Michael Wolff: «No habrá una guerra de Trump»

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Cuenta Michael Wolff (Nueva Jersey, 1953) que cuando se presentó a Trump para decirle que quería escribir un libro sobre su carrera hacia la Casa Blanca, el magnate pensó que le estaba pidiendo trabajo. La anécdota revela parte de la personalidad del político más poderoso del mundo: una persona que piensa que el planeta gira a su alrededor, como si el resto de seres humanos fuesen sus satélites. De hecho, como le confesó a Wolff, su aspiración es ser «el hombre más famoso del mundo».

Wolff, autor de numerosos reportajes, libros e investigaciones sobre la vida política de Estados Unidos, consiguió incrustarse en la campaña de Trump y, después, en la Casa Blanca que el hoy presidente dirige con su peculiar estilo. El periodista logró ser una «mosca en la pared» en la sede del gobierno estadounidense donde reinan Trump y el caos: por eso pudo asistir a reuniones del máximo nivel, por eso nadie se atrevió a echarlo de allí cuando se agotó el favor del hombre llamado a hacer América grande otra vez. El resultado de esa intromisión (y de más de doscientas entrevistas, según el autor) es un libro titulado Fuego y furia (Península), que irritó tanto a Trump que el presidente quiso prohibirlo. No solo no lo consiguió, sino que ayudó a promocionarlo y a convertirlo en un best-seller mundial. A Wolff le han criticado por no citar fuentes, por reproducir conversaciones en las que no participó, por poner en boca de algunos personajes esenciales en esta «Historia del siglo» frases que tal vez no pronunciaron. Es posible que haya algo de fábula en Fuego y furia, quizás un exceso de espectáculo. Pero al mismo tiempo resulta casi todo verosímil, factible, probable. No en vano, la presidencia de Trump, un hombre que se jacta de no leer ningún libro (ni siquiera los suyos), es un fenómeno que todavía parece a muchos como algo más propio de la fantasía salvaje de un guionista de un reality show alucinógeno que de la realidad. Y sin embargo, ahí está. Esa es la realidad. El mundo de Trump. Nuestro mundo.

Hablamos con Michael Wolff en el hotel Ritz de Madrid, durante una de sus numerosas escalas en una infinita gira de promoción global.

¿Le sorprende el impacto y él éxito de su libro?

Sí, siempre he pensado que iba a tener repercusión, que sería polémico, pero la magnitud de la respuesta que ha obtenido es sorprendente y creo que confirma que es la historia más importante de nuestra época. La historia de Donald Trump: todo el mundo piensa en ella, nadie la entiende y se busca una explicación, encontrar de alguna manera el sentido de todo esto.

¿Cree que ese es el motivo de la fascinación? ¿El hecho de que sea difícil de entender?

No es que sea difícil de entender, es que Donald Trump no tiene lógica. Estamos en un momento existencial, si lo quieres decir así. ¿Por qué ha ocurrido? ¿Cómo? ¿Quién es este señor? ¿Qué es lo que explica este momento en la historia?

¿Usted cree que Trump es fascinante?

Creo que es más grande que la vida misma. Es imposible de explicar, es impredecible. Es un personaje sacado de Dickens, vamos a decir. Pero, dicho esto, también es unidimensional, una caricatura. Por lo tanto, no estoy seguro, Trump es algo. Algo increíblemente interesante y que llama la atención. Puede que no sea fascinante, pero es atractivo quizá como lo es un choque de trenes.

Usted lo describe en su libro como un «milagrero». Ni él ni su equipo creían que pudiese llegar a ser presidente. ¿Cómo es posible hacer toda una campaña sin creer en la victoria?

Durante la campaña yo le pregunté a Donald Trump cuál era su objetivo y él me dijo que quería ser el hombre más famoso del mundo. Es un objetivo sustancialmente distinto a ser presidente de los Estados Unidos. Yo creo que él veía esto como una forma de hacerse cada vez más famoso, y de hacerlo además de forma económica, porque la gente contribuye a tu esfuerzo. Con razón, él creía, como todo el mundo, que las probabilidades de salir elegido eran casi nulas, pero luego ocurrió.

Usted escribe que Trump y su gente estaban preparados para perder con «fuego y furia», y que perder, para ellos, era ganar. Ganaron. Un año más tarde, ¿cree que han aprendido a gobernar el país?

No, no creo que haya cambiado nada desde el primer día. Es todo tan caótico como siempre, con su carencia de objetivos y sin formación. Esta presidencia existe, en efecto, únicamente en la mente de Donald Trump, y ese es un lugar realmente extraño.

¿Ha sido este caos lo que le ha permitido ser una «mosca en la pared»? ¿Cómo consigue usted meterse en la Casa Blanca?

Bueno, el caos desde luego que sí que ayudó. Cuando yo le dije a Trump que me gustaría ir a la Casa Blanca como observador, al principio pensó que le estaba pidiendo trabajo. Y yo le dije que no, que lo que quería era escribir un libro. Eso no le interesó para nada, pero por alguna razón dijo que sí, que adelante. Y con todo ese caos en el que viven no hubo nadie para preguntar a qué había accedido, cuáles eran las condiciones o las implicaciones. Así que me abrieron la puerta y básicamente ahí me quedé durante siete meses, familiarizándome con todo el mundo, en cierto sentido como una parte del mobiliario.

Usted escribe que Trump y su gente podrían ganar al perder. ¿Qué ocurre ahora que ya están ganando?

¡Lo que les pasa es que quedan en evidencia y que pueden hasta acabar en la cárcel! Algo que les sucedió al no estar preparados para ganar es que no se protegieron de la forma más elemental. Pensaban que podían hablar con los rusos, porque no iban a ganar; creían que no tenían que lidiar con sus propios problemas financieros porque no iban a ganar; no creían que tuviesen que aprender nada. Ganar es lo que les expone.

¿Usted cree que hay una injerencia rusa en las elecciones?

Sabemos que la hay. El Fiscal especial ha demostrado claramente que hubo una injerencia por parte del Estado ruso en las elecciones estadounidenses. Claro, nos queda por saber todavía hasta qué punto Trump y su campaña estaban involucrados. Sí sabemos que estaban relacionados, y yo creo que es probable que se demuestre que, al menos, los rusos los han utilizado. Con lo cual, como mínimo, sabemos que fueron lo suficientemente estúpidos como para ser usados por los rusos. Así que incluso aunque no hubiese una conspiración abierta de la campaña de Trump con Rusia, no sé si es muy reconfortante saber que pueden ser tan estúpidos como para ser tan fácilmente manipulables.

¿Presenció usted alguna de estas presuntas injerencias rusas?

No, yo no las vi.

¿Quién es el jefe en la Casa Blanca?

Donald Trump. Donald Trump es el jefe, y ese es el problema. Este señor no está para nada, ni preparado ni interesado en este trabajo. Y es él quien manda. En el centro de esta Casa Blanca hay un hombre que solo vive en el momento, y él decide o no las cosas, las tuitea… En mi libro observo cómo todo el mundo, repentinamente, se va desesperando, desilusionado y finalmente alarmado al trabajar para este hombre, porque entre todas estas cosas es imposible hacerlo.

Un aspecto curioso de su personalidad es que no quiere tomar decisiones; quiere hacer discursos, declaraciones, meterse en polémicas y conflictos, pero no quiere tomar decisiones porque para eso hace falta estar informado, estudiar y dialogar con muchas personas. Y eso no le gusta. Por ejemplo, cuando Siria usó armas químicas en un pueblo y mató a muchos niños, desde la Casa Blanca se buscó una respuesta rápida y bastante tradicional, pero Trump no quería tomar esa decisión. De nuevo: era demasiado complicado. Los generales fueron a explicárselo y él abandonó la sala, como hace siempre. Siempre que le enseñan un PowerPoint sale por la puerta. Luego fue su hija Ivanka la que insistió y lo convenció. Pero usando imágenes: una gran presentación de fotos de niños a los que les salía espuma por la boca tras sufrir los efectos del gas. A Trump le conmovieron esas fotos y, entonces sí, basándose en eso, decidió lanzar el bombardeo.

A Ronald Reagan tampoco le gustaba nada leer los informes que le preparaban. Casi no los leía. Como George W. Bush. ¿Cuál es la diferencia con Trump?

Estamos hablando de un salto cuántico. Donald Trump no lee nada. Cero. No lee informes cortos. No quiere informes. No hay lectura. Y esto es algo bastante extraordinario, porque una de las características del trabajo que supone ser presidente de los Estados Unidos es la gran cantidad de información que tienes que absorber. En eso consiste el trabajo, básicamente, y por eso la cosa se pone muy complicada cuando tenemos a un presidente que no quiere leer nada. En el caso de Trump se agrava todavía más porque tampoco escucha. Así que, si ni lee ni escucha… ¿cómo te comunicas con un señor así? ¿Cómo le haces llegar la información que necesita, a la fuerza, para desempeñar su trabajo?

En un momento le comparas con Bill Clinton pero por otros motivos: por ser mujeriego…

Bill Clinton es un mujeriego, un mujeriego egoísta, una persona desde luego dispuesta a cosificar a las mujeres en muchos aspectos de la misma forma en la que lo hace Donald Trump. Eso, sin duda, es algo que tienen en común. La diferencia es que Clinton puede leer y escuchar y absorber información. Si hay un aspecto de él que uno podría querer que fuera de otra forma, también existe el otro lado: que Bill Clinton es un hombre que se ha preparado para hacer este trabajo.

Se suele pensar que hay una cierta continuidad entre los presidentes estadounidenses. En ese sentido, ¿Trump mantiene un nexo o es una anomalía?

Yo creo que Trump es exactamente lo contrario a todos los demás presidentes de los Estados Unidos. Y esa es la decisión que tomaron los votantes en 2016, tras una creciente desilusión con los políticos y la política. A la gente se le dio la oportunidad de votar a alguien que no tenía ninguna conexión con la política, alguien que no tenía los atributos que habitualmente asociamos con los políticos: ni su temperamento, ni sus metas, ni sus intereses… nada. Trump es literalmente la otra cara de la moneda y es la elección que había: por un lado la clase política y por el otro a alguien que no formaba parte de ella, y que ni siquiera conoce a los políticos. Trump no está preparado para asumir el poder bajo ninguna de las premisas que normalmente asumes como fundamentales. Nada. Fue como un gran experimento: rechazamos y estamos insatisfechos con esto, vamos a hacer todo lo contrario. Ahora bien, yo creo que viéndolo desde el presente, el experimento ha fracasado y está siendo dramático.

También parece estar fracasando en el sentido de luchar contra el «Estado profundo», como dice Donald Trump. ¿El «Estado profundo» todavía está dirigiendo el país?

Voy a cambiar los términos de la pregunta. Yo creo que la democracia consiste en las personas que son elegidas para sus cargos. Son las campañas, los eslóganes, etc., pero también se trata de las instituciones gubernamentales. Cuando profundizas en Trump compruebas que está en contra de ellas: él las llama el «Estado profundo» o la «ciénaga». Sin embargo, son las instituciones que dominan el Gobierno y la vida en Washington, y su premisa es que él puede ser más grande que esas instituciones, que puede romperlas, subvertirlas o simplemente cesarlas. Por ejemplo, cuando despidió al director del FBI: es como si pensara que podía despedir al FBI. Así que una de las cosas que estamos observando es una prueba de esta misma tesis: un hombre contra estas instituciones. Y yo lo que creo es que lo que va a ocurrir es que estas instituciones van a derrotar a Trump.

Donald Trump cesó a Steve Bannon, un personaje muy importante para su libro y también para la presidencia. ¿Qué pasó? ¿Dejó de creer en él? ¿Ya no era útil?

Yo creo que fue útil para Trump. Es más, Donald Trump es presidente gracias a Steve Bannon: fue la estrategia de Bannon la que puso a Trump en la Casa Blanca. Fue él quien le dio una visión coherente, incluso un fundamento intelectual a su presidencia. Pero precisamente por eso Trump tenía que acabar con Steve Bannon. Trump es solo Trump y no comparte nada con nadie. La idea de que Bannon pudiese llevarse una parte de la gloria por su victoria o que se le pudiese considerar directamente a él como cerebro de la operación era demasiado. No podía soportarlo y al final, claro, Trump es demasiado inseguro como para reconocer que su éxito puede deberse a otra persona.

Este populismo conservador de Steve Bannon, el movimiento de derecha aternativa, ¿va a sobrevivir más allá de Trump?

Bueno, Steve Bannon cree que este «movimiento nacionalista-populista», como él lo llama, es un fenómeno global. Piensa que este fenómeno en Europa está conectado con el de Estados Unidos, y que es más grande que Donald Trump, quien no es más que una herramienta en un momento dado en la historia, y que por tanto no se acaba con Trump.

Reagan ganó la Guerra Fría. Bush tuvo Irak; y Obama, Afganistán y también Irak. ¿Cuál será la guerra de Donald Trump?

Yo creo que lo más probable es que no vaya a haber una guerra de Trump. Ir a la guerra es difícil: tienes que prestar atención, tienes que escuchar a los generales, algo que Trump realmente odia hacer. Como te digo, Trump siempre se va de la sala cuando hablan los militares… La guerra es una actividad que requiere mucha información. Las guerras ahora se disputan con datos y hay que movilizar un gobierno. Es una tarea complicada para la que Trump no tiene ni ganas ni, francamente, capacidad. Creo que Trump prefiere, con creces, amenazar con la guerra, con «fuego y furia», que ir a la guerra. De hecho, su misión no es tanto tomar acción, si no amenazar.

¿Usted cree que la democracia estadounidense va a sobrevivir a Trump?

Yo creo que va a sobrevivir y lo que estamos viendo cada día es precisamente su proceso de supervivencia. Las instituciones de la democracia están bloqueando el camino de Donald Trump. La ciénaga de la que habla Trump resulta ser una parte esencial de nuestra democracia y yo tengo toda la fe del mundo que eso es lo que le va a derrumbar.

¿La victoria de la democracia sobre Trump es una cuestión de fe?

Bueno, supongo que sí. Es una cuestión de fe.

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