Federer vs. Nadal (X): Federer baja a la tierra (Montecarlo, 2007)

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Tras una intensa temporada en la que Federer y Nadal se enfrentaron hasta en seis ocasiones, su primer choque en 2007 se hizo esperar hasta la temporada de tierra. Una lesión del español y alguna derrota inesperada de los dos campeones habían alejado durante todo el invierno la posibilidad de un nuevo enfrentamiento entre ellos. A partir de primavera, sin embargo, sus caminos se cruzarían hasta en cinco ocasiones. El suizo sería capaz de vencer a Nadal en tres de esos cinco enfrentamientos, a pesar de que la mayoría de ellos fueron sobre polvo de ladrillo. El primer gran duelo del año se libró sobre la arcilla de Montecarlo, en la que Federer buscaba cortar la racha del español y encontrar el modo de ganar poco después el Roland Garros. Frente a él, el rey de la arcilla estaba decidido a extender su racha de victorias más allá de los límites establecidos, hacía ya mucho tiempo, por los grandes héroes de la tierra batida.

Como un reloj suizo

Roger Federer comenzó la temporada de 2007 tal y como había concluido la anterior: rozando la perfección. Ganó el primer grande del año, el Abierto de Australia (en el que Nadal cayó en cuartos de final, ante el chileno Fernando González), sin ceder un solo set. Parecía que su racha de más de cuarenta partidos invicto podía extenderse hasta la temporada de tierra, pero tras ganar en Dubái su séptimo torneo seguido, cayó por la vía rápida en Indian Wells y Miami. Fue Nadal, precisamente, quien aprovechó la eliminación de su gran rival en California para añadir su quinto torneo sobre pista rápida a su palmarés, para después trasladarse inmediatamente al Principado de Mónaco, donde arrancaba su tramo favorito de la temporada. En el horizonte, su tercer Roland Garros o el primero del número 1 del mundo. Parecían no caber más posibilidades: volverían a enfrentarse en el único gran torneo que Roger Federer aún no había sido capaz a ganar.

Así había comenzado una nueva temporada en la que ambos se repartirían los cuatro trofeos más importantes del año (Federer vencería en tres de ellos por tercer año consecutivo), y en la que prácticamente todos los campeonatos importantes sobre tierra batida serían para el de Manacor, que llegó a sobrepasar las ochenta victorias seguidas sobre su superficie predilecta. Solo la irrupción de un joven Djokovic parecía amenazar a largo plazo la dictadura de los dos primeros del ranking mundial, que añadían prácticamente todos los meses una nueva página a su ya histórica rivalidad.

La de Montecarlo fue la séptima final entre los campeones. En los prolegómenos de su décimo enfrentamiento, ambos habían tratado de quitarse presión declarando públicamente que consideraban a su rival el favorito para la victoria. Nadal argumentaba que Federer seguía siendo, a pesar de todo, el número 1 del mundo; el suizo tiraba de estadística y declaraba que el español llevaba un tremendo 13 de 13 en sus finales sobre arcilla, la superficie sobre la que, al fin y al cabo, permanecía invicto como profesional. Una vez más, el mundo del tenis se preparaba para lo que los medios aún presentaban como un duelo entre la elegancia y la garra, la técnica y el pundonor, obviando las sutilezas de sus enfrentamientos, de tacticismo creciente y siempre con el horizonte del previsible duelo en la final de Roland Garros planeando, no ya por encima del calendario de tierra batida, sino sobre todas y cada una de las temporadas que habían alumbrado una rivalidad histórica.

Bolas altas y pesadas al revés de Federer

Aquella final de Montecarlo podía ser la última del torneo en la élite del circuito, ya que la ATP había anunciado su intención de revisar el calendario de tierra batida. Era una época de cambios provocados, entre otros factores, por la disputa de muchos trofeos a tan solo tres sets, a raíz de la polémica renuncia de Federer y Nadal al torneo de Hamburgo en 2006 tras su extenuante final en Roma. Los jugadores, sin embargo, no querían renunciar a un lugar preparado para recibir personajes de mayor estatus que ellos mismos y pedían mantener el torneo en su nuevo formato corto que, en teoría, era más beneficioso para Federer, que a cinco sets y sobre tierra batida tendría muy difícil imponerse a la resistencia de Nadal.

Tras las presentaciones y el calentamiento de rigor, Nadal trató de entrar con fuerza en el partido para mantener una brutal estadística que le había permitido romper el saque de todos sus rivales en el primer juego de cada uno de los partidos que había disputado esa semana en Montecarlo; no obstante, un Federer muy agresivo y preciso con el saque mantuvo sin excesivos problemas su primer servicio. Federer sostuvo incluso la presión sobre el saque de Nadal, pero tras una primera bola de break y dos deuces, los beneficios de la superficie para el juego de Nadal se hicieron patentes: tras un juego larguísimo, Nadal mantenía un servicio complicado en el que no había cometido errores y que, tras un gran esfuerzo de ambos, caía de su lado.

Esa fue la tónica del primer tramo de un partido que discurría por un cauce que beneficiaba al español, quien, incluso antes de poner tierra de por medio en el marcador, veía cómo al otro lado de la pista se acumulaban el desgaste físico y la presión psicológica. La derecha de Nadal, además, estaba empezando a funcionar, y a los errores no forzados de Federer habría que sumar los golpes ganadores que el español pudiera conseguir.

Para colmo de males del suizo, en esta época Nadal y su cuerpo técnico habían terminado de perfeccionar la estrategia con la que decantarían muchos duelos con Federer a lo largo de los años: martilleando con derechas altas el revés del suizo, Nadal provocaba errores aparentemente no forzados, pero también lograba incomodar y sacar de la pista al número 1 del mundo, que quedaba de este modo a merced de los cambios de dirección del balear.

Los efectos de todas estas variables empezaron a hacerse más patentes hacia el ecuador del primer set, cuando Nadal barrió a su rival con un juego en blanco. En el séptimo, con 3 iguales en el marcador, varios intercambios pudieron haber caído del lado del español, pero la calidad de Federer y su saque le permitieron ponerse 40-0. Nadal, sin embargo, estaba jugando muy metido en la pista y despachaba winners a la menor oportunidad. A punto de conseguir el deuce, dominando absolutamente el transcurrir de los puntos, falló una bola muy fácil para igualar el juego. Su cara de determinación al dirigirse hacia el banco evidenciaba que había olido la debilidad de su rival.

En el octavo, uno de los juegos más importantes de cualquier set realmente igualado, Federer también subió su nivel y provocó un par de errores que le dieron dos bolas de break. Nadal cambió entonces la dirección de su muy mejorado servicio y, con la sorpresa, consiguió igualar el marcador. De vuelta a la normalidad, Nadal recuperó su guion y los fallos de su rival pusieron el 4 iguales en el electrónico. Para entonces, Nadal en realidad ya había superado el momento más comprometido del encuentro.

El saque de Federer bajó un peldaño y, jugando con segundos, el suizo empezó a sufrir una auténtica sangría de puntos. Nadal se puso 0-40 sin aparente esfuerzo. Finalmente, aprovechó su segunda bola de ruptura, cerró el set a la primera oportunidad (con un punto espectacular en el que remontó una bola imposible, subió a la red y voleó como un especialista) y se fue reforzado al banco. Como tantas otras veces en sus enfrentamientos en tierra contra Nadal, un cortocircuito de Federer justo cuando tenía opciones de romper el saque de su rival había acabado con todo su trabajo en la primera manga.

Durante el resto del partido se vio a Federer muy incómodo, apresurado en su juego e incluso ligeramente molesto ante el martirio que estaba sufriendo. El mismo al que se enfrentaría tantas veces a lo largo de los siguientes años: el mejor jugador de tenis de la historia se veía encerrado en un ángulo de la pista, muchas veces a casi dos metros de la esquina de cal que delimitaba el campo, y obligado a correr constantemente para cubrir su derecha. En el segundo set, la desconcentración y las dobles faltas se unieron a los errores no forzados. Sucedió en el 1-2 y también en el 1-3, en el que Federer trató de resurgir pegando de lado a lado hasta que finalmente falló, ante un Rafa Nadal que siempre se guarda la bala de devolver todo lo que se puede devolver y parte de lo que no.

Sencillamente, no era el día de Federer: en su principal conato de remontada, dos cañas le dieron a Nadal bola para el 4-2. La cinta acabó de frustrar su reacción, enviando fuera de pista uno de sus golpes, y con eso perdió buena parte de sus opciones en la final de Montecarlo. Roger discutió entonces con Carlos Bernardes, el juez de silla, por una bola que ya había pasado la red hacía tiempo, pero seguía lastrando su concentración; Rafa Nadal respondió acudiendo a comprobar el bote de una bola ajustada del suizo que el juez de línea dio por buena. La primera bola de partido para Nadal llegó en el noveno, en un ambiente un tanto enrarecido y tras una doble falta del suizo, que a pesar de todo logró salvar la situación y tirando de garra (seguía visiblemente enfadado) logró poner el 4-5 en el marcador.

Con Nadal sirviendo para cerrar el partido, los partidarios de ambos jugadores silbaban a la menor oportunidad. Nadal, ahora totalmente ajeno a lo que sucedía alrededor, destapó entonces el tarro de las esencias y respondió a los golpes del suizo, que empezó a jugarse todos los puntos, repartiendo derechas a tumba abierta. Solo el genio de Federer salvó al suizo de cerrar su participación en Montecarlo con un juego en blanco en contra. En todo caso, aquel día Federer no había tenido opción. El rey de la tierra se había mostrado más sólido que nunca y, además, había enseñado y respetado su plan para hacer daño al número 1 del mundo. El doble 6-4 del marcador escondía una notable superioridad del español, que conseguía frente al mejor de siempre su tercer máster de Montecarlo consecutivo. Una parada más en la trayectoria que le ha llevado a ganar diez veces el torneo.

De Mónaco a París, pasando por Hamburgo

El noventa por ciento de los saques que había servido Nadal, había ido al revés de Federer. El suizo copió la estrategia, pero era él quien, tras restar el servicio del español, quedaba inmediatamente encerrado en una esquina del campo en la que pasó buena parte del partido. Desde allí, acumuló veinte errores no forzados por manga, frente a los aproximadamente cinco de su rival. Con la cuenta de ganadores igualada, Federer no había tenido ninguna opción de llevarse el torneo. El partido dejaba, por tanto, muy malas sensaciones al suizo de cara al evento más importante de la temporada de tierra. El español le había ganado con enorme suficiencia y, además, en París se jugaría a cinco sets y mucho más lejos de la benigna influencia del mar.

Nadal seguía empeñado en decir que el favorito para el gran torneo de la tierra batida era el número 1, pero bromeando en el postpartido de TVE con Alex Corretja admitió sonriente que, si algún día llegaba a encabezar el ranking de la ATP y se encontraba a Federer en la final de Wimbledon, diría que el suizo seguía siendo favorito como especialista en hierba. Lo cierto es que Nadal, que todavía no había cumplido los veintiún años, comenzaba a igualar los registros en tierra de jugadores como Thomas Muster, Ilie Nastase o incluso Bjorn Borg. Dijera lo que dijera, él era el máximo favorito para Roland Garros, y como tal le trató Federer en su cariñosa felicitación durante la ceremonia de entrega del trofeo de Montecarlo, en la que, eso sí, advirtió amablemente a su rival de que trataría de ganarle antes de llegar a París.

Sus palabras resultaron proféticas: efectivamente iba a lograrlo pocos días después, en Hamburgo. Pero mientras llegaban nuevos capítulos de su historia, hablaron con respeto de su adversario, con una actitud a la que el tenis debe casi tanto como a su juego. Roma y Hamburgo se interponían en el camino de ambos hacia París. En Italia, como en Montecarlo, Nadal conseguiría su tercera corona seguida. El de Manacor parecía realmente imbatible sobre tierra batida, más aún cuando su principal rival, Roger Federer, había sido prematuramente eliminado en Roma. Sin embargo, Hamburgo alteraría todas las previsiones. Por fin alguien logró derrotar al rey de la tierra. Y tuvo que ser, claro está, el magnífico Roger Federer.

Víctor Muiña Fano

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