Historieta de España

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La historia baila al ritmo de quién la cuente. Y de cómo la cuente. Sobretodo si hablamos de cuándo se cuenta. La historia se tergiversa, se difunde y escurre entre las mil bocas de cualquiera con mera vocación, verdadera o no (o muchas veces sabia), de opinión propia.  Que no se revuelva nadie, que esto es mera obviedad. Pero entre historia y broma, la distancia puede ser corta. ¿Cuán corta? Mucho. No dista nada la difamación más absurda del mero hecho verdaderamente contrastado; la historia, zorra vieja, juega malas pasadas y si lo que se pretende contar es el pasado (arma de los próceres y no tan próceres de la patria) las espadas ideológicas se vuelven a desenfundar en pro de lo que reivindicamos como verdaderamente veraz. A la crónica la han vuelto muy astuta.

Revolver entre los legajos de los pilares del hoy puede ocasionar problemas en el mañana. Si la sangre ponzoña esos legajos con la bilis de un tiempo que fue mal parido, más aún. España parió muchas veces mal y demasiadas veces con profundo dolor; no es tampoco buena partera (es madre estoica), ni tampoco cuna de alegrías. Porque, si hablamos de España, hablamos de una familia cuyas sucesivas generaciones renuevan su concepto de lo que es y significa el país. ¿El odio al padre? La trayectoria tiene su enjundia, ya que España no padecerá de esquizofrenia, pero sus síntomas afloran en el sentir común, en el quehacer diario. Aún tiene cura. La memoria. Memoria que traspasa los papeles y se hace (nos hace, para los que gozamos de la investigación) transgredir la pared del mero estudio ajeno para vincularnos con nuestra moral y opinión propias, sin que esto afecte a nuestro trabajo aunque afecte a nuestra visión de lo que nos rodea. La memoria; la memoria de la historia o lo que se resuena en los ecos del mundillo este: la memoria histórica.

Celso Emilio FerreiroDurante unas semanas, debido a un trabajo reciente en el ámbito del estudio sobre la represión franquista, he estado en contacto con cifras, números y personas: números en gráficas, porque son personas idas hace tiempo de una manera deshonrosa. Se hace ínfimo lo que a uno le cuentan en la clase cuando está viendo delante de sí las víctimas de los hombres contra los hombres, los pilares de fallecidos, represaliados y castigados, gentes mutiladas y pueblos mellados en los arrabales de nuestra sociedad (sea pasada, sea aún presente) que siguen exclamando un silencio a viva voz. El silencio impuesto o el silencio mal llevado, el único que hace más ruido cuanto más se oculta. Los datos encogen al papel. Eran los muertos, los olvidados (pocos contando lo que aún queda por hacer) que pude vislumbrar entre recolecciones de números, direcciones y nombres (sobretodo los nombres)  extraídos de libros y documentos de la represión que en este país hubo durante una larga, larga posguerra (una larga noche de piedra –longa noite de pedra– según mi compatriota gallego Celso Emilio Ferreiro). La represalia de un dolor mal curado y una herida aún sangrante. En mi tierra, en Galicia, aún se despendolan en las montañas de los Ancares las vivencias de dos Españas sin reencuentro en la memoria de lo que nos conforma como pueblo. En mi tierra gallega, aún se pone a desalar la vida del pasado (que no mientan los que digan que está olvidado) en los pueblos marineros desde Ribadeo hasta Tui. Y no es mero clamor al aire ni mera reivindicación inflamada de los pulmones de un poeta resentido, cualquier frustrado renegado de su propia historia. No, es una realidad más que palpitante. En los días que llevo entre estos documentos he leído vidas, testimonios y causas de muerte. Hechos por la sociedad conocidos, pero no resueltos. Y me he planteado cuestiones, en las tardes entre el flexo, la pantalla del ordenador y los muertos en el papel. Cuestiones sobre si el verdadero valor de la acción de la memoria histórica reside en el mero cambio de nombre de una avenida, calle o plaza (siempre al libre arbitrio del grupo municipal de turno) o en su concepto aún más trascendente; la constancia de lo que paso y cómo pasó. Las noches pasando datos a limpio no solo sirvieron para hacerme crecer como persona y como amante de la Historia, sino para comprender que el verdadero valor de la memoria histórica no reside en una placa superflua, no reside en un mero gesto para el pueblo o un ademán hacia la prensa o hacia ciertos sectores de la población. No, la memoria es en este caso dejar constancia, dejar claro y evidente lo que en España hubo, recolectando datos y dándolos a conocer. Curar el trauma con la realidad más dura. La memoria debe ser, y en su más nítida causa es, imparcial. La sangre no es buena justiciera.

Piedad Eduardo CarreteroLa memoria histórica es planteada como una justicia, una justicia hacia un pasado, hacia una generación o hacia un bando. Pero quien trabaja en el campo, quien es testigo a su manera de lo que en aquellos años aconteció, no hace una justicia de valores ni de ideologías, es la reivindicación no de bandos sino de hechos, no de causas sino de resultados. Reivindicación de un presente que clama por su pasado, de un niño que quiere descubrir la tragedia que le acaeció a su madre. Hagamos memoria histórica de conciencia, de valores y de testimonios, Sin odio, sin bandos, sin fueros vacíos. Quizá esta sea la única manera de curar a un país que dejó parte de su tiempo sumergido en el hormigón de las plazas, en la tierra de los descampados y en las piedras de las cunetas; solo queda esperar que los ojos del cielo despejado de aquel julio del 36, aquel inicio de otro trauma en el historial de nuestro país, no sea el único testigo perenne de lo que aquí ocurrió y que se susurra tan alto que el silencio se ha vuelto imposible.

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