Los videojuegos de Dios: un ataque cultural ‘neocon’

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En 1992 George H. W. Bush compareció como presidente de los EE. UU. en el congreso del Partido Republicano celebrado en Houston, con el objetivo de establecer la base ideológica con la que acometer su reelección como presidente. Acosado por la recesión económica, ni siquiera la enorme popularidad que había alcanzado con la campaña militar del Golfo Pérsico parecía bastar frente al joven candidato demócrata, Bill Clinton. En un intento desesperado, la candidatura de Bush intentó explotar el enorme yacimiento de votos, hasta entonces inaccesible, de la derecha religiosa norteamericana. A pesar de que un año más tarde Clinton se convertiría en cuadragésimo segundo presidente norteamericano, aquel movimiento electoral cambió el paradigma político estadounidense y supuso el inicio de la segunda oleada neoconservadora en el mercado cultural estadounidense. Entre la batería de productos «moralmente adecuados» que se fabricaron, llama la atención la creación de los estudios Wisdom Tree (Árbol de la sabiduría), que produjeron varios videojuegos de temática religiosa a principios de la década de los noventa.

Ronald Reagan y Margaret Tatcher

Buenos y malos

Leo Strauss nunca ostentó ningún cargo político y, a pesar de ello, el impacto de su pensamiento puede rastrearse a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX. Criado en el seno de una familia judía de ascendencia árabe, ocupó diversos puestos académicos en la Europa de entreguerras hasta que, en 1938, llegó a Norteamérica huyendo de la amenaza nazi y la precariedad laboral. Una década más tarde se convirtió en profesor de la Universidad de Chicago, institución a la que permaneció ligado durante veinte años y en la que formó a algunas de las personalidades más influyentes en la historia política reciente de los EE. UU.

Aunque la base filosófica del pensamiento de Strauss fue muy vasta, su cristalización política, comandada por varios de sus estudiantes, se sustentó principalmente sobre una fuerte crítica de la libertad individual y la igualdad, que habían ido adquiriendo una creciente importancia a lo largo del siglo XX. Este liberalismo moral, en su opinión excesivo, habría causado la desaparición de la excelencia y provocado una deriva hedonista que amenazaba con socavar definitivamente la base filosófica de la sociedad occidental. La solución pasaba, por tanto, por recuperar los conceptos clásicos de la filosofía política y enjuiciar desde los mismos todas las decisiones públicas.

Inspirados por estos principios, varias decenas de jóvenes conservadores empezaron a trasladarse desde Chicago hacia los centros de poder de Washington y Nueva York. Su objetivo era enfrentarse al Partido Demócrata, en el poder desde 1977, y al presidente Carter que, curiosamente, demostró en el histórico «discurso del malestar» no ser ajeno a las preocupaciones de los straussianos. En él, Jimmy Carter instaba a la nación a superar lo que en su opinión era una crisis de confianza provocada por el olvido de los valores tradicionales de la sociedad estadounidense. Para oponerse a la grandilocuencia del presidente y tratando de explotar el descontrol de la inflación económica, el Partido Republicano escogió el rostro reconocible y el estilo desenfadado del exgobernador de California, Ronald Reagan, que se presentó a las elecciones como defensor de la pena capital y poseedor de la llave del crecimiento económico. La revolución conservadora venía de la mano de una cara agradable y una lógica simple: «Una recesión es cuando tu vecino pierde su empleo. Una depresión es cuando tú pierdes el tuyo. Y una recuperación es cuando Jimmy Carter pierde el suyo».

Tras su holgada victoria electoral, el Partido Republicano impulsó una política de recortes que, exitosa o no, derivó en una importante recuperación económica. El amplio superávit federal se destinó entonces a descongelar la Guerra Fría: frenar el expansionismo soviético continuó siendo la principal obsesión exterior norteamericana; sin embargo, los teóricos neoconservadores aprovecharon la tesitura para ahondar en la construcción de la imagen del enemigo a batir. Varios discípulos de Strauss como Abram Shulsky (cuya carrera, que se extiende desde la Guerra Fría hasta la invasión de Irak, se erigió sobre el lema personal de que «el objetivo no es la verdad, sino la victoria») accedieron por fin a las capas más altas del aparato del Estado, desde las que influyeron decisivamente en la construcción del rostro del otro. Para ello, comenzaron a desarrollar su argumentario en términos entendibles para toda la población: las dicotomías bueno-malo, amigo-enemigo acabaron por conquistar definitivamente el imaginario popular y, desde una serie de razonamientos excluyentes, se comenzaron a revitalizar viejos conceptos políticos y sociales que habían perdido terreno en los años sesenta y setenta. Era una lógica entendible y, por supuesto, vendible.

La irrupción de la religión

Jerry Fallwell

En plena década de los ochenta, la creciente ola conservadora rebotaba felizmente entre Londres y Washington, otorgando tres mandatos consecutivos al Partido Republicano: el segundo de ellos lo comandó nuevamente el presidente Reagan y el tercero y último, su vicepresidente George H. W. Bush. Más moderado que su predecesor y que su hijo (George W.), el cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos afrontó la composición de un nuevo orden mundial y gestionó una legislatura en la que alcanzó grandes cotas de popularidad, impulsado por la buena imagen que le proporcionó la Guerra del Golfo.

Para entonces, los neoconservadores se habían convertido en una fuerza emergente que, en cierto modo, se paseaba tranquilamente por la Casa Blanca. Hasta tal punto era así, que el vicepresidente de Bush, Dan Quayle, se permitía el lujo de hacer habitualmente declaraciones de tintes claramente reaccionarios (en el año 1994 criticó públicamente la emisión de Murphy Brown por ofrecer un modelo familiar discutible, al estar protagonizada por una mujer soltera). Preocupado por las licencias que el ala dura de su partido empezaba a tomarse y considerando que se habían alcanzado los objetivos militares establecidos al inicio de la campaña del desierto, Bush desmovilizó a las tropas del Golfo en febrero de 1991, ignorando el enfado que su decisión provocó entre los neoconservadores y muy especialmente en el seno de su Secretaría de Defensa, cuyo segundo al mando, el straussiano Paul Wolfowitz, era firme defensor de la eliminación física de Saddam Hussein. Los vaivenes políticos le permitieron a Wolfowitz alcanzar finalmente su objetivo cuando, una década más tarde, volvió a reintegrarse en el organigrama de la Secretaría de Defensa y demostró con vehemencia que Irak estaba almacenando armas de destrucción masiva. Repasar su trayectoria personal es esencial para comprender el proceso que colocó al terrorismo islámico en el lugar que anteriormente ocupaba la URSS. El premio a su efectiva labor fue ni más ni menos que la presidencia del Banco Mundial entre 2005 y 2007.

Bill Clinton 1992Sin embargo, a comienzos de la década de los noventa el ciclo económico global, esa escopeta de feria que alternativamente han empuñado políticos de todos los espectros ideológicos, decidió darle la vuelta a la tortilla electoral: en la campaña de 1992 eran los demócratas quienes tenían de su parte el carisma, la frescura y el «nada que perder», mientras los republicanos se veían asediados por unos números rojos que ya no podían achacar al despilfarro progresista. Fue entonces cuando el moderado H. W. Bush se encomendó a Dios y a sus portavoces en la nación elegida.

Jerry Falwell había tratado de romper en 1976 el precepto baptista que obligaba a los fieles a abstenerse de participar en política, un mandato que se hacía extensivo incluso al ejercicio del sufragio. A pesar de ello, no fue hasta la fundación de la sociedad Moral Majority (Mayoría Moral), cuando este gesto alcanzó una verdadera trascendencia política: hacia mediados de los ochenta, lo que había comenzado siendo un grupo de telepredicadores itinerantes se había convertido, con el apoyo del sector más conservador del Partido Republicano, en una asociación con más de cuatro millones de afiliados que pretendía monopolizar la base ideológica de la derecha estadounidense. Con buen criterio, los analistas de la época crearon el vocablo teocons para referirse a este nuevo tipo de conservadurismo. Su oportunidad llegó, curiosamente, de la mano de Bill Clinton, exgobernador de Arkansas y efectivo ladrón de votos moderados: aunque ni siquiera los cuatro millones de votos de la pretendida Mayoría Moral pudieron impedir la victoria demócrata, el congreso del Partido Republicano celebrado en el año 1992 en Houston marcó un punto y aparte en la historia política norteamericana. Por vez primera, una parte de los asistentes abucheó incesantemente a los miembros de la candidatura moderada del partido, haciendo imposible que presentaran su programa electoral. Aquellas ideas expulsadas a empellones de la convención texana nunca han podido regresar al ideario republicano, pero en el año 92 la sorpresa que provocó aquel suceso impulsó a una parte sustancial del electorado conservador a votar por el joven Clinton. Para los straussianos aquella fue la derrota más dulce: desde entonces, cada cuatro años, alguno de esos votantes regresa a su partido, que sigue estigmatizado por los militantes que abuchean a los moderados y dicen defender a la gente de bien.  Son lo que hoy se denomina el tea party.

Balanced & family oriented

Color Dream Wisdom Tree

De forma paralela a este proceso, la industria cultural y del entretenimiento fue desarrollando nuevos artículos que atendieran la creciente demanda de productos moralmente adecuados, capaces de desterrar el relativismo que según el nuevo Partido Republicano se había instalado en la sociedad. El objetivo era difundir aquellos valores que contribuyeran a «producir seres humanos admirables», utilizando una de las expresiones predilectas de William Kristol, asesor del ínclito Dan Quayle. Mientras el nuevo presidente era acusado de todo tipo de maldades hasta que finalmente se acertó con una (la asociación de víctimas de acoso sexual llegó a crear una línea telefónica especial para las víctimas de Clinton), un progresivo cambio se operaba en las poderosas industrias del cine, la música y la televisión. El proceso, al que hoy día los estudios se refieren como «las guerras culturales», consistió, esencialmente, en volver a situar la religión en el centro de la moral y la cultura norteamericana, en lo que supuso una auténtica instrumentalización de un elemento en el  que los neoconservadores realmente no creían: los straussianos no adoran a Dios, sino a los valores conservadores asociados al cristianismo.

Sin embargo, en plena década de los noventa, la industria cultural ya estaba comenzando a transformarse en el gigante multimedia en el que se ha convertido en el siglo XXI y, junto a las películas y los discos de música evangélica, otro tipo de productos más novedosos comenzaron a desembarcar en el mercado: series de dibujos animados, programas de fitness moralizante («qué mejor manera de disfrutar de la creación de Dios que las rutinas de Praise Exercises») y, por supuesto, videojuegos.

Desde finales de los ochenta, una compañía de videojuegos en dificultades, Color Dreams, estaba sopesando la posibilidad de producir algunos títulos de temática bíblica, en un descarado intento por captar inversores que la sacaran del pozo. Con este movimiento esperaban ganarse el apoyo de ciertos grupos de presión que aliviarían su situación frente a las grandes compañías como Nintendo creando, al mismo tiempo, un mercado en el que lo importante no sería la calidad del producto. Finalmente, en 1992 nació el sello Wisdom Tree (Árbol de la sabiduría), que ha sobrevivido durante mucho tiempo a la compañía original. Su producto estrella fue el Bible Adventures (Aventuras bíblicas), un lamentable plagio del Super Mario Bros 2 en el que los jugadores recreaban las aventuras de tres personajes bíblicos (Noé, Moisés y David) y que vendió más de trescientas cincuenta mil copias.

Una cultura decente

Bible Adventures ha sido considerado como uno de los peores videojuegos de la historia por varias páginas especializadas y ni siquiera consiguió el certificado de calidad que Nintendo otorgaba a casi cualquier cartucho que funcionara al introducirlo en su mítica NES. A pesar de ello, Wisdom Tree continuó poniendo en el mercado otras atrocidades como Exodus, King of Kings o Bible Bufet. En su máximo esplendor, la compañía llegó a distribuir sus productos a través de otras plataformas como Sega y Game Boy.

La seña de identidad de todos los cartuchos de Wisdom Tree fue la misma que la de tantos otros productos proselitistas destinados a educar a los más pequeños de la casa: explotar la épica de los relatos bíblicos para desarrollar un argumento que, inevitablemente, desemboca en una aburrida y ortodoxa moraleja conservadora. Si al encorsetamiento argumental de los manidos relatos bíblicos le añadimos la inferioridad técnica y artística de todos estos productos, comprenderemos cuáles son las razones que impidieron su éxito en el resto del mercado. Pocos niños escogerían estos productos religiosos y, sin embargo, ahí siguen casi treinta años después, a un solo clic de distancia.

Uno de los preceptos del grupo straussiano que ha inundado los centros de poder internacionales a lo largo de las últimas décadas es promover entre los dirigentes la noción de que, para dirigir una sociedad, es necesario organizar a las élites. Las intenciones políticas de las estrategias trazadas no deben ser conocidas por la masa social, porque se desvirtuarían. Ejemplos como los bizarros videojuegos de Wisdom Tree son, en realidad, la pequeña porción emergida y evidente de un enorme iceberg: resulta fácil vislumbrarlos y esquivar sus extrañas propuestas culturales; es más complicado, en cambio, comprender cómo una sociedad como la estadounidense ha sido incapaz de ver el peligro que acechaba bajo la superficie.

Tras las locomotoras de la Mayoría Moral o la Asociación Nacional del Rifle, se ha ido acomodando un sector de la sociedad norteamericana que, aunque quizá no comparte los postulados de este tipo de organizaciones, aprueba su existencia y se beneficia de sus actividades. Es un lugar común de la política sucintamente expresado por el expresidente del PNV, Xabier Arzalluz: «No conozco ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas».

En un estado como el estadounidense, en el que aún hoy existe un profundo consenso en torno a su identidad nacional y su proyección internacional, el debate político se ha retraído en las últimas décadas hacia las bases morales que vertebran su sociedad, deteniendo durante un prolongado lapso de tiempo la resolución de cuestiones como el aborto, la pena de muerte o las relaciones homosexuales, que antes del congreso de Houston de 1992 habían ido penetrando lentamente en el programa del Partido Republicano. De este modo, las medidas proactivas que habían logrado hacerse un hueco entre las tensiones de la Guerra Fría han desaparecido de un panorama político que está nuevamente condicionado por el enfrentamiento militar de EE. UU. contra un adversario inaprensible. Un enemigo alimentado por los mismos grupos de poder que han alterado a su antojo el sentido de la democracia norteamericana. La democracia a la que, hasta que se demuestre lo contrario, miran todas las demás.

Nota: Una versión previa de este mismo artículo fue publicada en Neville Magazine Digital. Para visitarla, pulsa aquí.

Víctor Muiña Fano

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