Me llamo Íñigo Montoya, prepárate a decidir. El supuesto de racionalidad: del cine a la vida real

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Uno de los aspectos más criticados en economía y otras ciencias sociales en las que se tiene que modelizar el comportamiento humano es el supuesto clásico de que los humanos se comportan de forma racional. Pero, ¿están justificadas estas críticas? ¿Conocen exactamente su significado e implicaciones?

Princesa prometida

El supuesto de racionalidad

El supuesto de racionalidad asume que los individuos tienen un objetivo que quieren alcanzar. En el caso de las personas podría ser por ejemplo la felicidad o, en el caso de una empresa, los beneficios. Una vez conocido ese objetivo, el supuesto asume que se hacen elecciones óptimas que conllevarán a la maximización de su felicidad, los beneficios, o cualquier objetivo que se tenga. Y cabe prevenir contra el malentendido común: la persecución de un objetivo no equivale necesariamente a egoísmo. Una persona podría tener dentro de su «función de felicidad» ayudar a los demás, que es lo que la hace feliz, y dedicar así su vida al altruismo siendo totalmente racional.

Si estás tomando decisiones sencillas, alcanzar el objetivo no parece difícil. Si tienes que elegir para merendar naranjas o cerezas y te gustan más las naranjas, serás racional si las eliges, porque es la elección que maximiza tu felicidad o tu satisfacción de apetito. Parece por tanto muy sencillo saber cuál es la decisión óptima y por tanto qué significa ser racional.

Ahora bien, si complicamos algo más las cosas, tomar decisiones racionales puede no ser tan simple. En concreto, es algo que se vuelve bastante más difícil si el resultado que vayas a obtener no solo depende de tu decisión, sino también de la decisión de otras personas. Esta tesitura se presenta en muchísimas situaciones de la vida real: el mercado mismo no es más que un conjunto de agentes con motivaciones que llega a un equilibrio que depende de lo hecho por todos ellos. Por supuesto, estos problemas también han tenido su cuota de protagonismo en la ficción.

¿Tú mataste a mi padre? Ahora, ¿qué debo hacer yo?

Vizzini

Un ejemplo de qué significa ser racional, en el que el resultado depende también de las decisiones de los demás, lo encontramos en la película La princesa prometida (The Princess Bride, 1987), famosa cinta de aventuras basada en el libro homónimo de William Goldman. Ya saben, el film que alcanzó la categoría de película de culto gracias a grandes momentos como ese inmortal: «Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir».

Pero la escena que nos interesa ahora es la batalla de ingenio. La bella Buttercup ha sido raptada por tres particulares personajes: un turco enorme llamado Fezzik, un excelente espadachín español llamado Iñigo Montoya y un pequeño genio siciliano cuyo nombre es Vizzini. Estos tres secuestradores están siendo perseguidos por un misterioso hombre enmascarado del que desconocemos su identidad. Este caballero muestra una gran fuerza y habilidad al vencer al gigante y el espadachín en sendos duelos, y así, por fin, solo le separa de la princesa el inteligente Vizzini. Ambos acuerdan batirse en duelo a muerte en una batalla de ingenio por la princesa.

Este duelo consiste en lo siguiente: hay dos copas de vino y un veneno insípido e inodoro. El caballero enmascarado echará el veneno secretamente en una de las dos y Vizzini tendrá que elegir de qué copa beber (la suya o la opuesta) y, por descarte, de cuál debe beber su contrincante. De esta manera, vemos que el resultado del duelo no depende solo de la decisión que Vizzini tome (de qué copa beber), sino también de la decisión del caballero enmascarado (echar el veneno en su propia copa o en la de su adversario). Estamos, por tanto, ante una de esas decisiones en las que no resulta tan fácil saber cuál es la actuación racional.

Vizzini 2Vizzini, sin embargo, es un siciliano listo y empieza a pensar: «Lo único que debo hacer es deducir por lo que sé de vos, si sois la clase de hombre que vertería el veneno en su copa o en la de su enemigo». Así, el siciliano acaba de definir en un momento qué significa decidir de forma racional en estos casos. Para saber de cuál debe beber, lo que hace es ponerse en el lugar del otro para averiguar qué es lo que este ha hecho. De este modo, una vez somos conscientes de lo que los otros hacen, podemos actuar en consecuencia con la mejor respuesta posible.

Veamos cómo funcionaría el caso, suponiendo que el hombre enmascarado es también racional: Vizinni comienza exponiendo que «un hombre listo vertería el veneno en su propia copa porque sabría que solo un idiota creería lo que parece lógico». Como vemos, el siciliano está poniéndose en el lugar del hombre enmascarado. Cree que ha pensado que sería bastante obvio y tonto echar el veneno en la copa del oponente al que quieres envenenar, ya que el que bebe va a desconfiar y no elegirá su propia copa. Por tanto, un hombre listo vertería el veneno en su propio vino para que su oponente haga la deducción previa, cambie las copas, y acabe finalmente envenenado.

Vizzini continúa: «Y yo no soy un idiota, así que no elegiré el vino que tenéis frente a vos». Ahora que sabe lo que su oponente ha hecho, puede tomar una decisión. En este caso, será beber de donde no hay veneno, es decir, de su propia copa. Sin embargo, el pequeño sabio no se detiene ahí: «Pero podéis haber deducido que yo no soy un idiota y habríais contado con ello, por lo que no elegiré el vino que está frente a mí». Sigue poniéndose en el lugar del otro. El hombre enmascarado sabría que Vizinni es un hombre sabio, por lo que seguramente era consciente al verter el veneno de que su rival deduciría todo lo anterior. De esta forma, debería colocar el veneno precisamente en la copa del italiano, ya que es la que este escogerá. Ahora bien, como Vizzini sabe este razonamiento que pudo haber hecho el hombre enmascarado, no beberá de su propio vino, sino del de su adversario.

Podemos continuar, pensando que el hombre enmascarado pudo haber sabido todo eso, por lo que habría puesto el veneno precisamente en su copa, debiendo escoger la contraria… Y así infinitamente.

El supuesto de racionalidad, por tanto, no solo considera que tú y el otro sois racionales, sino que sabes que el otro es racional y también que el otro sabe que sabes que él es racional, etc. Así, al ponerte en el lugar de otra persona, verás que él también se ha puesto en tu lugar para averiguar tu comportamiento, que sería precisamente ponerte en su lugar y, de nuevo, así infinitamente.

Piedra, papel y tijera

Piedra Papel Tijera

Veamos otro ejemplo. Si jugamos a piedra, papel o tijera, nuestro objetivo será ganar, pero el resultado no depende solo de la decisión que tomemos nosotros (sacar piedra, papel o tijera), sino también de la decisión de nuestro contrario. Necesitaríamos saber por tanto qué piensa el adversario. Supón que estás jugando con un amigo al mejor de tres y la primera vez ambos habéis sacado tijera. Lo más obvio sería pensar que si tu amigo no es muy listo la siguiente ronda sacará lo mismo, es decir, tijera, y por tanto tú deberías sacar piedra. Ahora bien, puedes pensar que quizás tu oponente no es más estúpido que tú y por tanto también podría haber llegado a ese mismo razonamiento, con lo que sacará piedra. Tú, en consecuencia deberías sacar papel. Si vuelves a darte cuenta de que quizás tu amigo no es más tonto que tú, volverás a repetir el razonamiento y concluirás que debes volver a sacar tijera. Esto se puede repetir hasta el infinito, pero tu objetivo siempre será saber lo que el otro está pensando para poder estar un paso por delante de él y reaccionar óptimamente, ganando así la partida y consiguiendo tu objetivo.

Solución por estrategias mixtas

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Dando por sentado que se cumple el supuesto de racionalidad, ¿cuál es, entonces, la solución racional? ¿Quedarse pensando infinitamente sin decidir?

Desde luego, hay una solución estable. Y es posible hallarla a través de estrategias mixtas. Esto implica no actuar de ninguna manera determinada: sacar indistintamente piedra, papel o tijera o elegir la copa de vino al azar (y con la misma probabilidad, en este caso). Tiene sentido: si en un concurso de piedra, papel o tijera, viendo las antiguas jugadas de un participante en la competición se puede deducir algún patrón determinado de comportamiento, se podría sacar ventaja de ello y derrotarle. Lo mismo pasa con el vino. Pero si actúas al azar, aunque se pongan en tu lugar y sepan perfectamente cómo te vas a comportar, eso no les dará absolutamente ninguna ventaja porque no podrán predecir tus acciones.

Esto tiene numerosas aplicaciones prácticas. Por ejemplo, en cualquier tipo de control de seguridad, ya sea una búsqueda de explosivos en los vehículos que entran a una zona conflictiva o el registro de pasajeros en los aeropuertos, si no se disponen de medios para controlar todas las posibles vías de acceso o a todos los individuos, se pueden usar estrategias mixtas para disuadir a los que tengan malas intenciones. Si solo podemos controlar un cierto número de carreteras al mismo tiempo, o revisar a fondo una determinada cantidad de pasajeros por hora, ¿cómo deberíamos establecer los controles? Si de forma sistemática nos situásemos en una carretera o registráramos a un tipo concreto de persona, nuestros controles serían franqueables porque seríamos predecibles. Eso es precisamente lo que ocurre cuando los traficantes usan métodos específicos (intentar introducir droga en un país usando mujeres, niños u otros sujetos que en principio resultan menos sospechosos). Por este motivo, en muchas de esas situaciones se establecen controles aleatorios, para que los que quieran burlarlos no obtengan ninguna ventaja conociendo el sistema de controles. Siempre tienen posibilidades de ser interceptados.

Lo mismo ocurriría cuando se señala un penalti durante un partido de fútbol. Si el delantero tirase siempre al mismo lugar, sería muy fácil para los porteros detener el balón. Por eso los delanteros siempre deberían buscar un factor de aleatoriedad a la hora de tirar a chutar. Les interesa ser impredecibles.

¿Se ajusta a la realidad?

Inigo MontoyaUna vez entendido lo que quiere decir el supuesto, cabría preguntarse si realmente nos comportamos así los humanos. Lo cierto es que no. En ocasiones nos comportamos irracionalmente. Y aun así el supuesto de racionalidad se toma en consideración, fundamentalmente, porque se aproxima al comportamiento real. A pesar de que no hagamos todo este proceso en nuestra cabeza, muchas veces nos acercamos bastante, de forma inconsciente, al resultado racional.

Esto ocurre especialmente cuando tomamos decisiones sencillas. Si nos dan a elegir entre obtener cincuenta o cien euros, no tendremos ningún problema en elegir la decisión más racional. Pero también cuando el problema no resulta sencillo nos acercamos a la racionalidad en la toma de decisiones importantes. Si, por ejemplo, estamos en el supermercado y tenemos que elegir entre una gran oferta de barras de pan, con sus diferentes tipos, tamaños y precios, seguramente no lleguemos al resultado más racional, ya que no dedicaremos mucho a pensar qué barra nos haría más feliz. Simplemente elegimos una barra de pan que nos parezca adecuada y tenga una forma aproximada a la ideal. Sin embargo, si vamos a comprar una casa, seguramente no tomaremos esa decisión a la ligera. Dedicaremos mucho tiempo y esfuerzo a analizar qué preferimos y, por esa razón, nuestra decisión será muy cercana a la racional. De la misma forma, a la hora de comprar una casa, escoger un modelo de coche o decidir qué oficio querríamos tener, es común consultarlo con varias personas. Y eso es así porque las decisiones conjuntas también se suelen acercar más a la racional que las individuales.

Otra situación semejante se da en las decisiones repetidas muchas veces. Aunque la primera vez que nos enfrentemos a una situación la solucionemos de forma rápida e intuitiva, en función de cómo hayamos entendido las condiciones, el hecho de repetirla una y otra vez nos hará poco a poco comportarnos de la forma racional. Esto ha sido probado con los alumnos de la Universidad de Stanford, a los que se propuso participar en juego numérico online llamado «la versión estilizada del concurso de belleza de Keynes». Se pudo comprobar cómo la primera vez que los más de diez mil alumnos jugaron, muchos no eligieron la solución racional, pero conforme repetían el juego todos se iban aproximando poco a poco.

Professionals Play MinimaxEl mismo efecto también ha sido observado en los mil ciento cuarenta y siente penaltis lanzados en los partidos FIFA analizados en Professionals Play Minimax (Review of Economic Studies, Ignacio Palacios-Huerta, 2003), donde se comprueba que los jugadores aleatorizan los lanzamientos de una manera aproximada a la que deberían escoger en el caso óptimo que predeciríamos por estrategias mixtas.

Otra razón por la que se toma en consideración este supuesto es porque, a pesar de que no siempre nos comportamos de forma racional, es fácil de usar. Modelizar el comportamiento humano no es sencillo en absoluto y, en cambio, sí sabemos cómo es un comportamiento racional. Intentar averiguar cómo será un comportamiento irracional es como intentar averiguar qué come un animal que no es un tigre. Simplemente, hay demasiados tipos de comportamiento irracional.

En cualquier caso y para rizar el rizo, hay ciertos comportamientos que difieren del racional y que se dan sistemáticamente. Por lo tanto, pueden ser incorporados al modelo. Uno de ellos, que tiene enormes implicaciones políticas, es el mantenimiento del status quo. Por ejemplo, si en la declaración de la renta tuviéramos una casilla que nos dejara decidir si donamos un dinero extra a la caridad o no, el resultado del total de las decisiones que tomen los ciudadanos será distinto dependiendo de cómo se haga la pregunta. Si se indica que al marcar la casilla se donará una parte extra a la caridad, el sentimiento de que se nos quitará parte de nuestro dinero para ello será más grande y menos personas la marcarán. Pero si, en cambio, en la casilla tenemos que marcar que no se le dé una parte extra a la caridad, el sentimiento de estar quitándole recursos a la caridad para incorporarlos a los nuestros prevalecerá y menos personas decidirán no donar marcando la casilla. El resultado económico para nosotros, sin embargo, es el mismo en ambos casos.

Sea como fuere, el supuesto de racionalidad es realmente valioso y no solo porque los resultados que arroja son una buena aproximación de lo que ocurrirá en la mayoría de los casos, sino porque, además, como dijo el nobel Roger Bruce Myerson, tiene ventajas que no pueden ofrecer las alternativas: nos da una solución única, que se obtendrá de una forma comprobable y repetible, indistintamente de quién analice el problema; es fácil de obtener y trabajar, ya que implica una maximización de un objetivo y, por tanto, un contexto matemático sencillo con el que trabajar; y, finalmente, la gente aprende del mismo con lo que, a la larga, su comportamiento debería tender al racional.

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