas llegaran a las joyerías. Terrorismo, guerras civiles, golpes de estado, refugiados, opresión, violaciones, abusos… ¿De dónde provenían los diamantes? ¿Realmente estaban manchados de sangre esos minerales que movían millones de dólares en occidente?

Mina de Diamantes artesanal, Lindsay Addario

Los diamantes del conflicto

Los diamantes atraviesan un largo proceso desde su formación en las profundidades terrestres hasta su salida a la superficie. Estas gemas no siempre quedan dispuestas en un terreno acotado, sino que pueden esparcirse en un área amplia, incluidos depósitos aluviales. En África central y occidental, estos minerales estaban repartidos por extensas zonas, lo que hacía difícil controlar todos los territorios posibles para la explotación minera. A inicios de los 90, en países con cierta inestabilidad política, grupos rebeldes aprovecharon ese carácter incontrolable del negocio diamantífero para financiar sus luchas.

Foto Diamantes SangreAngola, Sierra Leona o Liberia fueron países en los que los conflictos sufragados por diamantes de sangre más vidas se cobraron, alrededor de cuatro millones. Estos minerales, más que prosperidad e impulso económico de los países que poseían explotaciones, significaron un drama en zonas de fluctuación política extrema.

El Frente Revolucionario Unido de Sierra Leona, el FRU, y la Unión Nacional Para la Independencia Total de Angola, UNITA, fueron dos movimientos nacionalistas conformados como grupos rebeldes armados, que utilizaron la explotación diamantífera para crear esclavitud y financiar sus guerras. Ambos grupos atravesaron posteriormente una etapa de pacificación para convertirse en partidos políticos; UNITA aún sigue en activo en Angola. Sin embargo, antes de esta fase política sin armas, sus rebeldes ocasionaron una de las más despiadadas y sanguinarias etapas de la historia moderna.

Sierra Leona ha sido históricamente un centro estratégico para el tráfico de esclavos. A finales del siglo XVIII, los abolicionistas británicos decidieron que este territorio sería la patria de los esclavos liberados que devolvían al continente africano. Los nuevos ciudadanos libres fundaron en 1787 Freetown, la capital actual del país. Tanto Freetown como el resto del país estuvieron bajo el mandato de la Corona Británica hasta 1961, cuando Sierra Leona consiguió su independencia.

La diversidad de etnias que conformaban entonces el país, principalmente los temne en el norte, los mende en el sur y los criollos (descendientes de los esclavos liberados) en Freetown y sus alrededores, fueron caldo de cultivo de enfrentamientos ideológicos. Los años posteriores a la independencia estuvieron marcados por el caos. Se sucedieron gobiernos corruptos que aplastaban la autonomía de las instituciones con su poder, los servicios públicos cayeron estrepitosamente y se nacionalizaron industrias como la diamantífera bajo influencia de mafias. Sierra Leona se convirtió en caldo de cultivo de jóvenes descontentos que acabaron radicalizándose en rebeldes opuestos al Gobierno, en el FRU.

En 1991 el FRU inició la Guerra Civil de Sierra Leona. A través de una campaña de terror, se apropiaron de las áreas diamantíferas y consiguieron el desplazamiento de buena parte de la población a otras partes del país. Las explotaciones de estos minerales se convirtieron en campos de esclavos que trabajaban jornadas de dieciséis horas sin descanso. El FRU arrasó esas zonas, mataba a sus gentes, amputaba miembros del cuerpo de civiles no combatientes, reclutaba a niños soldado, violaba a mujeres o forzaba a realizar actos tan crueles como obligar a madres a que mataran a sus bebes o a hijos a que violaran a sus madres.

Charles Ghankay Taylor

Charles Ghankay Taylor, guerrillero y jefe de estado de Liberia en esos años, fue el actor principal que propulsó el negocio de los diamantes de sangre como fuente de financiación de la guerra de Sierra Leona. Charles Ghankay Taylor apoyó al FRU, suministrándoles armas que los guerrilleros pagaban con las gemas. Asimismo, aprovechó las explotaciones mineras fronterizas y se convirtió en el blanqueador de las piedras ilegales que posteriormente distribuía por todo el mundo. El líder guerrillero incluso tuvo relaciones comerciales con el grupo terrorista Al Qaeda, que vio en este valioso material una forma de mover sus activos, pues se vendían muy fácilmente, sin el control de gobiernos como el de Estados Unidos. A golpe de barbarie, el FRU logró sufragar su lucha: diamantes manchados de sangre a cambio de armas, diamantes a cambio de fortunas procedentes de un occidente deseoso de las gemas, que no hacía preguntas.

Otra tragedia africana de nuestra historia reciente, financiada también por estos minerales, se produjo en Angola. Su proceso para la independencia y el establecimiento de un sistema democrático comienza en los años 70. En un contexto de Guerra Fría, diferentes potencias internacionales apoyaron y/o asesoraron a cada uno de los grupos enfrentados en Angola (UNITA y el FNLA por países como Sudáfrica, Estados Unidos e Israel, y el MPLA por el bloque soviético o Cuba). En 1975 daba comienzo el conflicto más duradero de África, finalizado en 2002. A lo largo de la Guerra Civil angoleña, las dos facciones combatieron por dominar la riqueza del subsuelo del país para financiar el conflicto. El MPLA a través de las exportaciones de petróleo y UNITA por el tráfico de diamantes de sangre.

Kimberley Process greetings 2014

La conciencia tardía del primer mundo: El proceso Kimberley

A finales de los 90, tanto los gobiernos de los países compradores y distribuidores de las gemas como la industria diamantífera eran conscientes de que los diamantes de sangre copaban gran parte del mercado. El problema comenzaba a ser visible para la comunidad internacional. La fuerte De Beers, ante el drama que podría involucrar su actividad, quebró su monopolio puesto que no podía asegurar el origen de procedencia de todos sus minerales. La compañía se comprometió a trabajar únicamente con las minas y canales de distribución que tuviera controlados, por lo que su porcentaje de acción y producción decayó notablemente. A pesar de ello, actualmente continúa dominando la industria del diamante.

Paises signatarios del Proceso KimberleyTambién al final de esa misma década, organizaciones como Global Witness denunciaron continuamente las violaciones de los derechos humanos en relación a la explotación de las piedras preciosas africanas. Sus informes, las investigaciones periodísticas y la evidencia de que las tres guerras más sangrientas de África (Angola, República Democrática del Congo y Sierra Leona) han acontecido en los lugares de mayor producción de las gemas, concienció a la comunidad internacional de que era el momento de intervenir en un problema que ellos mismos estaban alimentando. Una concienciación remisa, no interesa intervenir en países cuyo PIB crecía, aunque fuera a costa de vidas humanas.

En 2003 la comunidad internacional puso en marcha el Proceso Kimberley para frenar la fuente de financiación de conflictos y uno de los más importantes motores de las guerras africanas, el tráfico de los diamantes de sangre. Tras años de negociaciones, el plan se acordó en la conferencia internacional de Interlaken, en Suiza, en la que participaron representantes más de treinta países. Desde entonces, el número de integrantes se ha incrementado cada año.

El plan exige a los países productores africanos que en la exportación de los minerales incluyan una certificación que asegure que se trata de diamantes libres de conflicto. Por otro lado, los países consumidores de estas gemas deben comprometerse a comprar exclusivamente piedras con dicha certificación, ya sean en bruto o ya cortadas y pulidas. Los países y compañías participantes (entre ellas De Beers) deben atestiguar que no financiarán grupos rebeldes o entidades cuyo objetivo sea la destitución de un gobierno reconocido por Naciones Unidas. Asimismo, se comprometen a realizar tratos comerciales de índole diamantífero únicamente con países que formen parte del proceso Kimberley.

Modelo de Certificado de KimberleyCon el plan se ha evitado que la mayor parte de los diamantes de sangre entren y circulen en el sistema internacional. El proceso de comercialización se ha regulado sustancialmente, se estima que el contrabando de gemas de conflicto representa menos del cinco por ciento de la circulación total. No obstante, su efectividad ha sido duramente criticada por organizaciones que dedican su actividad a la defensa de los derechos humanos.

Las organizaciones críticas con el sistema Kimberley abogan por la creación de un organismo independiente responsable de verificar la procedencia y la certificación de estas piedras preciosas. Tiene sentido ya que, desde su entrada en vigor, internacionalmente circulan diamantes cuya certificación de origen descansa en países sin recursos naturales diamantíferos, por lo que es imposible saber realmente cómo han entrado en el mercado. El tráfico legal de las gemas no sigue un proceso imparcial y tampoco claramente controlable: se apoya en el compromiso de sus actores, no en su obligación. El sistema Kimberley ha mejorado la situación ética de la industria, pero aun así es vulnerable a abusos inmunes a su margen de actuación.

Tras el proceso Kimberley y la liberación de conciencia del primer mundo, las víctimas de los diamantes de sangre han quedado olvidadas o enmarcadas en el pasado. Los supervivientes de las atrocidades africanas a raíz de conflictos financiados por estos minerales tienen en su cuerpo las marcas del drama. Miles de amputados subsisten entre la pobreza, las condiciones insalubres y la mendicidad. Mientras, los ex combatientes responsables de mutilaciones y muertes han salido adelante gracias a la amnistía y a las ayudas que les concedió la comunidad internacional para que finalizasen los conflictos africanos. La inestabilidad y la miseria siguen reinando en estos países de grandes recursos naturales e injusta explotación. El mundo puede celebrar el éxito de haber juzgado y encarcelado a un sanguinario como Charles Ghankay Taylor. Sin embargo, el horror de las víctimas de los diamantes de sangre aún no ha sido compensado con justicia.

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