El crimen de Orcival, una novela policial en tiempos de Napoleón III

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Emile GaboriauUna mañana de verano, en la ciudad de Orcival, a orillas de un río, entre los juncos y cañaverales, dos cazadores furtivos descubren sumergido en el agua el cuerpo ensangrentado de la condesa de Trémorel (Berthe Lechaillu). «Su largo cabello tendido se enredaba entre las plantas acuáticas». Una escena desoladora. Asaltados por el temor avisan al juez de paz que, al ingresar al castillo de Orcival, propiedad del conde de Trémorel, descubre rastros de una lucha violenta en toda la propiedad y supone que se ha producido un doble homicidio… Así inicia esta historia Émile Gaboriau (1832-73), uno de los principales pioneros de la novela policiaca en Francia. El periodista y escritor, autor de la exitosa L’Affaire Lerouge (1866), abre la narración con un cadáver y apoya sobre él el peso de un enigma que se acrecienta a medida que progresan veintinueve escrupulosos capítulos. Un verdadero prodigio de cálculos y deducciones lleva a sus protagonistas a revelar la fabulosa imaginación de Gaboriau.

¿Quién ha asesinado a la condesa y a su marido? ¿Cuándo? ¿De qué modo? ¿Y el conde? ¿Realmente fue asesinado o será acaso el homicida? ¿Cuál ha sido el pérfido móvil? Ni siquiera sabemos si el misterio de Orcival será resuelto algún día. La ansiedad, ese intenso ritmo dramático, es condición sine qua non. El lector es arrastrado por las narices, convirtiéndose por momentos en el verdadero testigo de una aventura donde todos sospechan de todos. El campo de las conjeturas no tiene límites porque, arrollados los personajes por la lógica de los sucesos, el mecanismo de sus investigaciones (muchas veces contradictorias, pero legítimas) les lleva a comprender la inevitabilidad de los hechos pasados. Se fraguan conspiraciones, hay chantaje, actos de adulterio, desconciertos, celos, envenenamiento, suicidio. Condimentos que operan pura y exclusivamente a favor de la intriga.

El crimen de OrcivalMuy pronto la fiebre de la curiosidad lleva a los investigadores del caso (el alcalde M. Courtois, el Dr. Gendron, el impasible Plantat y muy en especial al hipercerebral agente de policía Monsieur Lecoq) a cruzar ese laberinto de dudas que implica la hazaña de poder dar con la Verdad. Es lícito indicar que el método de deducción utilizado por Monsieur Lecoq, sus exhaustivas investigaciones, prefiguran los utilizados por Arthur Conan Doyle para su arquetípico Sherlock Holmes. Lecoq es hombre que no deja nada a la casualidad, todo lo prevé gracias a su mente sagaz. Son frecuentes sus soliloquios analíticos, declamados en perfecto tono glacial, donde va recolectando prueba tras prueba para desnudar hasta el menor de los detalles relacionado con el escenario del crimen. El resultado es tan efectivo como asombroso, porque una historia que apuesta sin prejuicios por la trama, con esa sana y legítima audacia por las peripecias, nunca decae. Más bien todo lo contrario: se eleva en osadía inventiva. A toda causa condicional le sigue un efecto incondicional y Gaboriau bien lo supo explorar como mecanismo narrativo. La técnica del suspense es absoluta.

Sorpresa, intriga y asombro. Le crime d’Orcival es un título imprescindible de la literatura negra, recientemente recuperado para los lectores castellanoparlantes. Disfrútenlo.

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