La primera máquina que voló: Diego Marín de Aguilera

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En la Castilla de finales del siglo XVIII, un pastor burgalés fue acusado de hereje por lograr la hazaña de volar. Era primavera de 1793, y los lugareños vieron cumplidos los temores que desde hace años perturbaban a la población: ya se olían los aldeanos que aquellos inventos del mozo Marín para mejorar el rendimiento de los molinos, las compuertas de regadío que subían sin mano, las sierras solas para el mármol y aquella máquina de abatanar que funcionaba sin fuerza humana no traerían nada bueno. Voló como un demonio de la noche con su máquina-pájaro, se lanzó sin santiguarse, de madrugada, y aterrizó más de cuatrocientas varas después. Se levantó sin dolor, e inhumanamente se fue a descansar. Gracias a Dios, los buenos vecinos del pueblo fueron de noche a romper y quemar, hasta reducir a cenizas, aquel artilugio de plumas, resortes y palancas. Ningún ser humano debería desafiar a Dios y lanzarse a volar a bordo de una máquina más pesada que el aire, ¿a qué loco o hereje se le podría ocurrir tal cosa?

Ilustración de Carlos Rivaherrera

Según fuentes inquisitoriales, para el período de 1751 a 1817 el noventa y uno por ciento de los hombres y el catorce por ciento de las mujeres sabían firmar (en el siglo XVIII, la alfabetización seguía siendo un fenómeno mayoritariamente masculino); no obstante, cuando en fuentes notariales a los hombres se les pedía, además de firmar, escribir su nombre y su lugar de procedencia, solo el quince por ciento lo hacía correctamente; es decir, podrían ser considerados alfabetizados, cifra que descendía hasta el ocho por ciento en las zonas rurales. Diego Marín de Aguilera, extrañamente, entraba en ese porcentaje, lo que le convertía de por sí en un hombre fuera de lo común. Era el mayor de ocho hermanos, nacido en Coruña del Conde, en 1757, y entró en la adolescencia huérfano de padre, teniendo que asumir las responsabilidades de la familia, que estaban en su mayoría dedicadas al pastoreo y que eran completadas con alguna siembra de lino y labores de la huerta. No recibió ninguna educación reglada (si ya para la época era complicado obtener estudios, imagínense a los que podría acceder el hijo de un pastor en un pueblo burgalés), pero se estima que recibió la instrucción básica, la de las cuatro reglas, de manos del párroco del lugar, quien habría visto en él una viveza e inteligencia destacable entre sus iguales y digna de encaminar hacia la vida eclesiástica.

Truncado este destino por la falta de dote, dedicado a la manutención de su familia, empleaba las largas jornadas en el monte en discurrir maneras de aliviar su trabajo. No cabe duda de que era un joven ingenioso e inquieto. Fruto primero de la observación y después de la necesidad, estudió la mecánica de los molinos de viento y entabló amistad con el herrero del pueblo, que le ayudaría a crear los elementos para realizar sustanciosas mejoras en estos e idear y llevar a cabo los inventos que a lo largo de su vida iría desarrollando para fabricar batanes, molinos de agua, ingenios de sierra del mármol y un sinfín de herramientas manuales.

Ilustración de Carlos Rivaherrera

Las noches al raso

Si atienden al narrador
abriendo bien las orejas
el balar de las ovejas
oirán en todo esplendor.
Es el día agotador
a la helada y los calores
entre silencio y clamores
de un cerro al otro de al lado
siempre al paso del ganado:
la vida de los pastores.

Llegado el anochecer
se extiende la negra sombra
y el viento a su paso nombra
la triste queja de ayer.
Acaba de oscurecer
y al cobijo de la manta
el frío y el mal se espanta
con la canción de los hierros
y el ladrido de los perros
mientras la luna levanta.

Quien haya trabajado y vivido en el campo sabrá de los largos ocasos, del arrimarse a la hoguera arrebujándose en el abrigo, de la intimidad entre los pensamientos y los sonidos de la naturaleza, de la soledad si no hay charla ni compañero con quien, incluso si está acompañado. Es una sensación similar a la que vive el viajero, el expatriado, el soldado o el refugiado, el pescador en calma mar. Un momento para la introspección, para la unión si filosofamos, con la tierra, para la observación: dominando las lomadas, a cobijo o cumbre de los riscos, apoyando la espalda en una roca que mire al sur si se puede, cerca de manantial o pasto fresco pues la comodidad propia no importa, prevalece el sustento, protección y guarda del ganado.

Diego Marín, como ganadero de la Mesta, recorría las cañadas desde la Demanda hasta Extremadura, de Palenzuela a Hontoria, de Lerma a tierras cántabras, siempre en soledad, navegando entre cielo y tierra cientos de kilómetros ida y vuelta, pastoreando lo que fuera la mejor lana del mundo durante siglos, en palabras de Alfonso X: «a mayor riqueza de nuestros reinos». Pero cuando llegaba la noche, antes de cerrar los ojos, Marín imaginaba, discurría, inventaba. Sin poder trazar en papel y tintero guardaba en la memoria las mejoras a realizar en casa, las siembras que iba a intentar en sus huertas, anotaba en sus cuentas los nacimientos y pérdidas, y cavilaba al ocaso, y pensaba, y observaba a las águilas, majestuosas sobre fondos carmesí.

El vuelo de las águilas

Es improbable que Marín hubiera tenido acceso al Códex sobre el vuelo de los pájaros de Leonardo da Vinci, escrito más de dos siglos antes. En el manuscrito, el genio polímata apuntaba que «existe una fuerza igual del objeto contra el aire que del aire contra el objeto. Considerad como las alas, golpeando el aire, sostienen el peso abrumador del águila a gran altura, allí donde el aire es más ligero», estableciendo así la posibilidad humana del vuelo de forma mecánica.

Marín llenó el gallinero de la casa de jaulas con diferentes aves, de las que estudiaba el plumaje, la disposición de huesos y tendones, el peso proporcional de estos y cómo era repartido, y junto con Joaquín Barbero, el amigo herrero (y pronto cuñado), comenzó la construcción de un mecanismo ligero fabricado con varillas de hierro, con engranajes y poleas, manivelas y estribos, y un sencillo fuselaje de tela con un asiento de madera, cubierto de plumas. A la distancia, el artilugio se asemejaba a una gigantesca águila de más de cuatro metros de envergadura desde la punta de un ala a la otra.

Una noche de mayo de 1793, Marín, una de sus hermanas y el herrero, empujaron la máquina cuesta arriba hasta la peña más alta del castillo de Coruña del Conde: «Voy a Burgo de Osma, de allí a Soria y volveré pasados unos días». Tomando impulso se precipitó al vacío y descendió unos metros primeros, para a continuación ascender más alto aún que el punto de partida, corrigiendo la dirección del vuelo y poniendo rumbo sudeste hacia Alcubilla de Avellaneda. Apenas había superado el río a los pies de la fortaleza cuando uno de los pernos de una articulación del ala derecha no resistió y saltó de su posición, soltando el ficticio tendón con un chasquido. Sin posibilidad de seguir batiendo las alas, el artilugio descendió hacia un campo llano, donde aterrizó con un estruendo metálico.

«Bien el ruido del aparato, o la indiscreción gozosa del herrero, o el atisbar constante desde las pequeñas ventanas del pueblo, tenía despiertos a los buenos coruñeses condales, que de seguida atravesaron el puentecillo romano que separa el pueblo de las huertas y rodearon la extraña escena, a la luz de la luna. El raro aparato, su jinete vestido de plumas, el vuelo, la luna, la noche, todo les llenó de fantástica imaginación. ¡Cosa de brujas!, dijo alguno. Y, como dados de habla, todos cayeron sobre el armatoste de plumas y hierro y lo destruyeron».

Rendido a la inquisición

Cuando Diego Marín de Aguilera fue a reclamar reparación por el destrozo se topó con la Inquisición, que dio por terminado cualquier litigio sentenciando «que la quema fue buena, al librarle de accidentarse por insistir», y se le recomendó asimismo cesar en sus actividades mecánicas, so amenaza de acusación de herejía. La Ilustración llegaba a España en el siglo XVIII, el de las Luces, pero a pesar de ello aún la Inquisición quemaría a ciento quince herejes. Que la actividad inquisitorial pusiera los ojos sobre Marín, pobre para contratar defensa e incapaz de explicar de dónde había obtenido los conocimientos para su gesta, no era ninguna broma. La simple sombra de la duda, la amenaza escondida bajo recomendación, fue suficiente para amedrentar a Marín y hacer que no solo abandonara su proyecto de volar, sino que además se abstuviera de emprender cualquier otro.

Diego Marín de Aguilera dejó este mundo terreno solo seis años después, recién cumplidos los cuarenta y cuatro: sumido en la depresión y la tristeza, tratado como loco, como endemoniado, vigilado por posible herejía, objeto de las burlas, chistes y desdén de los mismos vecinos que se seguirían beneficiando de sus creaciones décadas después de su partida. Y es que España, a pesar de sus grandes inventores, era una nación ya de espaldas a la ciencia, corrupta e inmóvil ante el progreso. Ya lo dijo Unamuno: «que inventen ellos».

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3 comentarios

  1. Andrés García on

    Antes de Diego Marín de Aguilera existió alguien que consiguió volar con unas alas hechas por él mismo. Se trata de un precursor de la aeronáutica, además de poeta, filósofo, inventor y científico, llamado Abbás Ibn Firnás, nacido en Ronda y que vivió en Córdoba durante el siglo IX. He encontrado este interesante dato en El Valle de las Manzanas, una novela del escritor Antonio Miguel Abellán, quien habla extensamente de este genial hombre que se adelantó en ese aspecto también a Leonardo. De todas formas, muy interesante el artículo.

    • Correcta y curiosa la anécdota del rondeño, que se lanzó desde un minarete con un rudimentario ala delta que planeaba, a diferencia de Marín de Aguilera, que construyó una máquina que volaba, remontaba el vuelo y podía ser dirigida. Por eso el título del artículo específica: La primera máquina que voló. Igualmente, muy interesante comentario.

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