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Arte y Letras

¡El autor, el autor! Una aproximación general al arte de escribir a cuatro manos

En un mundo con cierta tendencia al onanismo como el de la creación artística, la crítica especializada ha tendido a despreciar la escritura en colaboración frente a la dictadura del autor único. Sin embargo, la historia de la literatura nos ha legado muchos más dúos y más brillantes de lo que en un principio se pueda pensar. La mayoría de ellos surgirían de la amistad e incluso del amor, pero en todos subyacería la inquietud creativa e intelectual, motivo por el cual en ocasiones acabarían deviniendo en enfrentamiento. Además, de su estudio nos queda una cosa clara: no se pueden extrapolar normas fijas en cuanto a procedimiento. Cada colaboración tiene su historia.

La escritura conjunta: una realidad desconocida

Venía a decir Roland Barthes que el autor está muerto, que yace enterrado bajo una maraña de ramificaciones culturales entretejidas que hacen de su texto escrito una creación que no le pertenece. Afirmaba por tanto que una obra no dependía de la intención de su creador, sino de la historia cultural que la impregna y del bagaje vital e intelectual del lector que la descodifica, quien establece con ella una relación singular que le proporciona una experiencia personal e irrepetible.

Esta perspectiva ayuda a relativizar la figura del autor y a enfocarla desde un prisma mucho más diáfano, algo que parece pertinente para comprender un fenómeno como el de la escritura conjunta, sustentado en un proceso que depende de la lectura mutua entre escritores y que se completa con la incorporación esencial del lector.

El mundo ensayístico ha tendido con bastante frecuencia hacia la colaboración, al basar su naturaleza en una sintetización de razonamientos diversos que puede enriquecerse más fácilmente con el trabajo conjunto de varias personas. De hecho, han sido tantas las asociaciones entre pensadores (Theodor Adorno y Max Horkheimer, Fernández Liria y Alegre Zahonero, Gianno Vattino y Richard Rorty…) que la lista se hace casi inabarcable. Pero, sin duda, el ejemplo más célebre sería el de Karl Marx y Friedrich Engels, quienes dieron forma conjuntamente al marxismo, uno de los pensamientos político-filosóficos más importantes de la época contemporánea. A través de obras como El capital (Das Kapital, 1867-1894) o El manifiesto comunista (Manifest der kommunistischen Partei, 1848), desarrollaron y cohesionaron el «socialismo científico» en una relación profesional de la que, no obstante, se dice que Engels fue más albacea que colaborador.

En el ámbito puramente literario han sido los géneros, más desprejuiciados y reglamentados que la «narrativa seria», donde el trabajo conjunto de varios escritores nos ha legado sus mejores obras. Es quizá esa tendencia natural y obligada a transitar pautas ya establecidas, y una razón de ser, la de la asociación, que además de la inquietud artística tiene como fines últimos y evidentes los comerciales, lo que posiblemente le haya granjeado a las parejas literarias la injusta indiferencia de la crítica.

El policiaco: cuna de colaboraciones

Dentro de los géneros, es la novela policiaca y de misterio la que ha proporcionado las colaboraciones más destacables. Algunos de los grandes bestseller de los últimos años son obras nacidas del talento conjunto de dos autores (Preston y Childe, Alexander y Alexandra Ahndoril —Lars Kepler—, Del Toro y Hogan), pero ya a mediados del siglo XIX, dos grandes de las letras británicas como Charles Dickens y Wilkie Collins convirtieron su estrecha amistad en colaboración literaria; además de en obras de teatro, trabajaron conjuntamente en novelas tan interesantes como Callejón sin salida (No Thoroughfare, 1867) o Casa de alquiler (A House to Let, 1858), obra publicada para un especial de Navidad de la revista All the Year Round, dirigida por Dickens, y en la que participaron también Elisabeth Gaskell y Adelaide Anne Procter.

En esta misma línea colaborativa habría que citar otros dream teams de la literatura británica de misterio como los surgidos del Detection Club, asociación fundada en 1930 por una pléyade de escritores de novela policiaca «clásica» entre los que se contaban nombres de la altura de Anthony Berkeley, G. K. Chesterton, Agatha Christie o Dorothy L. Sayers. Del trabajo colectivo entre varios de sus miembros surgieron novelas como El almirante flotante (The Floating Admiral, 1931), cuya gestación explicó Dorothy Sayers en el prólogo de la misma: con la idea de escribir una obra colectiva partiendo del planteamiento inicial de un caso criminal, cada autor (catorce en total) se enfrentó al misterio sin saber qué desenlace tenían en mente los compañeros precedentes y entregaron en un sobre cerrado su particular solución al crimen. Concluida la obra, los sobres fueron abiertos y los resúmenes fueron puestos al final como apéndices.

Pero una de las parejas más célebres del policiaco no salió de las islas británicas, si no de Francia: Pierre Boileau y Thomas Narcejac, responsables de más de cuarenta novelas entre las que destacan, especialmente por su trascendencia en el cine, Las diabólicas (Celle qui n’était plus, 1952) , adaptada a la gran pantalla por H. G. Clouzot en 1955 (y por Jeremiah Chechik en 1996), y Sudores fríos (D’entre les morts, 1954), novela que Alfred Hitchcock rebautizaría en 1958 como Vértigo. De entre los muertos (Vertigo, 1958) y que se convertiría en una de las más célebres de la historia. Hay una famosa anécdota que acompaña al dúo francés y que ilustra la especial y compleja tarea de la escritura conjunta: Boileau ideaba las tramas en París, mientras que Narcejac las redactaba en un pueblo de Bretaña. Normalmente se comunicaban por carta, pero cuando surgía alguna urgencia, y para evitar las incomodidades del teléfono en llamadas de larga distancia (estamos hablando de mediados del siglo pasado), lo hacían por telégrafo, medio de comunicación semipúblico. En una ocasión, Narcejac se dio cuenta de que el ruido que haría un arma de fuego dificultaría la trama que estaban desarrollando, y se lo comunicó a Boileau, quién le respondió despreocupadamente desde Paris con la frase: «Descartemos el revólver. Probemos con veneno». Poco después, los gendarmes estaban visitando a Boileau en su casa.

Otra pareja esencial de la literatura policiaca fue la compuesta por los suecos Maj Sjöwall y Per Wahlöö y tanto su éxito como el origen de su trabajo conjunto son dignos de ser contados. Periodistas ambos, y pareja sentimental, el germen de su colaboración profesional surgió al poco de conocerse, en un momento en el que Wahlöö estaba escribiendo dos crónicas sobre la política española y además debía entregar una novela en el plazo de dos semanas. Cada día dejaba en un bar en el que coincidían dos o tres folios con el final en blanco para que los acabara Sjöwall. Al poco tiempo se dieron cuenta de que podían trabajar juntos: se compenetraban, tenían las mismas ideas y ambos querían realizar una dura crítica del lado oculto de la idílica Suecia a través de un género que atrapara al lector como la novela policiaca. El resultado fue una experiencia literaria muy fructífera, a la razón de un libro por año entre 1965 y 1975, que dio forma a la serie del inspector Martin Beck, precursor de personajes como el Kurt Wallander de Henning Mankell, y que convirtió a sus autores en los grandes maestros del género negro nórdico.

Parejas literarias más allá de la Puerta de Thannhausen

La ciencia ficción, por su apertura conceptual y el importante papel que en su desarrollo han jugado las revistas especializadas, punto de convergencia de autores, ha sido un campo especialmente fértil para la colaboración. Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Philp K. Dick, Robert A. Heinlein… la mayoría de los grandes nombres del género ha trabajado en algún momento junto a otros compañeros y, si bien no se han dado parejas tan consolidadas como en el policíaco, es casi imposible sintetizar todas las colaboraciones realizadas. Se pueden señalar, no obstante, algunos dúos especialmente fructíferos, como los formados por Larry Niven y Jerry Pornuelle, o Frederick Pohl y Cyril M. Kornbluth.

Un caso semejante al de la sci-fi es el de la literatura fantástica. De entre sus numerosas colaboraciones cabe destacar algunas especialmente importantes, como la de George R. R. Martin y Lisa Tuttle con su novela Refugio del viento (Windhaven, 1981), o la de Margaret Weis y Tracy Hickman, quienes a través de sus sagas de la Dragonlance dieron trasfondo literario al mundo de rol ideado para Dungeons & Dragons.

Pero la palma se la llevarían dos tótems del fantástico como Terry Pratchett y Neil Gaiman, de cuya unión surgiría Buenos presagios (Good Omens, 1990), apocalíptica novela que sorprende por conseguir fusionar dos personalísimos estilos pareciendo una obra escrita por una sola persona. Esto se explica en parte conociendo el proceso de su elaboración: ambos autores se comunicaban por teléfono y se enviaban las partes que iban trabajando en disquetes informáticos a través del correo (eran finales de los años ochenta). Cada uno partía con labores prefijadas y bien diferenciadas, pero como el propio Gaiman ha explicado, a fuerza de realizar lecturas y reescrituras mutuas, el texto fue tomando su propia forma hasta el punto de que ni ellos mismos pudieron diferenciar finalmente quién había escrito qué.

 

Los sesenta y tres negritos de Dumas

Dentro de la narrativa histórica, la colaboración más destacable puede que sea una que durante mucho tiempo no lo fue oficialmente: la de Alejandro Dumas y Auguste Maquet.

Conocido es el modo de trabajo de Dumas, quien se valía del incontable trabajo de «negros literarios» (se le atribuyen hasta sesenta y tres) para levantar su ingesta producción literaria. Sin embargo, con el que sí que trabajó como si de un dúo se tratara, nada menos que diez años, y obteniendo como resultado sus mejores títulos (la serie de Los tres mosqueteros y El Conde de Montecristo) fue con Maquet, historiador que documentaba las obras, organizaba la estructura general del argumento y elaboraba el primer borrador para que luego Dumas lo revisara y le añadiese su «toque mágico». Esta colaboración se inició cuando Dumas reescribió varias obras de Maquet convirtiéndolas en éxitos, y su editor consideró más oportuno comercialmente que se eliminase el nombre del segundo. Esta exitosa asociación no oficial pero sí oficiosa, y que traería consigo pequeños deslices de «sincronización argumental» como que D’Artagnan sea nombrado mosquetero en dos ocasiones diferentes en una misma obra, se cortó en 1851, cuando en vistas de que los beneficios, pese a repartidos, siempre eran más cuantiosos para Dumas, Marquet decidió llevar a juicio a su antiguo «jefe-colaborador» reclamando como suya la autoría de las obras conjuntas. El fallo del juez, pese a reconocer la labor de Marquet, cayó de lado del demandado al reivindicar el esencial papel de Dumas en el proceso de escritura.

Como curiosidad, se podría señalar que la primera entrega del Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte, versión patria de las andanzas de capa y espada de Dumas, cuenta con su Maquet particular en la figura de Carlota Pérez Reverte, hija del autor y reconocida coautora de la obra a la que se le atribuye el punto de vista del joven paje Iñigo Balboa, así como buena parte de la investigación histórica general y la reconstrucción de escenarios en el Madrid de los Austria.

Dúos con «ñ»

La literatura en castellano no ha sido una excepción en lo referente a colaboraciones literarias. Ya encontramos ejemplos en clásicos de nuestras letras como Borges y Bioy Casares, y un recorrido por la librería más cercana nos permitirá descubrir ejemplos recientes de todo tipo (Negrete y Aguilera, De los Santos y Sipán, Ribas y Hoffman…).

Especialmente original es el dúo formado por el subcomandante Marcos y Paco Ignacio Taibo II para dar a luz Muertos incómodos (2004), novela negra de poderoso contenido político publicada originalmente por entregas e ideada en un principio para ser escrita desde tres lugares distintos, incluyendo en la asociación a Manuel Vázquez Montalbán (quien fallecería antes de ponerse en marcha el proyecto). La idea surgió del propio líder zapatista, quien se encargó de poner las reglas: se trataba de escribir «a pie forzado» una novela por entregas semanales, en la que ambos se irían alternando los capítulos y en la que cada cual desarrollaría la historia de su propio personaje (el zapatista Elías Contreras, en el caso del subcomandante, el detective Héctor Belascoarán Shayne en el caso de Taibo II), teniendo que unirse los caminos de ambos en los capítulos centrales de la novela alrededor del Monumento a la Revolución mexicana.

Colaboraciones póstumas

Hemos dejado en último lugar de forma deliberada un tipo de asociación literaria un tanto sui géneris pero que, por estar ya totalmente normalizada, merece la pena ser comentada. Nos referimos a la «colaboración póstuma»: esta es, aquella que se basa en el trabajo conjunto de dos autores, uno ya fallecido y creador del material original, y otro que, ya sea por voluntad explícita del primero o por voluntad (normalmente mercantil) de sus descendientes legales, se encarga de finalizar el mismo o incluso de darle forma por completo.

Posiblemente el escritor que llevó a su máximo apogeo esta práctica fue Lyon Sprague de Camp, quien, dueño de los derechos de Conan, personaje literario creado por Robert E. Howard, abrió la veda a una retahíla de autores que terminaron las obras inconclusas del bárbaro y de paso reescribieron las ya existentes. Este caso, como otros semejantes, no se libra de la polémica al no existir constancia alguna de que su creador quisiera que la obra fuese continuada (y mucho menos reelaborada) y, sin embargo, serviría para llevar al éxito a sus testaferros literarios.

Ejemplos ligeramente diferentes, aunque también rodeados de controversia, son los relacionados con otras sagas fantásticas continuadas post mortem. Por un lado nos encontramos aquellos en los que una obra es prolongada a través de las notas y borradores de su creador, como con los casos de la serie Dune de Frank Herbert o de los libros que complementan la cosmología de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien, y que sería una tarea de la que se encargarían sus propios hijos (Brian Herbert —con Kevin J. Anderson— en el caso de la primera, Christopher Tolkien en el caso de la segunda), garantes legales de la obra de sus padres; y por otro lado tenemos casos tan paradigmáticos como el de la Rueda del tiempo de Robert Jordan, quien consciente de su posible muerte, dejó voluntariamente el material necesario para que «un ejército de escritores» finalizasen su obra (tarea de la que se acabaría encargando Brandon Sanderson).

La muerte del autor

Como se dijo más arriba, cada colaboración tiene su historia y sus propias reglas: hay casos como el de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, en los que, desaparecida una de las partes, la otra prácticamente renunció a seguir escribiendo, o como en el caso de Maquet y Dumas, quienes separados sus caminos jamás alcanzaron ni el éxito ni la calidad de sus trabajos conjuntos.

La conclusión evidente a la que llegamos es que, en el mundo de la literatura en particular y del arte en general, las asociaciones entre autores no han sido excepciones. Así como los artistas se ayudaban de talleres de aprendices que trabajaban sus ideas, las epopeyas, los cantares de gesta, los poemas épicos o los romances fueron puestos por escrito como compendios de diferentes voces e historias populares cinceladas por el paso del tiempo; es más, solo hay que echar un vistazo a la televisión actual, medio en el que la mente conjunta de varios guionistas está escribiendo la que para muchos es la mejor ficción contemporánea. Puede que Barthes tuviese razón y que el autor haya muerto. En ese caso… ¡viva el autor!

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