El cuentacuentos que protagonizó su leyenda: el barón de Münchhausen

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Los turistas que lleguen buscando un poco de tranquilidad al pequeño y elegante municipio de Bodenwerder, en la Baja Sajonia (Alemania), se sentirán satisfechos al comprobar que tal y como esperaban no hay papeles tirados por el suelo, las casas son de piedra y los negocios locales cierran pronto; sin embargo, su parsimonioso deambular los llevará, antes o después, hasta una pequeña plaza donde un anacrónico personaje de casaca roja y gorro pirata los atosigará para que se fotografíen junto a la estatua de un hombre que vuela por los aires sentado en una bala de un cañón. Si dominan el alemán obtendrán algo de información pero, en caso contrario, posiblemente suelten unas monedas y se escabullan por alguna de las callejuelas que cruzan el centro del pueblo. En función de la ruta de escape que escojan podrán admirar al mismo anciano de bronce tirando de su propia coleta para salir de un pozo de fango o, nuevamente cabalgando, encaramado a la grupa de un caballo partido por la mitad.

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Eventualmente acabarán por descubrir que el viejo excéntrico es Karl Friedrich Hieronymus, antiguo noble de Bodenwerder al que sus vecinos han ido erigiendo diversos monumentos conmemorativos a lo largo de los siglos y cuya fama excede ampliamente su pequeña aldea natal. No dejará de sorprender a los visitantes el hecho de que en la biografía del tal Hieronymus figuren hitos tan diversos como haber inspirado obras de arte, protagonizado varios libros y películas e incluso haber dado nombre a un par de trastornos mentales.

Y si, como es normal, los turistas acaban preguntando cómo ha sido todo eso posible, algún lugareño conocedor de la vida de su ilustre antepasado, les responderá que no busquen la respuesta en la historia, sino en la leyenda. No hay que buscar a Karl Friedrich, sino al barón de Münchhausen.

Un hombre y sus historias

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Hieronymus nació en un tranquilo pueblo del Sacro Imperio Romano-Germánico y, para fortalecer los cimientos de su elevada posición social, hubo de trasladarse a la capital del ducado de Brunswick-Luneburgo, donde ejerció como paje del príncipe. Los vaivenes diplomáticos de la época dieron con él en el ejército ruso, zarista y aristocrático, al que ingresó en calidad de corneta y del que salió barón, tras diez años batallando contra los turcos. A mediados del siglo XVIII Münchhausen regresó, a la edad de treinta años, a la pequeña aldea de Bonderwerder, en la que aún vivió otros cuarenta y siete. Hasta el final de su vida siguió demostrando ser un noble intrépido y excéntrico, perpetrando actos tan inexplicables para sus homólogos mediterráneos como poner en marcha diversos negocios o divorciarse. Murió en 1797 profundamente ofendido por la fama de mentiroso que sus historias le habían granjeado.

Dicha reputación fue impulsada por un poderoso fenómeno que, en este caso, sí nos resulta cercano: sus iguales se mostraban dolidos porque el barón hacía lo mismo que todos ellos, solo que mejor. Tal y como ordenaban las costumbres, al regresar de su periplo militar Hieronymus se convirtió en el epicentro de la vida social de Bodenwerder y sus invitados disfrutaban de su talento narrativo en interminables y divertidas veladas en las que Münchhausen relataba sus aventuras a quien quisiera escucharle. Su carisma se alió con las facilidades tecnológicas de la época y su fama viajó por Europa tan rápidamente que el barón tuvo ocasión de comprobar, aún en vida, en qué se habían convertido sus historias: una suerte de Mil y una noches occidentales que él mismo había comenzado a relatar y aún hoy siguen creciendo y transformándose.

Las obras y la leyenda

Dieciséis años antes de su muerte, un editor desconocido publicó la primera impresión de las aventuras del barón de Münchhausen. Se sospecha que esta primera versión pudo ser obra del mismo autor que, cuatro años más tarde, imprimió y firmó en Londres una serie de historias que tituló Narración de los maravillosos viajes y campañas del barón Münchhausen en Rusia. El creador de tan esclarecedor título fue un compatriota del barón, Rudolf Erich Raspe, conocedor, por tanto, de la joven tradición oral que desde hacía unos años viajaba imparable desde la Baja Sajonia hacia el oeste de Europa.

Las escasas posibilidades que tenía el barón de imponer su propio relato, hoy desconocido, desaparecieron definitivamente en 1786 cuando sus peripecias rebotaron en Inglaterra y reingresaron en el continente normalizadas por Gottfried August Bürger, al que corresponde el mérito de haber enriquecido la obra con diversos elementos del folclore germano. Resulta curioso comprobar que, cuando el verdadero Karl Friedrich Hieronymus falleció en 1797, el vertiginoso proceso que alumbró al ficticio Münchhausen ya había concluido: el barón murió, por tanto, siendo él mismo y, al mismo tiempo, un aristócrata exagerado, afable, presumido y delirante. El hombre que contaba historias en el salón de su casa tenía poco que hacer frente al protagonista de las Campañas y aventuras cómicas del barón de Münchhausen, que afirmaba haber viajado a la luna antes que la imaginación de Julio Verne, o bailado en el interior de una ballena antes que Pinocho.

Los siguientes añadidos a la leyenda llegaron desde Francia, de la mano de dos autores que compartían su fascinación por la fantasía: a mediados del siglo XIX Gustave Doré sentenció al barón a poseer una coleta y un bigote canoso y, sobre todo, a recorrer el mundo parapetado tras una nariz mastodóntica, digna de un buen mentiroso. Unas décadas más tarde, fue un parisino quien llevó a Münchhausen hasta la gran pantalla, acercándose a su figura con ciertas dosis de realismo: Georges Méliès, pionero del cine más imaginativo, creyó conveniente discurrir un motivo ordinario para los desvaríos del barón, que en Les Hallucinations du Baron de Münchhausen se sume en sus ebrios sueños por culpa de una cena excesiva.

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Ciertamente, para Hieronymus el siglo XX fue, como para muchas otras leyendas, el del cine. Tras su primer cortometraje en 1911 protagonizó otras seis películas. Muchas de ellas llegaron desde el este de Europa, que nunca descuidó el recuerdo de las andanzas militares del barón. Sin embargo, la adaptación cinematográfica más popular de los cuentos del noble de Bodenwerder se gestó en el otro extremo de Europa cuando, de nuevo en Inglaterra, otro autor dedicado a los prodigios de la imaginación recuperó al barón en 1988 con su película The Adventures of Baron Münchhausen. La cinta de Terry Gilliam, rodada en Belchite, recoge con evidente cariño la figura del barón y conduce al espectador a través de las alocadas peripecias de un viejo cuentacuentos, aún en activo, que vive una penúltima aventura con la que logra convencernos de que todas las anteriores fueron reales. Con su colaboración con el miembro de los Monty Python el barón consiguió dos cosas: renovar su popularidad y una casaca roja.

Entre el mito y la verdad

Las Mil y una noches de Münchhausen exprimieron el tirón de su última entrega y, en la última década del siglo XX, la figura del barón volvió a tomar impulso: los vecinos de Bodenwerder encargaron estatuas y disfraces, impulsaron la ruta turística que lleva su nombre y personas de todo el mundo descubrieron divertidas que hacía décadas que una patología mental, consistente en fingir una enfermedad para recibir atención médica y social, se conocía como el síndrome de Münchhausen.

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La generalización de su figura hizo que esta fuese empleada de modos muy dispares: del mismo modo que haber dado nombre a un trastorno psicológico o ser comparado por Esperanza Aguirre con José Luis Rodríguez Zapatero seguramente habría disgustado a Karl Friedrich Hieronymus, es posible que el barón hubiese aprobado con entusiasmo la aparición de un juego narrativo creado por la editorial británica Hogshead Publishing, en el que los participantes deben asumir el papel de un grupo de nobles del siglo XVIII que, reunidos en un agradable salón, relatan improvisadas historias con el objetivo de batir las invenciones de sus adversarios. Quizá se habría mostrado incluso orgulloso de que la profusión de estatuas conmemorativas de su persona se extendiese hasta Kaliningrado (Rusia) donde, en un homenaje a la fusión del hombre y el personaje, se expone la Orden de Santa Ana que Pablo I le concedió por su servicio al ejército zarista.

En los últimos años, el barón ha tanteado las posibilidades del siglo XXI. De momento, ha empezado a coquetear con las nuevas tecnologías y protagonizado varias publicaciones infantiles, pero, dado que Big Fish (Tim Burton, 2003) se basó en una novela que no le menciona ni a él, ni su influencia, aún espera paciente su primera gran aparición del nuevo milenio.

Da la impresión de que, después de tanto tiempo, el barón ha aceptado convertirse en sus propias historias: ya no exige nuestra atención para explicarnos que hemos sido nosotros, y no él, quienes las hemos exagerado. No sabemos, por tanto, si llegó a inventar alguna de ellas o si, por el contrario, son una mezcla de viejos cuentos europeos que fueron venciendo inexorablemente a sus propias invenciones. En cierto modo, la persistencia de esta incógnita demuestra que, a lo largo de más de dos siglos, nadie ha sentido demasiada curiosidad por Karl Friedrich Hieronymus. El hombre real que, entre bambalinas, aprendió a vivir oculto tras el encanto de su propia leyenda.

Nota: Una versión previa de este mismo artículo fue publicada en Neville Magazine Digital. Para visitarla, pulsa aquí.

Víctor Muiña Fano

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