La historiadora de lo anónimo

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Si pensamos en la gran dama de la historia oral en España, el nombre que acude a nuestra memoria no puede ser otro que el de Mercedes Vilanova Ribas (1936). Catedrática emérita de la Universidad de Barcelona, si algo la distingue es la independencia y el valor para seguir senderos poco frecuentados. Por eso, mientras sus colegas se dedicaban a rastrear papeles, a menudo para magnificar colectivos que dejaron tras de sí propaganda abundante, ella se interesaba por los analfabetos. Es decir, por los que no generan rastros escritos susceptibles de almacenarse en un archivo. ¿Acaso no era este un empeño condenado al fracaso? No para una investigadora persistente, imbuida hasta los tuétanos del afán por la excelencia. Surgieron así clásicos como Las mayorías invisibles (Icaria, 1996) o Voces sin letras (Anthropos, 2005), que le permitieron comparar a las gentes anónimas de España y de Estados Unidos. Su principal conclusión es que las clases populares norteamericanas podían estar oprimidas, pero no reprimidas. Los negros, pese a la injusticia del racismo, conservaron su sentido de comunidad. No así los obreros españoles, desestructurados por la violencia franquista con la complicidad principalísima de la Iglesia católica.

La paraula i el poderEl combate por introducir en España las fuentes orales fue el de David contra Goliat. En los años setenta, los que disfrutaban de la influencia académica se resistían, como siempre, a aceptar teorías rupturistas. Pero, poco a poco, se ganaron batallas. En Barcelona apareció la revista Historia, antropología y fuentes orales, pionera en su género. Los que tenían la palabra se enfrentaron, de esta manera, a los que tenían el poder. Alrededor de este binomio gira el último libro de Mercedes, titulado, precisamente, La paraula i el poder (CEDRHE, 2016). Como en todas sus obras, el contenido es cualquier cosa menos convencional. En lugar de plantear una autobiografía al uso, se centra en tres aspectos que la han llevado a romper el maleficio del olvido: el mar, La Escala y Pasqual Maragall.

A principios de los setenta, la investigación en La Escala era todo lo que debe ser una buena historia local, que no localista: el pueblo gerundense constituyó un microcosmos donde poder verificar hipótesis de gran calado sobre la Segunda República, la Revolución y la Guerra Civil. Una pregunta clave guió la investigación: ¿por qué fue derrotada la izquierda? La idea era aprender de los errores (¿o quizá de los horrores?) pasados para evitar su repetición. Así, conforme avanzaba en su trabajo, apareció una realidad matizada, muy distinta de las visiones propagandísticas. La colectivización no despertaba tanto entusiasmo como el que presuponían los libertarios. Porque, en el supuesto paraíso obrero, muchos trabajadores tuvieron la penosa sensación de que se habían limitado a cambiar de amo. Además, si todo era de todos… ¿por qué tenían que esforzarse en algo que no era suyo?

Fue en La Escala donde, por primera vez, la futura catedrática mantuvo diálogos de interés histórico con gente que había vivido la Guerra Civil. Los profanos suelen tener la imagen de que la historia oral se reduce a esto, a coger una grabadora y perseguir a los testigos. Craso error. Porque, de esta manera, lo único que se consigue es un producto de calidad peligrosamente cercana a cero. Antes de ponerse a entrevistar, el historiador debe conocer en profundidad todo lo que se ha dicho sobre su tema. Sólo de esta forma podrá hacer las preguntas pertinentes, las que iluminen aspectos ocultos o cuestionen dogmas aceptados sin crítica.

L'EscalaLo contrario, repetir lo ya dicho con el chantaje emocional de presentar a cualquier anciano venerable, no ofrece, de hecho, ningún interés. De ahí que Mercedes, en realidad, no defienda la historia oral sino algo distinto: una historia con fuentes orales, en la que el recurso a las personas aún vivas complemente los documentos escritos. ¿Que la memoria es frágil? ¿Que los protagonistas pueden mentir? Sí, claro. Pero en los textos que hallamos en los archivos también se presentan numerosas distorsiones, solo que no acostumbramos a percibirlas por el fetichismo que rodea a la palabra impresa. Demasiado a menudo, el historiador, al hallar papeles inéditos en los viejos legajos, los confunde irreflexivamente con la realidad sin reparar en que solo son representaciones de la misma. En el mismo sentido en que la pipa de Magritte no es realmente una pipa sino una manifestación artística que no la reproduce, la interpreta.

¿Dónde queda, pues, la verdad? En los inicios de su carrera, Mercedes la imaginaba como una especie de tesoro escondido. Existía. Y alguien se la iba a decir. Fue más tarde cuando se convirtió en «fiscal de la palabra, abogada del silencio», al tomar conciencia de que lo fundamental es lo que no se dice. Por eso es tan importante atreverse a decir las cosas tal como uno cree que son. ¿Una reminiscencia católica, tal vez? A fin de cuentas, fue el Papa León XIII el que dijo que la primera ley de la Historia es no atreverse a mentir; la segunda no tener miedo a decir la verdad. Aunque esta verdad se oponga a los supuestos comúnmente admitidos, la conventional wisdom de la que hablan los anglosajones. A partir de esta convicción, Mercedes trabajó duro para construir explicaciones novedosas que deshicieron algunos tópicos sobre la Segunda República. Como la teoría que culpaba a las mujeres de la victoria de la derecha en 1933, con un voto supuestamente cautivo del clero. Lo cierto fue que ellas actuaron en función de los parámetros habituales en su clase social: las burguesas apoyaron a la derecha, las obreras a la izquierda… Se dijo, por otra parte, que el triunfo de los conservadores de la CEDA se debió a la abstención de los anarquistas. ¡Otro lugar común sin pruebas que lo sustentaran! Los anarquistas también iban a las urnas. Porque sabían que la abstención sólo beneficiaba a los ricos.

Recuerdalo tu y recuerdalo a otrosCasi como si fuera una kamikaze de la Historia, Mercedes habla sin miedo de cuestiones íntimas y difíciles, sumergida en un viaje de autodescubrimiento tan complejo como ese otro que hizo con apenas dieciocho años, el que la llevó alrededor del mundo junto a una amiga alemana. Todo ello sin el menor atisbo de autocompasión ante el precio de su independencia, la soledad. En cierto sentido, su actitud vital nos recuerda a la de Philippe, el millonario tetrapléjico de Intocable, la famosa película francesa. Mirar la realidad tal como es y ser coherente con la propia conciencia. Ese es el secreto de la dignidad. De alguna manera, el suyo es un ejercicio de autoanálisis tan atrevido como el que realizó en su día Ronald Fraser, el gran experto en historia oral al que debemos Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, un clásico en la historiografía de la Guerra Civil.

En cierto sentido, nos hallamos ante una manera de escribir que debe mucho a la gran pasión deportiva de la autora, el buceo. En los años cincuenta, se convirtió en la primera mujer de España en practicar el submarinismo. Nunca se trató de una simple distracción sino una filosofía de vida, en la que hace falta, sobre todo, coraje para afrontar la soledad y el riesgo. Acostumbrada a sumergirse en un mar físico, Mercedes se adentra esta vez en un territorio más peligroso, el de las profundidades del alma. A través de la rememoración de su matrimonio y divorcio con un importante científico, lo que hace, en el fondo, es plantear cuestiones que van mucho más allá de la peripecia personal. Cuestiones universales alrededor del eterno conflicto entre quienes somos y quienes desearíamos ser.

Igualmente apasionante es su etapa norteamericana. El lector, acostumbrado a la enojosa burocracia de la Universidad española, se hará cruces al ver cómo la contrataron como profesora en Boston. Sin papeleo: solo con presentar un currículum. Fue entonces cuando entró en contacto con el movimiento por los derechos civiles. Ha pasado más de medio siglo, pero aún recuerda vívidamente su indignación ante la barbarie del segregacionismo. En algunos restaurantes en los que se prohibía la entrada a los negros, llegó a escupir de asco.

Pasqual Maragall. El hombre y el políticoBuena parte del libro se dedica a la polémica que siguió a la publicación de Pasqual Maragall. El hombre y el político (Ediciones B, 2008), la biografía del exalcalde de Barcelona que Mercedes escribió junto a la editora y novelista Esther Tusquets. Cuando el volumen ya estaba listo, la editorial guillotinó una tirada de diez mil ejemplares por obra y gracia del entonces consejero de educación de la Generalitat, Ernest Maragall. Lo que finalmente se publicó fue una versión censurada, ante la furibunda oposición de la familia. Aquel episodio tuvo ribetes de persecución inquisitorial o de purga comunista. No sólo se eliminaron párrafos significativos, también se realizaron añadidos sin contar con las autoras.

Decía Josep Fontana, con su vulgata marxista, que la Historia nos sirve para transformar el presente y construir el futuro. Más lúcida, Mercedes nos recuerda que es el presente el que determina el pasado, no al revés. A estas alturas, ya ha superado los lugares comunes de la izquierda dogmática, empezando por la prioridad absoluta que se suele conceder a la política. Nuestra autora, al contrario que muchos revolucionarios arquetípicos, cree que la ética ha de ser superior. El fin no justifica los medios. No debemos sacrificar el presente por un futuro que nunca llega, como tantas veces han hecho personas generosas con un sometimiento servil a las directrices de un liderazgo infalible. Incluso a riesgo de poner en peligro su vida, algo que nadie debería hacer. Porque la audacia, como diría Baltasar Gracián, ha de ser razonable.

«Más vale equivocarse con el partido que acertar fuera de él», aseguraban los comunistas con seguridad típicamente religiosa. En cambio, entre la militancia y la inteligencia, Mercedes prefirió la inteligencia. El cuestionamiento de los tópicos, como esa proclama arrogante de que los historiadores dan voz a los que no tienen voz. No. Los de abajo claro que la tienen: lo único que hay que hacer es escucharla. Y hacerlo con sensibilidad pero también con sentido crítico. El que es necesario para no dejarse ofuscar por la teoría, como hacen tantos especialistas que adaptan los hechos a sus postulados filosóficos aunque sea a martillazos.

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