La confianza infinita: milagro en la ciudad de Leicester

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«This story shall the good man teach his son;
And Crispin Crispian shall ne’er go by,
From this day to the ending of the world,
But we in it shall be remember’d;
We few, we happy few, we band of brothers»
Enrique V, William Shakespeare

«Ganamos en el fútbol del dinero», dijo Claudio Ranieri tras llevarse la liga imposible de las ligas imposibles. El 2 de mayo de 2016, el Tottenham empataba contra el Chelsea en Stamford Bridge (2-2) y le ponía título tangible a una victoria que ya había sido una cuenta regresiva. El Leicester City se convertía en la princesa, el caballero, el mago y hasta en el dragón del cuento de hadas.

La historia recuerda a la del legendario Ipswich Town, otro club azulón, de principios de los sesenta, cuando entrenado por Alf Ramsey ascendió de segunda a primera para ganar en ese mismo año la liga. O más cerca a los vecinos y rivales del Derby County de Brian Clough, que como el Leicester fueron campeones por vez primera en su segundo año en la máxima división. Clough se superaría en el Nottingham Forest, otro vecino y rival de las East Midlands, ascendido en el 77 y campeón en el 78. Un título exprimido hasta hacer que de él cayeran dos Copas de Europa seguidas. En aquel Forest jugaba el irlandés Martin O’Neill, luego entrenador del Leicester a quien llevó a ganar dos Copas de la Liga en 1997 y 2000.

Más cerca en el tiempo, relativamente, el Leicester se refleja en el triunfo imprevisto del Blackburn Rovers en 1995, ya con la reorganización de la Premier League. El comienzo del fútbol del dinero. Entrenados por el legendario jugador del Liverpool Kenny Dalglish y forjados por el talonario del industrial del metal Jack Walker, fueron el sueño de una ciudad de cien mil habitantes de Lancashire. Equipos sólidos con una delantera feroz, en el 95 Chris Sutton y el demoledor Alan Shearer, en 2016 el genial Riyad Mahrez y el feroz Jamie Vardy. El Blackburn había sido cuarto y segundo después de ascender y tras unas temporadas dignas descendió en 1998-99.

Como fue el Blackburn, el Leicester City es la cara amable del fútbol contemporáneo y un ejemplo de la excepcional labor de relaciones públicas de la liga inglesa, de su capacidad para sostener las apariencias de clasicismo. Sigue el ornamento, su sencillez retro, pero la cáscara es cáscara. El Leicester pertenece a un conglomerado tailandés, King Power International Group, fundado en 1989, y como presidente actúa el fundador del holding, el también tailandés Vichai Srivaddhanaprabha. Su estadio se llama desde 2011 el King Power Stadium. La marca comercial como estandarte pero equilibrada por el empeño de los dueños de mantener la imagen de vieja escuela, el tradicionalismo y la modestia de medios y estilo. Aparecieron como patrocinadores en las camisetas, para en 2010 adquirir el control del club tras comprárselo a otro multimillonario, el serbo-estadounidense Milan Mandarić, quien antes ya había sido dueño del Porstmouth. Entre 2007 y 2010 Mandarić fulminó un entrenador tras otro mientras el equipo descendía hasta la League One (la 2ª B inglesa) en 2008-09. La primera vez en su historia también.

Fue Nigel Pearson quien los devolvería al año siguiente a Championship, donde permanecerían hasta 2014 ya bajo la gestión de Srivaddhanaprabha. La política errática de técnicos no cambió, incluida una experiencia amarga con el sueco Sven-Goran Eriksson, y de nuevo fue Pearson el responsable del ascenso, como campeones, en 2013-14. Lo fue, por igual, de la prodigiosa permanencia del año siguiente. Asomados al abismo, el equipo encadenó una racha de siete victorias sobre nueve posibles que terminaron por dejarlo en el puesto catorce. La confianza se forjó allí, el grupo también.

En la 2014-2015 varios jugadores capitales en el título ya lo serán en la permanencia: el portero Kasper Schmeichel, hijo del mítico guardameta danés del Manchester United y en el club desde 2012; el poderoso central Wes Morgan, un veterano del Forest y capitán de Jamaica pese a ser nacido en la propia Nottingham; otro jamaicano, el lateral derecho Simpson; el delantero argentino Ulloa, ex de Almería; dos centrocampistas ingleses, Albrighton, procedente del Aston Villa y la eterna promesa Drinkwater, producto de la academia del Manchester United y su interminable política de cesiones. Ambos, suplentes habituales en 2014-15, serán piedras fundamentales para el Leicester del título. Y, claro, el argelino Riyad Marhez y el inglés Jamie Vardy, cuyo impacto y números se multiplicarán.

La pretemporada comienza en la amargura. Un video sexual registrado en Tailandia durante las celebraciones de la permanencia en un viaje pagado por el dueño del club termina en manos del Daily Mirror, que publica diversas capturas. Uno de los protagonistas es el hijo de Pearson. El entrenador carga la culpa ajena y termina con el equipo. Nada parece positivo.

Claudio Ranieri es el elegido para entrenar al equipo. Gary Lineker, formado en el club a principios de los ochenta y traspasado luego al Everton, escribió en su ácido Twitter que tendría suerte de no descender. Ranieri parecía tener todo el pasado y bien poco del futuro. Apenas un presente brevísimo al que agarrarse. Otro prestigio marchito como Eriksson.

Había trabajado bien en el Chelsea pre-Mourinho, entre 2000 y 2004, y tenía cierto aire de mala suerte, de construir equipos que otros aprovechaban, pero su reciente despido de la selección de Grecia no auguraba nada bueno. Un entrenador en caída, listo para la ronda de las selecciones exóticas. Hacer caja para la jubilación. El Leicester, tal vez sin saberlo, le ofrecía otra cosa: un poco de verdad, la ocasión de volver a ser un entrenador.

Percibió que había cierta tensión en el vestuario por la pérdida de la rutina conocida y el paso de la escuela británica clásica a un técnico continental, uno con nombre además, y sin dudarlo les disuadió asegurando que les iba a pedir una única cosa: «Correr». Fútbol simple, fútbol limpio, fútbol honesto; apoyar al de al lado, buscar y protegerse, protegerse y buscar. «Estoy orgulloso de entrenar a estos hombres; no jugadores, hombres», dirá.

Ranieri hace construir en el estadio una sala-comedor, dividida en dos ambientes distintos donde puede reunir a unos jugadores que en su mayoría viven en Londres o Manchester y vienen y van de sus casas al entrenamiento o los partidos. Los sienta a comer juntos, a charlar juntos, a esperar juntos… juntos. Crea el ambiente de convivencia, la camaradería esencial en una plantilla multirracial y multicultural. Un colectivo emerge de un grupo de futbolistas. Después es cuando introduce los cambios de planificación, de dieta, de táctica, etc… los ha ganado en la distancia corta, con su demostrado carisma, humor y calidez. Les hace creer que se están divirtiendo corriendo como bestias, presionando como locos, defendiendo como los últimos de la caballería. Las victorias irán validando el plan.

Clásico del ascenso, el Leicester se ha movido entre las dos divisiones principales toda su historia y a la sombra del triunfal club de rugby de la ciudad, el Leicester Tigers, que suma títulos nacionales e internacionales. Una ciudad de rugby, una ciudad de trescientos mil habitantes, tumba del cardenal Wolsey y de Ricardo III, lugar mítico del Rey Lear. Romanos y vikingos, inmigrantes y tranquilidad de las Midlands. La cara amable de la Inglaterra multiétnica.

Hay, así, una coherencia en que un club que parece epitomizar lo clásico, hasta lo anacrónico, tenga un dueño tailandés, un entrenador italiano y una plantilla tan internacional como la de cualquier otro equipo de la Premier del dinero. El Leicester fue el decimoquinto equipo en derechos de televisión con algo más de 100 millones de euros, lo cual le coloca por encima de cualquier otro equipo europeo a excepción de Barcelona, Real Madrid y sus propios compañeros de competición. Lo cierto es que todos los conjuntos Premier están en esas condiciones; el Queen’s Park Rangers, el de menores ingresos, llega a los 90 millones. El Atlético de Madrid, por ejemplo obtiene 41 y el Bayern de Munich 50; la Juventus, 94.

Con todo, el equipo se ha construido desde la llegada de Srivaddhanaprabha con un gasto de apenas 55 millones, siendo el japonés Okazaki el fichaje más caro, habiendo pagado al Mainz una cifra que oscilaría entre los 10 y los 13 millones de euros. Jugadores fundamentales como Morgan, el central alemán Huth, el lateral izquierdo austriaco Fuchs, Danny Drinkwater u Albrighton llegaron prácticamente gratis. El mediocentro Kanté, una pizarra humana, y Marhez fueron importados respectivamente desde el Caen y el Le Havre cuando nadie había reparado en ellos y Vardy, quien hasta 2011 no era profesional, fue una adquisición considerada de riesgo en su momento cuando estando en Championship se pagó un millón de libras por un jugador de tercera división que ya contaba con veinticinco años.

Entre Pearson y Ranieri, con la figura en la sombra de Steve Walsh, su jefe de ojeadores, construyó una plantilla al más puro estilo británico. Buscando pieza por pieza entre veteranos, descartes y desconocidos. Los entrenadores les dieron la oportunidad de reivindicarse y la razón para creer en ellos mismos; el club comodidad, confianza, lugar. Un rasgo común a las historias de ganadores improbables: son los rechazados y los don nadie, es la reivindicación y la confianza infinita. «Debemos ser como los alpinistas: mirar siempre hacia arriba, nunca hacia abajo», dijo Ranieri.

El 8 de agosto de 2015 al ritmo del Fire de la banda local Kasabian, los jugadores saltaban al campo y pasaban como un huracán por encima del Sunderland. Vardy marcó dos goles y Mahrez uno. Fue como una premonición de la temporada y al mismo tiempo tuvo algo de espejismo. El Leicester no iba a ser ese equipo vertiginoso y abierto.

La generosidad en el esfuerzo iba a perdurar, pero el cemento tenía que endurecer todavía. El fútbol del año fue de choque, con Huth, a quien Ranieri había fichado para el Chelsea casi una década antes, formando una pareja imposible de mover junto a Wes Morgan y un centro del campo frenético y laborioso que combinaba buen pie, ligereza física y abnegación defensiva. La mayoría de partidos fueron resueltos en una genialidad de Mahrez, elegido mejor jugador de la Premier por sus propios compañeros, o de la fe inagotable de Jamie Vardy.

Delantero del hambre, Vardy juega cada minuto como si fuese el último de su carrera, como si al dejar de correr alguien fuese a descubrir que no es más que un amateur. Cada gol es un poco de tiempo ganado. Su impresionante racha de once partidos consecutivos marcando le hace batir el récord de Ruud Van Nistelrooy.

Con Fire como himno oficioso, el estadio se va sumando. Algo sucede en la ciudad. El King Power se convierte a toda velocidad en uno de los estadios más ruidosos de la Premier. La importancia del hogar, de feudo inexpugnable, en todo su esplendor. Solo una derrota como local en toda la temporada, 2-5 contra el Arsenal. Tras ella, ningún equipo será capaz de hacerle más de dos goles.

Como visitante tan solo perderá dos partidos, contra el Liverpool (1-0) y de nuevo contra el Arsenal (2-1), su mayor amenaza durante gran parte de la temporada hasta el tercio final, donde emergerá el Tottenham dirigido por Pochettino con una impresionante racha de cinco victorias consecutivas; pero el Leicester logra contra ellos un empate (1-1) y una victoria (0-1) que hablan de la capacidad que adquirió el equipo para moverse cómodamente en resultados cortos y partidos cerrados. El Leicester One-Nil.

A mitad de campeonato se nota eso de lo que nadie quiere hablar. El equipo tiene un algo desafiante, un algo callejero y un algo atemporal. El Chelsea escora a pique, con Mourinho en fase autodestructiva y el Manchester United quema lo poco que le quedaba en el volcán que es Louis Van Gaal. Con el City en su habitual fase de sesteo, la competición se vuelve accesible. Al Arsenal no le resisten sus mejores recursos, el Tottenham pone el mejor fútbol de la competición (junto a West Ham de Slaven Bilic), pero es el Leicester quien ejerce de cuña. Cada despeje de Morgan y Huth, cada corte de Kanté, cada centro de Albrighton, cada tanto de Vardy… un gol, otro, el impacto se suma al impacto y la Premier se abre por el medio.

En la jornada 23 se aúpan definitivamente al primer puesto tras diez jornadas disputándolo e intercambiándolo con el Arsenal. Llegan a tener 10 puntos de ventaja, pero los Spurs serán capaces de reducirlo a cinco tras un agónico empate del Leicester contra el West Ham (2-2). Otro empate, esta vez contra el Manchester United (1-1), será suficiente cuando el Tottenham no sea capaz de sostener la incertidumbre y se trabe con el Chelsea (2-2). A falta de dos jornadas para terminar la liga el milagro se ha materializado. El esfuerzo de los Spurs por dilatar la cuenta regresiva les pasará factura y perderán incluso la segunda plaza a favor del Arsenal.

Como con la magia o el lenguaje, sucede que pensar algo ya es crearlo, ya es hacerlo realidad. El Ipswich, el Derby, el Forest, el Blackburn, el Leicester… son magia real, son necesarios para, en palabras de Martin O’Neill, recordarle de tanto en tanto al aficionado que «el romanticismo no ha abandonado al fútbol».

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