El cine como transmisor de ideología: Turquía e Iraq, el valle de los lobos

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Todo constructo cultural, siempre, funciona como correa de transmisión de elementos ideológicos. Esto es tan cierto para la literatura como para la música, para los juegos de mesa y para la pintura. Y por supuesto, también para el cine. La naturaleza lúdica de muchas expresiones artísticas y culturales hace que su carga ideológica pase fácilmente inadvertida y haya que esperar a que el tiempo y la perspectiva nos permita darnos cuenta de lo que se escondía bajo la apariencia de una inocente trama de aventuras, acción o comedia. Sin embargo, a veces aparecen cintas lo suficientemente transparentes en su mensaje para que podamos relamernos y devorar con fruición una buena dosis de propaganda ideológica sin temer que en ningún momento nos estén engañando.

Las arengas ideológicas estadounidenses resultan, sin lugar a duda, las más difíciles de apreciar a simple vista. Su narrativa se ha convertido de manera indudable en nuestro estándar y siempre que se mantengan dentro de los límites marcados por el momento histórico correspondiente no nos llamarán la atención. De acuerdo, a veces aparece algo como Rambo III (id., 1988) y la cosa queda más clara que de costumbre, pero incluso en esos casos hay que hacer un ejercicio de memoria y pensar si realmente todo fue tan transparente en el mundo cultural de los años ochenta, dominado por el tándem ReaganThatcher gracias al poderío anglosajón en la conformación del mundo occidental.

Desde entonces, salvando algunos excesos puntuales, la cinematografía estadounidense de gran presupuesto ha ido mejorando sus prestaciones a la hora de transmitir una ideología sin que el espectador piense que eso sucede. Sin embargo, no todos los países parecen dispuestos a abrazar esa monoidea que proviene desde más allá del Atlántico y en ocasiones tratan de sacudirse su influencia con producciones audiovisuales que a menudo se dedican a calcar las formas americanas mientras subvierten su fondo. Muchas veces son películas que triunfan en sus países de origen pero no a nivel mundial, productos para el consumo interno que buscan crear una nueva narrativa que choque frontalmente con la hegemonía de los Estados Unidos y su condición de guardián del mundo libre.

Hoy vamos a hablar de uno de esos filmes que, como ya hemos comentado, proviene de una de esas filmografías menores que, sin embargo, se han conseguido mantener firmes frente al avance de los grandes éxitos de taquilla estadounidenses y que pretenden continuar así. Estamos hablando de Turquía y de su polémica Iraq, el valle de los lobos (Kurtlar vadisi – Irak, 2006).

 

Capuchas y venganzas

Que la relación turca con el mundo occidental no está pasando precisamente por su mejor momento no es algo que se le escape a nadie. Lejos quedan ya los tiempos en los que Ataturk, tras la Primera Guerra Mundial, decidió que el antiguo Imperio otomano debía convertirse en una nación de corte laico y pretendidamente moderna; una Turquía que buscaría ganar influencia gracias a su situación a caballo entre Asia y Europa y serviría como elemento transmisor de lo occidental hacia Oriente. Desde hace ya unos cuantos años esto parece olvidado, con un Estado que parece haber abandonado sus tan voceadas intenciones de integrarse en la Unión Europea para tratar de configurarse como el principal poder geopolítico independiente de la región, navegando entre actores tan poderosos como la propia Unión Europea, Rusia, Egipto, Irán o la siempre compleja Israel.

Dentro de esta deriva política de Turquía siempre hay que señalar la figura de Recep Yayyip Erdogan, el actual presidente del país. No es este el lugar para realizar un análisis de su política; de momento nos basta con fijarnos en las fechas entre las que esta tiene lugar. Tras haber sido alcalde de Estambul entre 1994 y 1998 dio el salto a la política nacional. La cronología de sus primeros años de carrera política da buena muestra de los cambios que tenían lugar en Turquía. En 1998 fue condenado a diez meses de cárcel por recitar un poema que instigaba a la intolerancia religiosa. En 2001 fundaba el Partido de la Justicia y el Desarrollo. En 2002 su organización llegaba al poder y en 2003 conseguía convertirse en primer ministro tras una polémica repetición de las elecciones en la provincia de Siirt, a la que pudo acudir como candidato gracias a que su propio partido había revocado desde el poder la prohibición que por culpa de su condena le impedía ejercer como representante político.

Ese mismo año, 2003, se estrenaba en Turquía una de las franquicias más importantes de los últimos años en el país. Su nombre es  Kurtlar Vadisi, que vendría a traducirse como El valle de los lobos. Todo empezó con una serie de televisión que duraría noventa y siete episodios y seguía las peripecias de un agente de la inteligencia turca, llamado Polat Alemdar, en su lucha contra la mafia. El éxito fue inmediato y no se tardó en pensar en el salto a la gran pantalla del personaje, para lo que se decidió darle una misión más internacional. Estábamos en 2006 y de nuevo los guionistas decidieron mirar al pasado, al año 2003, y centrarse en un suceso que había tenido gran repercusión en Turquía, pero muy poco en el resto del mundo: el llamado incidente de las capuchas.

En julio de 2003, cuatro meses después de que Erdogan hubiese alcanzado el puesto de primer ministro y en plena guerra de Irak, tropas americanas detuvieron a un grupo de soldados y agentes de las fuerzas especiales turcas en la ciudad iraquí de Sulaymaniyah, creyendo estar capturando a un grupo de terroristas que planeaban asesinar al gobernador de la región. El suceso se convirtió en cuestión de estado en Turquía, tras aparecer fotos de los soldados siendo sacados de la casa franca de las fuerzas armadas con la cabeza cubierta por unas capuchas negras. El pueblo turco se sintió humillado por los Estados Unidos y se llegó a amenazar con cerrar el espacio aéreo turco a las operaciones estadounidenses en pleno conflicto iraquí. Finalmente los soldados fueron liberados en menos de sesenta horas, pero el incidente ya había pasado a formar parte del imaginario colectivo turco.

Ese es el punto de partida que toman los realizadores de Iraq, el valle de los lobos (Kurtlar vadisi – Irak, 2006). No es casualidad que la cinta comience con una recreación del suceso y el suicidio de uno de los militares turcos involucrado en él. Antes de acabar con su vida, el militar escribe una carta a su viejo amigo Polat Alemdar en la que le explica que es incapaz de vivir con la humillación que causó a Turquía. Eso es lo insoportable: el daño causado a la nación turca. Su muerte se vuelve entonces casi heroica, sirviendo para que el protagonista de la película decida que debe viajar a Irak para encargarse del oficial americano que causó el incidente.

Polat y sus amigos son las estrellas de la cinta, unos agentes especiales turcos que se sienten por encima del bien y del mal hasta el punto de que, en cuanto llegan a Irak, lo primero que hacen es asesinar a sangre fría a tres milicianos kurdos que cometen el terrible delito de sospechar de ellos. A partir de aquí su misión de conseguir humillar al americano encargado del incidente de las capuchas terminará derivando en perpetrar su asesinato, lo que ciertamente podemos considerar que da un giro inesperado al cine de acción, que normalmente se cuida muy mucho de subrayar que los héroes no son asesinos por gusto, sino por necesidad.

Justificando el asesinato selectivo

Hasta los propios guionistas de la película debieron darse cuenta de que a cualquier público, incluso a aquel al que la película va dirigida, le resultaría difícil empatizar con una suerte de asesinos terroristas internacionales. Así que se pusieron manos a la obra para tratar de acumular motivos y razones que pudiesen justificar las acciones de Polat y sus compañeros. La idea queda clara desde el principio: los americanos y sus aliados son el demonio encarnado frente a los benignos iraquíes, cuyos únicos aliados verdaderos son los turcos.

El primer paso, por supuesto, debe lograrse con la definición del villano de la función, Sam William Marshall. Habría sido difícil imaginarse un nombre más americano para este personaje, cuya posición en Irak resulta difícil de entender. En algún momento dicen que es coronel, pero no parece tener auténticas responsabilidades en el ejército, sino más bien haberlo abandonado para ser una especie de agente libre cuyo objetivo descubriremos es acabar con el pueblo musulmán, porque es un fanático religioso cristiano. Por suerte o por desgracia, le pone cara un Billy Zane que debía seguir manteniendo por la zona turca algo de la fama lograda por su labor de villano en Titanic (id., 1998). Cuando es posible que la mejor actuación de tu película la haga Billy Zane lo llevas mal, por cierto.

Tras esto, lo mejor es hacer alguna referencia adicional a sucesos reales que despierten la indignación entre tu público. Para empezar, tenemos una especie de recreación de la masacre de la boda de Mukaradeeb. A saber: el ejército americano, o lo que parece más bien una banda de contratistas militares en el caso de la película, se inmiscuye en mitad de una tradicional boda iraquí y termina haciendo una masacre tras un error por parte de un soldado al que se le dispara su rifle, matando a un niño. La escena resulta extraña para el espectador medio, mientras parece que se transmite la idea de que lo más normal del mundo para celebrar una boda es empuñar fusiles de asalto cargados y tener un ejército prácticamente preparado. Cierto es que la celebración es entre familias de influencia y que el país está en guerra, pero de todos modos la manipulación duele.

Por si eso fuera poco, también se reconstruye un suceso que se atribuye a la guerra de Afganistán y fue protagonizado por el ejército de la Alianza del Norte, sin que ello plantee ningún problema. En el transporte de los detenidos en la boda a la cárcel de Abu Ghraib, uno de los soldados apunta que los prisioneros deben estar ahogándose, encerrados en la furgoneta. El resultado es que un hombre de confianza de Marshall dispara al azar contra la furgoneta para abrir agujeros, hiriendo y matando indiscriminadamente a los trasladados. Para acabar de rematar la jugada, y esto sí que es únicamente fruto de los guionistas, uno de los soldados amenaza al hombre de Marshall con denunciar lo sucedido, así que este lo asesina a sangre fría delante del resto de los militares. A pesar de todo, lo más grave todavía está por llegar.

Abu Ghraib fue un lugar terrorífico, y cuando vemos el trato de los prisioneros no podemos sino lamentarnos de que aquí no haga falta caer en la ficción para exagerar la maldad de los americanos. El problema es que hasta eso les parece poco a los perpretadores de la cinta, así que incluyen a un médico judío al que da la cara un histriónico Gary Busey que se estaba buscando problemas con el mundo cinematográfico estadounidense, y cuyo personaje se dedica a vender órganos que extrae de los prisioneros en los mercados negros de Nueva York, Londres o Tel Aviv. El triángulo del mal, parecen decirnos, se encuentra en esa confluencia anglosajona y judía: en los Estados Unidos, el Reino Unido e Israel.

El último paso, sin embargo, tiene que enfrentar la maldad de los americanos la bondad de los iraquíes, por supuesto musulmanes. Para ello se manejan dos personajes que permiten mostrar que, en realidad, todo el mal procede de Occidente: por un lado, encontramos un prestigioso jeque local, cuya familia sufrirá el ataque de la boda; por otro, la novia de la ceremonia, que pasará de ser una mujer feliz y positiva a una posible terrorista suicida consumida por la venganza.

Al reflejar sus puntos de vista se aprovecha para santificar al jeque, mientras que con la mujer, llamada Leyla, se muestra que esa posición buenista no sirve para nada. El jeque salvará a un periodista occidental de morir decapitado frente a una cámara y aprovechará para dar una lección a los posibles asesinos cuando le da al reportero la oportunidad de matar libremente a uno de sus captores, pero este se niega. Reflexionando acerca de la película, podríamos pensar que aquí se trata de diferenciar entre la población civil de occidente y sus ejércitos, es decir, sus líderes: mientras los primeros no son asesinos y solamente quieren convivir en paz, los segundos son enemigos del pueblo musulmán en general y el turco en particular.

Leyla funciona ahí como una especie de advertencia, de justificación de los actos terroristas sufridos por las fuerzas occidentales, convertidas en enemigos públicos. Por eso mismo puede que sea el personaje más peligroso de toda la cinta. En realidad, mantiene una narrativa muy clásica del cine de acción: la del luchador, este sí, que no quiere serlo y se ve atrapado por una violencia que él no ha creado. Sin embargo, lo que resulta chocante es que esa violencia no se dirige hacia un grupo que nosotros podamos considerar netamente criminal, sino contra las fuerzas armadas estadounidenses y, en cierto modo, de regalo, contra todo el mundo occidental.

Gracias a todo lo anterior, Polat y sus hombres no tendrán ningún problema moral en hacer todo lo que sea necesario para acabar con la vida de Marshall. Y, a pesar de ello, el final de la historia no deja de ser una gran justificación para que el espectador tenga motivos más firmes que la simple venganza por la humillación a un grupo de militares. En cierto modo, es fácil pensar que los propios guionistas sabían que, sin aderezar bien la trama, la motivación de los supuestos héroes no era lo suficientemente fuerte.

El cine de acción contra Hollywood

Iraq, el valle de los lobos normalmente no pasaría de ser un subproducto más. Sus escenas de acción son torpes y están mal resueltas; la tensión brilla por su ausencia en demasiadas ocasiones, por la indisimulada inmunidad de guion de sus protagonistas; los villanos son tan malvados y los héroes aparentemente tan buenos (al menos desde el punto de vista de la propia película) que no hay posibles conflictos morales… Tiene absolutamente todos los tics del peor cine de acción.

Y, sin embargo, merece escribir unas líneas sobre ella porque toma todos esos tics y se los tira a la cara a los mismos que los inventaron. El mero hecho de hacer de los estadounidenses los antagonistas de la función hace que las lecturas varíen y que nuestra experiencia como espectadores se vuelva extraña. Tal vez podríamos aceptar con facilidad que un buen americano tratara de acabar con una mala hierba dentro del ejército, pero aquí no parece que Marshall sea precisamente un elemento extraño dentro del funcionamiento bélico de los Estados Unidos.

La película se sirvió de la opinión pública y del posicionamiento oficial turco contrarios a la guerra para convertirse en la más taquillera de 2006 en el país otomano. Recibió comentarios elogiosos de todo tipo dentro de su nación y el entonces presidente del parlamento turco, Bülent Arınç, llegó a decir públicamente que todo lo que aparecía en la película era cierto y que por ello pasaría a la historia. Fuera de las fronteras turcas, no obstante, fue muy criticada y hasta una asociación judía alemana trató de evitar que se proyectara por la representación de su pueblo, personalizada en el personaje de Gary Busey. Sin embargo, su trascendencia fue casi inexistente para el resto de países.

Desde su estreno, la franquicia de El valle de los lobos siguió en buena forma. Tuvo un spin off que fue cancelado tras un episodio, pero otro terminó trescientos a sus espaldas y diez temporadas en antena. Por si fuera poco, ese spin off llegó a contar con la presencia de Sharon Stone y Andy Garcia, interpretando al jefe del crimen estadounidense y su esposa. Poca cosa para una serie de televisión turca. También engendró un film dedicado a la Operación Gladio, otro a Palestina y hasta un tercero que trataba el fallido golpe de Estado de 2016. Este último, Kurtlar Vadisi Vatan (2017), demostró la pérdida de poder de Polat en la gran pantalla, al ser la décimo tercera película turca en recaudación de su año. Parece que hasta en Turquía ya no engaña tanto el cine ultranacionalista de acción, algo que en su momento ya descubrieron otras filmografías como la estadounidense.

Iraq, el valle de los lobos quedará para la historia como un ejemplo cristalino de la capacidad de la forma cinematográfica de servir a diferentes fondos. Al igual que en otros muchos ejemplos de cine ideológico fuera de los Estados Unidos, no se busca crear un discurso propio y diferenciado, al contrario de lo que podrían ser los presupuestos de Eisenstein en la Unión Soviética, sino que se adopta ciegamente el modelo estadounidense. El problema de esta decisión no es otro que la realidad de que el discurso resulta demasiado transparente para los espectadores que se han educado con esas formas, para los que el truco es demasiado zafio. Esto condena a cintas como la que nos ocupa a ser efectivas solamente para un público muy reducido que ya suele estar de acuerdo con sus presupuestos antes de verla, mientras que en el resto despertará una mezcla de sorpresa y rechazo.

En cierto modo, la reflexión final que deja una película como esta es que el poder de la industria hollywoodiense es tal que hasta aquellos que tratan de atacar a los Estados Unidos terminan usando sus formas. Posiblemente, no exista una mayor muestra de derrota cultural.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

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