Ganar desde el norte: Real Sociedad

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La Real Sociedad era un hombre austero. Un obrero especializado, que se remanga ya antes de salir de casa, entra serio en la fábrica y completa su labor con orgullo porque lo que está bien hecho, bien hecho está. La Real Sociedad era un equipo con bigote que cruzaba los brazos sobre una camiseta azul y blanca, y miraba directamente a los ojos; sin arrogancia, sin vanidad. La Real Sociedad era Alberto Ormaetxea. La Real Sociedad era un club que era un hombre de club.

Ormaetxea había jugado en el Eibar, su ciudad, y luego en la Real donde se retiró en 1974. Con el equipo había ascendido en el 67 para completar, a la larga, la mejor racha de permanencia del equipo; hasta 2007. Del césped pasó al banquillo, como ayudante de Iriondo primero y después de los entrenadores que le siguieron en unos años inestables. En el 78 pasa a ser el entrenador; con naturalidad. Lo sería hasta 1985. Ganó dos Ligas consecutivas y una Supercopa. Estableció un récord de 32 partidos invicto. Fue subcampeón de Liga y jugó dos finales de Copa del Rey y una semifinal de la Copa de Europa y vio su legado prorrogado por John Toshack durante un epílogo excepcional, entre el 85 y el 88, con un subcampeonato liguero y dos finales de Copa del Rey, la primera de ellas ganada contra el Atlético de Madrid en los penaltis.

Lo que está bien hecho, bien hecho está.

La Real Sociedad lideró la contrahistoria del fútbol español, una ofensiva lanzada desde el norte por ellos, el Athletic de Bilbao de Javier Clemente, grande renacido y el Sporting de Gijón, el único que no transformó la energía en títulos quedándose con dos finales de Copa y un subcampeonato de Liga.

La Real, con su primer título en 1980-81, era el primer campeón nuevo desde el Sevilla en la temporada 1945-46. El Real Madrid había ganado cinco de las seis ligas anteriores (la restante la había conquistado el Atlético de Madrid en el 76-77) y hasta la 99-00 no habrá otro campeón nuevo: el Deportivo de La Coruña de Irureta.

El fútbol español, de manera natural e inevitable, volvió a inclinarse hacia el Real Madrid y El Barcelona; los ciclos de La Quinta del Buitre y del Dream Team dejaron poco espacio a los demás equipos. Solo (y de nuevo) el Atlético de Madrid, el de Radomir Antic, pudo sumar una Liga. Pero antes, durante cuatro años, el fútbol español miraba al norte y era otro.

En la primera mitad de los ochenta en el norte pasaba todo. Pasaba el fútbol, pasaban los tiros, pasaban las huelgas y pasaba el punk, pasaba la heroína y pasaba la mala hostia; tanta que España entera escoraba, como un barco, hacia esa proa cada vez más ferruñosa. San Sebastián, ciudad burguesa, aristocrática incluso, miraba al mar y disimulaba, pero la industria del acero quedó tocada de muerte en la comarca.

El orgullo de la gente y las esperanzas recaían entonces, como recaen siempre, en el equipo de fútbol que es la sublimación de nosotros mismos. Por eso ganamos y por eso perdemos.

La Real de Ormaetxea era una destilación del fútbol guipuzcoano. Energía, solidaridad y lucha, pero además, esta vez, tenía un extra de calidad en Zamora y López Ufarte. Uno era un 10 dominante, armador de contragolpes y finalizador de los mismos; el otro un extremo demoledor, imparable, a quien habían traído del Real Unión y que junto a Diego, fichado del Eibar, eran los únicos no formados en Zubieta, la casa de la Real. Con la portería abrochada por Arconada, el centro de la defensa simbolizado en Kortabarría y el poderío de Satrústegui en el área el equipo, contaba con una columna sólida a partir de la cual practicar un fútbol sencillo, ortodoxo y eficiente en una época donde los campos y las estaciones todavía resultaban determinantes.

«Ya llegará el invierno», dijo una vez el gran centrocampista del Sporting Tati Valdés, la maquinona. Como Valdés, la Real era un equipo de campo de barro y balón al espacio, un motor incansable, de travesía, de resistencia, de sufrimiento.

Tati Valdés se retiró en la 78-79, el año en el que el Sporting acarició la Liga. El Año del «Así, así, así gana el Madrid». La Real quedó cuarta. En la 79-80 logró el segundo puesto, solo le faltaron dos puntos para ganar; el Sporting quedó tercero y el Real Madrid volvió a campeonar. Aquel equipo del norte no era ninguna broma. Estaba preparado para algo grande.

En la 80-81, en una liga cerradísima, empata a 45 puntos con el Real Madrid y el golaveraje le sirve; el último partido, el último gol, faltando 12 segundos para que todo terminase como el año anterior, fue en El Molinón: 2-2. Un partido de barro, de lluvia y frío, de gradas de pie llenas hasta los topes. «Ya llegará el invierno». Maceda le había hecho un penalti a López Ufarte en la primera mitad, cuando todavía daba el sol. Luego Mesa marcó los dos goles del Sporting y ya todo era charcos y barro. Y entonces Alonso centra, Castro despeja mal, Gorriz intenta disparar desde fuera, el barrizal ralentiza la pelota y esta le llega a Zamora, sin mirar, sin pensar, la cabeza abajo, los ojos cerrados, se gira y gol. Esta vez sí, no se podía fallar a toda aquella gente.

El Real Madrid, paradójicamente, no había sido líder en todo el año y la Real solo las cuatro últimas jornadas. El Atlético había comandado la Liga hasta desinflarse a la hora de la verdad y el Barcelona, con un equipo que reunía a Schuster, Quini y Simonsen había quedado muy tocado debido al secuestro sufrido por el delantero asturiano, quien así y todo cerraría el año con 20 goles y una Copa del Rey ganada al Sporting (3-1) con dos tantos suyos.

Aquellos jugadores, que era hijos, hermanos, primos, amigos de alguien a quien conocías, que eran tus paisanos y tus vecinos, que eran tú, habían hecho lo que nadie más había hecho; y encima iban a repetirlo.

La segunda Liga, el ribete de lo imposible, la ganó la Real Sociedad llegando desde atrás, remontando tras haberse desinflado a medias y verse relegados al tercer puesto. La terminó en San Mamés con medio título ya abrazado tras haberse puesto líder un partido antes. El Barcelona tenía que ganar al Betis en casa y esperar la derrota blanquiazul; no sucedieron ninguna de las dos cosas: 2-2 y 1-2 para la renovación impensable de un título que ya había sido milagroso.

El bloque inalterable y al fondo gente como Larrañaga, Bakero o Beguiristain que iban a garantizar la vigencia del club.

Un Real Madrid gris, en transición, y un Barcelona dando bandazos deportivos entre plantillas de lujo abrieron la puerta a los aspirantes y estos lo aprovecharon con creces para imaginarse una hegemonía paralela.

El derecho de retención, el gran igualador del fútbol de los setenta y ochenta, garantizaba la fortaleza deportiva de clubes forjadores de talento, como la Real, aún a expensas de la libertad de estos mismos jugadores. Zamora estuvo en la Real entre el 74 y el 89; López Ufarte entre el 75 y el 87. Impensable hoy (y anteayer).

El Athletic de Clemente tomó el relevo, imponiéndose por un solo punto al Real Madrid. La Real cayó a la mitad de la tabla, aunque llegó a su segunda semifinal copera consecutiva y, todavía más impresionante, a disputar la semifinal de la Copa de Europa contra el Hamburgo de Ernst Happel, entrenador austriaco que había convertido al Feyenoord en el primer equipo holandés campeón de Europa en 1970.

Marcado por las graves lesiones de Satrústegui y Zamora, el año de la Real se volcó en Europa. Eliminó en aquella competición que era directa y feroz al Víkingur noruego, al Celtic de Glasgow y al Sporting de Portugal. El Hamburgo, equipo feo, puro hueso, se había cruzado con el Dinamo Berlín, el Nëntori Tirana y el Dinamo Kiev. Un 1-1 y un 2-1 fueron suficientes contra la Real en un muy polémico partido de vuelta, con cambio de un linier por lesión (fue sustituido por un árbitro local al descanso) y decisiones que la afición vieja todavía recuerda con resquemor.

El Hamburgo terminaría por ganar aquel título contra la Juventus. Otro asalto al poder por parte de un equipo que, como la Real, vivía su edad de oro con tres Bundesligas, una Recopa y una UEFA y esta Copa de Europa cosechadas todas entre el 77 y el 83. Imágenes de otro recorrido posible para el fútbol, un regate a las grandes sagas, a los siempre poderosos; un ejemplo de ilusión para todos los equipos, porque hay más de esos que de los otros.

La Real rozó otra Liga en un contexto aún más difícil y, de nuevo, solo dos puntos la separaron del título. En 2002-03 llegó a ir líder faltando dos jornadas. El pulso era contra un titán de peso histórico y millonario como el Real Madrid. El de Figo, Zidane, Ronaldo, Raúl, Roberto Carlos, Makelele… el de los galácticos y el primer florentinato, todavía el de Vicente Del Bosque.

La Real oponía una mayoría de jugadores de casa, liderados por Xabi Alonso y De Pedro en la temporada de su vida, potenciado por foráneos de rendimiento fabuloso como un retornado Karpin, y la pareja perfecta de delanteros Kovacevic/Nihat. Los entrenaba el francés Raynald Denoueix, tan sobrio y adusto como Ormaetxea y con largo recorrido en el Nantes, con los cuales había ganado la Copa en 1999 y la Ligue 1 en 2001. Aquel desafío fue épico porque aquel fútbol era un Everest para los equipos como la Real.

De nuevo aprovechó el caso del Barcelona de Gaspar y las veleidades de un Madrid más a lo divino que a lo humano, para asomarse a lo imposible (junto a ellos el sólido Depor de aquellos años) y volcar de nuevo el fútbol hacia el Norte. Como en aquella liga del 79-80 faltó un poco, pero esta vez ya no había segundas oportunidades.

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