El mito del motorista forajido

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Reflexionando acerca de la cultura popular estadounidense, encontramos referencias y lugares comunes representados con frecuencia en literatura, cine y televisión. Son estas tan habituales y recurrentes que tendemos a dar por hecho que siempre han existido, que siempre han estado ahí, y pocas veces nos detenemos a interpretar las razones que llevaron a su generalización. Los cowboys y forajidos del Oeste a que los westerns nos tienen acostumbrados son representación de una época que existió durante un breve periodo de tiempo si lo comparamos con, por ejemplo, el Imperio romano o la Edad Media. Cosa similar ocurre con el género protagonizado por motoristas.

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Enraizada en el subconsciente de la historia contemporánea, en nuestras mentes, todos tendremos grabada la imagen del motorista empilchado en cuero y parches, higiene desprolija y aspecto suficiente y desafiante. Hubo incluso una época en que el motorista fuera de la ley llegó a contar con un género cinematográfico propio. Películas como Easy Rider. Buscando mi destino (Easy Rider, 1969), Motorcycle Gang (Motorcycle Gang, 1957) o Los ángeles del infierno (The Wild Angels, 1966), así como numerosas producciones de serie B, eran habituales en las salas de cine, despertando gran entusiasmo, sobre todo, entre el público juvenil. Tal vez la más representativa, o al menos la que más repercusión tuvo en su escenario temporal y dio inicio a esta tras su estreno, fue Salvaje (The Wild One, 1953) protagonizada por Marlon Brando. En ella, su personaje, junto a los Black Rebels, interpreta una historia basada en los sucesos de Hollister, la invasión de un pequeño pueblo californiano por parte de cientos de motoristas que daría pie a la psicosis de toda una nación.

Como al principio comentaba, jamás me había parado a pensar en este fenómeno cultural cuyas influencias (muy a pesar de sus inspiradores) marcaron tendencia en cine, literatura, moda textil y estética, hasta que me topé con la última publicación de Servando Rocha. Los relatos de este autor siempre son una inmersión en la subcultura y contracultura. Con su último ensayo, El ejército Negro, un bestiario oculto de América, introduce al lector en la historia del surgimiento del mito del motorista rebelde. Su relato se basa en el nacimiento y auge del clan más longevo de motoristas íntegramente afroamericanos (los Dragones de la Bahía del Este, que desafiaron la segregación y casi fueron guardia motorizada de los Panteras Negras) y se pasea por la historia de los primeros clanes sobre ruedas, describiendo la relación de todos ellos con sus vecinos de San Francisco, los Ángeles del Infierno. Integrándose en las entrañas del peligroso club, como ya había hecho Hunter S. Thompson, el creador del género gonzo, pone luz a un mundo hermético y oscuro del que solo conocemos mitos y leyendas.

El fin del forajido clásico

Banda de Jesse James

Investigando sobre los porqués del despertar de este fenómeno, tendemos a creer que el mito nació en Hollister, en 1947 —y en cuyos acontecimientos me centraré unos párrafos más adelante—, cuando en realidad el germen de lo que ocurrió en esta población había brotado décadas antes con el primer gran contacto de los jóvenes americanos con las motocicletas durante la I Guerra Mundial. No obstante, este brote nace de una semilla mucho antes plantada, arraigada entre la roca y el barro de los inicios de esta nación. Enraizada en la figura romántica y ya desaparecida del forajido del salvaje Oeste, el fuera de la ley, el bandido inadaptado que se mueve en zigzag sobre la línea de la ilegalidad y la sociedad convencional. Aquellos duros hombres que vivían frente a la última frontera, de espalda a la civilización, el orden y sus obligaciones. Billy «the Kid», Butch Cassidy, Jesse James, Joaquín Murrieta, Nat Love o el liberto Arthur L. Walker ya cabalgaban en libertad, no sobre asfalto sino campo a través, recorriendo desiertos y praderas ignotas. Ellos fueron los verdaderos pioneros, los abuelos de los Hell Angels, East Bay Dragons, Chosen Few, Boozefighters o 13 Rebels, entre decenas más de clubes.

El forajido del salvaje Oeste hacía lo que consideraba que tenía que hacer. Formaba bandas en que apoyarse y refugiarse, vagaba por el territorio y establecía un código propio, unas rígidas normas de convivencia cuya ruptura era duramente castigada. Pero su tiempo acabó pasando de largo. Fueron arrollados por el nuevo siglo, engullidos por la tecnología y las comunicaciones. Aparecieron forajidos y delincuentes adaptados a los nuevos tiempos. Las mafias, las tríadas, los Creeps y los Bloods; las praderas comenzaron a ser valladas y los desiertos quedaron aún más desolados, sin ruido de cascos, hogueras al atardecer, sin campamentos improvisados a par de los arroyos.

La invención del motor de explosión cambió todo. El automóvil fue dejando atrás a los carruajes, los tractores eliminaron de los campos a los viejos arados y sus bestias de carga. La tracción animal fue desapareciendo del paisaje (ya no era una necesidad) y este fue conquistado por máquinas que circulaban sin raíles. Y, así, paulatinamente, los caballos y sus jinetes quedaron relegados casi en su totalidad a los espectáculos deportivos y al ocio ecuestre.

Las nuevas monturas

The Great Escape

Las primeras motocicletas no cuajaron entre el público. Poco más que bicicletas con motor, su complicado manejo y su peligrosidad no las hacían atractivas. A estas razones se sumaba el factor económico. Un Ford T de la época costaba apenas unos dólares más que una motocicleta Harley Davidson. Además, en un automóvil se podía transportar carga o varias personas, contaba con capota que protegía de las inclemencias del tiempo y sus cuatro ruedas hacían más sencillo, y seguro, circular por las primitivas rutas de barro y piedra. Definitivamente, adquirir una motocicleta no era una buena inversión, ni resultaba más útil que un coche, al menos si el destino de estos era el uso civil.

Militarmente, la historia era diferente. La motocicleta, en el campo de batalla, sí podía ser el caballo que apoyara al soldado a pie. Así fue que los motociclistas cumplieron diversos papeles en la guerra como mensajeros entre las líneas enemigas, transportistas de piezas de recambio de aviones y tanques o reconocimiento del territorio a conquistar. En el filme La gran evasión (The Great Escape, 1963), podemos ver a Steve McQueen cabalgando una Triumph 650, huyendo campo a través de sus perseguidores nazis, e imaginarnos la sensación que podían despertar entre aquellos jóvenes estos nuevos jinetes, sudando adrenalina a toda velocidad sorteando campos de minas y esquivando silbantes balas. Pero cuando los soldados vuelven a casa, la sociedad que los aguarda no tiene en cuenta la mochila de secuelas psicológicas que traen consigo. Más adelante, tras la guerra de Corea, Vietnam, o la del Golfo, la medicina estaba más preparada para atender estos problemas, aunque las secuelas fueran idénticas. Pero no en ese momento en que la psiquiatría era aún una ciencia en pañales, mezcla de supersticiones, tabúes y supuestos.  Cientos de miles de adolescentes habían salido del confort de sus hogares hacia el horror de la guerra para volver psicológicamente desfigurados. Mientras que la literatura y el cine bélico nos tienen acostumbrados a escenarios heroicos y de compañerismo, las penurias reales del campo de batalla eran bien diferentes. Matanzas, miserias, exterminio, deshumanización, recuerdos y vivencias imposibles de dejar atrás. Fueron los relatos de estos jóvenes los que provocaron un cambio en las teorías de Sigmund Freud, que analizó cientos de las experiencias que atormentaban a estos soldados y definió una neurosis común que llamó «instinto de muerte», concluyendo que en todos ellos existía la misma tendencia masoquista y autodestructiva.

El comienzo del mito

The Auckland Boys

Tras el fin de la Gran Guerra, en que la inversión en material militar había sido enorme, el ejército sacó a subasta multitud de material obsoleto, entre él cientos de motocicletas que muchos veteranos adquirieron ansiando recuperar la sensación de libertad y la afición a la mecánica a que se habían acostumbrado. Se crea así la American Motorcyclist Association, en 1924, una asociación deportiva que congregaba clubes de motociclistas de todo el país y que organizaba eventos y carreras por diferentes estados. Pero, para algunos, aquellos que poseían el gen sádico que había relatado Freud, dar vueltas a un circuito y participar en barbacoas no era suficiente.

En julio de 1947 los Salinas Ramblers Motor Club, auspiciados por la AMA (American Motorcyclist Association), organizaban un evento en Hollister, población californiana de unos cinco mil habitantes. A unos siete kilómetros de la ciudad se habían preparado unas instalaciones para recorrer senderos en moto, hacer ascensos de laderas empinadas, así como un circuito de carreras para reanudar lo que era una celebración que databa de 1930 y que se había interrumpido con la entrada de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial.

Life-Hollister-terrorize-townEl 4 de julio, viernes, comenzaron a llegar motoristas de todas las partes de país, que empezaron a beber cerveza en los establecimientos de la calle principal. La policía, alertada por la masiva afluencia y las derrapadas e improvisadas carreras de relevos que comenzaban a realizarse por las calles, puso unas barreras a modo de control de carretera en cada extremo de la arteria principal de la población, para acotar la entrada y salida de vehículos. Ante esto, los motoristas optaron por ignorar las carreras que se organizaban en el Motorcycle Park y siguieron bebiendo hasta la tarde del domingo, en que un destacamento de cuarenta oficiales de la patrulla de carreteras los dispersaron y expulsaron de la ciudad.

Aunque los incidentes no fueron graves (tan solo se detuvo a varias decenas por embriaguez pública y conducción temeraria y fueron liberados a las pocas horas), el hecho de que el departamento de policía de Hollister, al contar tan solo con siete miembros, tuviera que solicitar ayuda a los sheriffs de los condados vecinos, dio pie a titulares sensacionalistas y un tanto exagerados en la prensa nacional, del tipo «Fin de semana salvaje», «Devastación en Hollister» o «Los moteros toman la ciudad». De esta manera, pequeños pueblos por todo el continente comienzan a temer que grupos de motoristas invadan sus poblaciones, idea fomentada por diversos departamentos de policía, que utilizaron este miedo para aumentar sus presupuestos asignados.

Cuando la AMA comenzó a ver rechazadas propuestas de organizar carreras y muchas ciudades negaron la repetición de eventos ya asentados, lanzaron un comunicado en que anunciaban su nueva política de expulsar a todo miembro que incurriera en carreras ilegales, disturbios, o cuya conducta pudiera perjudicar el buen nombre de la asociación. Después llegó Brando y Salvaje, y para 1954 el mito del motorista fuera de la ley estaba tan asentado entre la sociedad que fue imposible detenerlo.

La confirmación del nuevo forajido

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El 15 de marzo de 1965 el fiscal general de California, Thomas C. Lynch, envía a los departamentos de policía y a los distritos del estado un informe de quince páginas alertando sobre las actividades delictivas que algunos miembros de bandas motorizadas estaban realizando. En el más tarde denominado «Informe Lynch», basado en un estudio de diez años sobre las costumbres de los Hell Angels, se alerta sobre las frecuentes detenciones por delitos de toda índole de sus miembros, concluyendo que el 99% de los motoristas eran ciudadanos respetuosos y fieles cumplidores de la ley, y que tan solo un 1% estaban fuera de ella.

Portada_Ejercito_Negro_prensa-33e01Fue este el punto de inflexión que llevó a muchos de los clubes expulsados de la AMA a sentirse orgullosos de formar parte de ese 1%, incluyéndolo en sus lemas y símbolos como elemento identificativo. Sony Berger, jefe de los East Bay Dragons, relata lo siguiente: «cuando terminé de leer el informe me subí a mi moto y fui a una tienda de tatuajes. Cuando salí del establecimiento, llevaba un 1% tatuado dentro de un rombo». Pero esa historia, la de los dragones y los forajidos, es mejor que la lean de la pluma de Servando Rocha.

Desconozco si el motorista fuera de la ley terminará desapareciendo. Puede ser, de hecho, que como figura rebelde ya se haya extinguido y haya dejado en su lugar, simplemente, grupos de crimen organizado, por un lado, e  inocentes asociaciones de amigos del motor de fin de semana, por el otro. Lo único seguro es que dejan tras de sí una numerosa e ingente cantidad de documentos gráficos, de filmes, de obras literarias, algunas auténticas biblias del género como el ensayo de Servando. Los motoristas forajidos se han convertido por derecho propio en un fenómeno digno de estudio porque, al igual que cualquier otro movimiento popular e influyente, han colaborado en explicar lo que como sociedad somos e, igualmente, ayudará a entender lo que seremos.

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