Indeseables, comandos en la Segunda Guerra Mundial

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En mayo de 1940, Winston Churchill asumió como primer ministro del Reino Unido en sustitución de Neville Chamberlain. Durante los tres años anteriores, este último había mantenido una política exterior que se basó en la permisividad hacia las violaciones de Italia y Alemania a los acuerdos internacionales, una postura que se conoció como appeasement, apaciguamiento, y que toleró la invasión de Abisinia, la anexión de Austria, impidió la intervención de Francia en la Guerra Civil española, reconoció a Franco como gobernante, y abandonó a Checoslovaquia a su suerte contra el Tercer Reich. Chamberlain creía que manteniéndose al margen garantizaría la paz para los suyos, que ni el fascismo ni el nazismo se atreverían a perturbar su nación. Churchill en cambio desconfiaba de todo el mundo, intuía que ceder la primera ocasión era una invitación a torcer el brazo entero. Ante la cesión británica a las pretensiones nazis en Los Sudetes declaró: «A nuestra patria se le dio a elegir entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación, ahora tendremos la guerra».

Un mes después de asumir el mando del país llegó el desastre de Dunkerque, aquella derrota en que los aliados, tras informar de su retirada, fueron acribillados sin piedad por el general von Kuechler. Los alemanes entrarían en Paris el 14 de junio, y pocos días más tarde Francia fue obligada a firmar el armisticio. Gran Bretaña se quedó sola frente a Hitler, Churchill necesitaba mantener la moral alta, hacer verdad esa máxima hurtada a Roosevelt: «No tengo más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». En este punto de la guerra intervino el teniente coronel Dudley Clarke, un pionero en las tácticas de decepción militar, que propuso al flamante primer ministro la creación de una nueva fuerza de combate, los comandos. Unidades anfibias al estilo de los urinatores romanos, pequeños grupos capaces de lanzar rápidos ataques desde el mar que se infiltraran en territorio enemigo; recolectaran información de la capacidad tecnológica, el orden de batalla, armas, equipo, entrenamiento, bases militares, comunicaciones y detección de radares; intercambiaran mensajes, transportaran suministros, realizaran sabotajes, muchos sabotajes; y sobretodo desinformaran, fueran capaces de confundir a los nazis acerca de las capacidades, operaciones e intenciones de las fuerzas británicas.

David López Cabia explica muy bien qué eran esos primeros comandos modernos, qué clase de hombres se atrevieron a conformarlas, cómo vivían y cómo morían, tomando como punto de partida el desastre que fue la Operación Jubilee en agosto de 1942 y que desencadenó la Batalla de Dieppe. Llegaron a la costa seis mil ochenta y seis hombres. Cuatro mil cuatrocientos fueron eliminados. Sirviéndose de una novela para narrar un hecho histórico (que no al revés) podemos conocer alguna de esas operaciones especiales que los Aliados lanzaron durante la guerra, situarnos geográficamente, pasear por los escenarios más cruentos de una Francia destrozada por el conflicto y empatizar con esos urinatores modernos, mezcla de voluntarios, delincuentes, suicidas, desahuciados y revanchistas. Indeseables (Editorial Círculo Rojo) se lee rápido, fácil, y tras la trama que hila la narración de lo más relevante, la Historia, deja ganas de saber más, de apurarse a tomar enciclopedia y atlas y seguir entendiendo.

Aquella incursión en Dieppe debía servir como ensayo y evaluación de las posibilidades de éxito que tendría un desembarco masivo de los Aliados en la costa, abriendo un segundo frente continental que obligara a Hitler a retirar tropas del frente ruso para reforzar sus posiciones en Francia. Durante el desastroso desembarco, un brigadier canadiense perdió una copia de las órdenes operativas que cayó en manos alemanas: este documento incluía unas instrucciones sobre cómo los comandos debían «atar a los prisioneros» así como un manual de lucha a corta distancia, que contradecían los acuerdos de la Convención de Ginebra de 1929 firmados tanto por Alemania como por los Aliados sobre el trato a prisioneros de guerra. En represalia, Alemania comunicó que los más de mil soldados capturados en Dieppe llevarían grilletes a partir de ese momento, y publicó una breve nota en el diario Wermacht: «En el futuro, todas las tropas terroristas y de sabotaje de los británicos y sus cómplices, que no se comportan como soldados sino como bandidos, serán tratados como tales por las tropas alemanas y eliminados sin piedad en batalla, dondequiera que aparezcan».

En octubre de 1942, el alto mando alemán emitió en secreto la Kommandobefehl (orden sobre los comandos), que sintetizaba su propósito en apenas unas frases: «Desde ahora todos los hombres que operen contra tropas alemanas en las llamadas incursiones de comandos, incluso si visten uniforme, armados o desarmados, en combate o huyendo, deben ser aniquilados hasta el último hombre. Incluso si dichos individuos al ser descubiertos proceden a entregarse como prisioneros, no debe ser ofrecido cuartel en ningún caso». Todos los miembros de las fuerzas especiales capturados serían entregados a la Gestapo para su ejecución.

Tras la cara conocida de la historia, tras las décadas de filmes y documentales, aún hay sucesos que requieren ser narrados. Aquellos Indeseables, como López Cabia bautiza, fueron el principio de la destrucción del temible ejército alemán. Con sus acciones consiguieron desquiciar a los altos mandos alemanes, al punto de incumplir todas las normas referidas a los prisioneros de guerra. Uno de estos criminales se suicidaría en un búnquer. El resto, tras los juicios de Nuremberg, pagarían con la horca.

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