El número del balón: El Dinamo matemático

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El 4 de Octubre de 1957 el Sputnik despegaba de suelo soviético directo a la cultura popular universal. La cibernética, que había sido una de las ciencias prohibidas por Stalin hasta que su muerte produjo un cambio de metodología, reaparecía como parte de la nueva política soviética de estudios interdisciplinares. Los cerebros humanos y tecnológicos soviéticos habían comenzado la carrera por el Siglo XXI antes que el Mundo Libre.

Ese mismo año, 1957, Valery Lobanovsky se ponía por primera vez la camiseta de jugador profesional del Dinamo de Kiev. No se la quitaría hasta 1964. Vistió después las del Chernomorest y las del Shakhtar Donest. Solo tenía veintinueve años. Zurdo y fino, individualista y veloz, fue el mejor jugador ucraniano de su tiempo, dicen. Fue también, después y en distintos momentos del tiempo soviético, el mejor entrenador de la historia de su fútbol. Uno de los mejores de todos los tiempos, en realidad, uno de los pocos y verdaderos innovadores.

A ese Lobanovsky hay que sacarlo del envoltorio que conocimos a finales de los 90, justo en el vértice del siglo ya plenamente tecnológico. Era un anciano prematuro que se balanceaba impávido en el banquillo. Hinchado, con la nariz venosa y los rasgos congestionados bajo unas cejas de ogro de cuento y una gorra de abuelo que juega a la petanca; parecía empeñado en caber dentro de la misma gabardina que usaba en 1975. Pendulaba como un muñeco, indiferente al tiempo y al resultado. O tal vez era un metrónomo humano, que ritmaba los movimientos de sus jugadores como llevaba haciendo desde aquel mismo 1975. La música de las esferas, el esplendor geométrico de un fútbol ucraniano que fue soviético: cartesianismo y poesía, la melodía romántica de la máquina.

Si se hubiese podido partir aquella carcasa de hombre castigado, hubiésemos aparecido en mitad de los 70 y su rostro, más joven pero igual de viejo, seguiría siendo impenetrable. Lobanovsky apreció decidir en un punto de su vida que al juventud era un engorro y un obstáculo, un objeto molesto en mitad de una misión; porque Valery Lobanovsky era un hombre con una misión.

En el excelente libro Inverting The Pyramid. The History of Soccer Tactics, Jonathan Wilson recoge una historia contada por el científico Valodymyr Sabaldyr, quien a principio de los 60 era jugador amateur de la zona de Kiev y amigo de varios de los jugadores jóvenes de aquel equipo. Sabaldyr, eufórico, abraza a unos jugadores en igual estado. Todo menos Lobanovsky, el extremo izquierdo, la estrella. Le pregunta que si no está feliz y le felicita efusivamente.

Lobanovsky, ya poseído por la misión (y por la visión) le dice que no hay nada que felicitar. «Sí, ganamos la liga, pero a veces jugamos mal y solo hicimos más puntos que otros que jugaron peor. No puedo aceptar tus felicitaciones porque no son justas. Me di cuenta de que los sueños dejan de serlo en cuanto los consigues». Mirando desde el fondo de aquellas cejas, con unos ojos azules capaces de cortar metal y alinear circuitos imaginarios, le pregunta: «¿Cuál es tu sueño como científico? ¿Tu carrera? ¿Tu doctorado? ¿Tu tesis?»… Sabaldyr, sobrecogido, acierta a decir que su sueño como científico es el de hacer una contribución al desarrollo de su campo, dejar su marca. Esa es la respuesta, zanja Lobanovsky.

Era 1961 y el Dinamo de Kiev acababa de ganar su primera liga soviética. La primera que no era conquistada por un combinado ruso. Yuri Gagarin entraba en la órbita terrestre a bordo de la Vostok 1. El primer hombre en el espacio era un soviético. Triunfal tecnología comunista, cibernética roja. Lobanovsky no aspiraba a menos.

Estudiante formidable desde niño, con inclinación por la matemática, desarrolla, en paralelo al vértigo de la banda, una carrera universitaria como ingeniero. La Universidad Politécnica de Kiev es en las décadas de los 60 y 70 el epicentro de la evolución soviética y en ella Lobanovsky entra en contacto con la cibernética y la computación: la señal que guía la misión. El fútbol puede ser descompuesto, ordenado, computado: la música de las matemáticas, la pureza del orden y la línea, la sencillez espectacular del primer toque, del número exacto, del enlace necesario. En el laboratorio de la universidad y en el laboratorio de su cabeza ha engendrado el Dinamo Matemático. Como dice el guionista de cómics Grant Morrison al principio de Flex Mentallo: «Antes de ser una bomba, la bomba fue una idea».

Su Dinamo será la decantación de la belleza de la idea soviética: el individuo desarrollándose en la colectividad, la perfección del sistema, el todo mejorando a las partes. Mientras el gran Sistema pudría y se pudría, el pequeño sistema, el deportivo iba a alumbrar dos equipos casi gemelos: el Dinamo de Kiev y el CSKA de Moscú de hockey sobre hielo. Ambos alcanzaron su cénit expresivo a mediados de la década de los 80, cuando Mikhail Gorbachev era elegido Secretario General del Partido y comenzaba la caída del Telón de Acero, cuando el calor de la Guerra Fría alcanzaba su masa crítica y, de repente, se consumía en White Light/White Heat capitalista.

En ellos los jugadores gravitaban en torno al balón o la pastilla, dominando un esquema de constantes permutas y combinaciones donde todo era una cuestión de conectividades, tan orgánico, tan fluido que el esfuerzo parecía desvanecerse, como en una máquina cuando ejecuta su programa. Un juego feliz: cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa, donde los imprevistos estaban previstos por un sistema adaptativo.

Lobanovsky tuvo que ejecutar este programa primero en sí mismo. Como jugador se había formado con Victor Maslov, otro pionero en invertir la pirámide. Entrenador en distintos periodos de los 40 y 50 del Torpedo de Moscú, fue el inventor del 4-4-2, comenzó a trabajar la presión al adversario e introdujo revolucionarios métodos alimenticios, anticipando la conversión del futbolista en atleta. Lobanovsky nunca se llevo bien con Maslov, pero aprendió con él durante el año en el cual lo entrenó.

Era, en los 60, todavía demasiado joven y arrogante para someterse a la táctica. Extremo izquierdo suele significar en el fútbol verso libre, inspiración y genio sin embotellar. Pero comprendió la importancia de la velocidad y la presión. Y comprendió también que para el fútbol que se estaba formando en su cabeza, la idea antes de la bomba, debía deshacerse de sí mismo. El ego individual se disolvería en el colectivo: si el Lobanovsky jugador era volátil y mercurial, el Lobanovsky entrenador sería hierático y metronímico: un asceta matemático sin necesidad de protagonismo directo.

Entre 1969 y 1973 entrena al Dnipro, el equipo de la metalúrgica Bryansk que llegaría a ganar dos ligas soviéticas en el 83 y el 88. Años de otra educación universitaria. En 1974 firma por el Dinamo de Kiev: la idea debe probarse, sino solo es teoría patafísica. Su Dimano gana dos ligas seguidas, una Copa de la URSS, una Recopa de Europa y una Supercopa frente al Bayern de Munich. El método es válido; su aplicación tras dos años, concluyente.

La Unión Soviética que había abrazado entusiasta el progreso tecnológico desde los 50 reverberaba también el fútbol, en el deporte. Anatoly Zelentsov, decano del Instituto de Ciencias Físicas y el entrenador de atletismo Valentin Petrovski son su verdadero equipo. Zelentsov, con su computerización del rendimiento de los deportistas y sus avanzados programas estadísticos que calculaban probabilidades compartimentado el campo y situando en cada lugar al jugador más indicado en el momento más preciso, se convierte en gurú del entrenador. Lobanovsky y Zelentsov se adelantaban en más de una década a los trabajos en sabermetría de Bill James en su Baseball Abstract. Una teoría aplicada al éxito, y que se basó en la implementación en los Oakland Athletics por parte de Billy Beane, manager general, y Paul De Podesta, su mano derecha, que consistía en un sistema que obviaba el valor de mercado de los jugadores y se basaba en su valor estadístico. Bill James lo publica por primera vez en 1977, Los Okland Athletics lo aplican en 2002, Zelentsov y Lobanovsky trabajan en su propio y mucho más complejo sistema en 1972.

En paralelo, del lado occidental de Europa, el fútbol holandés había florecido agarrado a un juego psicodélico y fluido, ultramoderno y rupturista. Rinus Michels como entrenador y Johan Cruyff como decantación quintaesencial alumbraban el fútbol total en el Ajax de Amsterdam y los trasladaban a la selección holandesa. A ese fútbol contracultural había llegado a través de la intuición, pero participaban de la misma idea. Una sincronicidad. Quizás porque Alan Moore tiene razón y las ideas están ahí, en un espacio colectivo imaginario tan libre y salvaje que ni siquiera la impenetrabilidad del silencio de radio del bloque soviético podía compartimentar.

Lobanobsky piensa fútbol de laboratorio donde Cruyff lo defiende de calle, pero lo cierto es que el ucraniano guarda bajo la coraza de monje guerrero un pequeño corazón de futbolista y su método nunca se interpondrá en el talento individual; al contrario, su objetivo primordial es elevar este a su mejor versión, habiendo previsto cuándo y dónde esta tendrá lugar. Tener a Oleg Blokhin en la plantilla, definitivamente, fue una ayuda.

Blokhin, un atacante que no era un delantero, es su Cruyff particular. Imparable y preciso, elegante y técnico, dotado naturalmente para el juego y con talento para marcar será capital en el Dinamo de mediados de los 70 y, ya veterano y distinto, en el de los 80. Junto a él, en un juego de posición sin posiciones, jugadores como Onyshchenko, el espejo de Blokhin, Kankok, Buryak y Kolatov, medio vertiginoso que es el incansable motor de la máquina y su cerebro, Fomenko y Troshkin o el portero Rudakov, un veterano de la época de Maslov. Ganaron en casa, cierto, pero eso ya lo había hecho antes, debió de pensar Lobanovsky. El Dinamo debía de presentarse al mundo. La Recopa de 1975 fue el teatro de operaciones.

Tumban consecutivamente al Eintrach de Frankfurt, Bursaspor y PSV Eindhoven, pero todos mediante resultados ajustados. La Final no, esa la arrollan. El Ferencvaros húngaro recibe el castigo de un fútbol llevado a la perfección. 3-0, con Onyshchenko marcando los dos primeros y Blokhin cerrando el partido con un tanto de superclase. El partido entra en la dimensión de las exhibiciones, un derroche de técnica individual y armonía colectiva. Cuentan que se vio a Lobanovsky sonreír. Pero eso son cosas que se dicen. Unos meses después el Dinamo tritura al Bayern de Munich en la Supercopa. 3-0 de nuevo. Blokhin, Balón de Oro ese curso, marca los tres en un concierto de fútbol de contragolpe donde el balón vuela con precisión cibernética y belleza humana: presión, robo, despliegue. Distinto al de la final de la Recopa. Adaptación al contrario, sistema orgánico, sintiente.

Lobanovsky es llamado por la selección en 1976. En su primera experiencia logra un bronce en la Olimpiada de Montreal. Ese mismo año, en la temporada 76-77, llega a las semifinales de la Copa de Europa. Cae frente al Borussia Mönchengladbach liderado por Reiner Bonhof y que afilaban Jupp Heynckes y el extremo danés Allan Simonsen. Otro equipo total que entonces entrenaba otra leyenda Udo Lattek, arquitecto del gran Bayern de Munich al cual ahora martirizaba en la Bundesliga y a quien el Dinamo había defenestrado en cuartos de final. Ese será su tope en el futuro; o al menos hasta 1986-87, con el segundo Dimano matemático, quizás el definitivo.

Los últimos 70 y los primeros 80 avanzan entre títulos locales y frustraciones continentales al ritmo de una Guerra Fría que se abonaba a la doctrina de la mutua destrucción asegurada y una Unión Soviética que vivía su particular Vietnam en el estratégico y rico suelo de Afganistán desde 1978. Tres ligas más y otras tantas Copas adornan un periodo donde se experimenta la aparición de equipos como el Dinamo Minsk, el Dinamo Tbilisi, el Zenit Leningrado o el propio Dnipro.

Lobanovsky, con un pie en el equipo y otro en la Selección, parece asumir con estoicismo el declive biológico de sus jugadores a la espera de una generación que supondrá la evolución de la previa. El lapso de tiempo servirá, además, para afinar la metodología, perfeccionarla al ritmo de la misma evolución tecnológica. La perfecta sinfonía electrohumana de mediados de los 80 es el producto decantado, y al tiempo terminal, de una época que avanza hacia su derrumbe. El último resplandor soviético.

La culminación tiene lugar, de nuevo, en la Recopa. El Dinamo inaugura la competición con un susto frente al Utrech. 2-1. El electroshock necesario para poner en funcionamiento la máquina. El partido de vuelta terminará con un 1-4 demoledor. El juego gravita en torno a un terceto superlativo, conformado por un veterano Blokhin, que ha cambiado su rol en el equipo, y las apariciones de Belanov y Zavarov, las versiones más puras posible del futbolista lobanovskyano: técnicos, vertiginosos, indetectables. El equipo, equilibrado y brillante en todas sus líneas, luce a otro portento en la banda izquierda: Anatoly Demyanenko, un carrilero definitivo, que manejaba ambas piernas, era capaz de adelantar la presión y se comportaba por igual como centrocampista o extremo venenoso.

A partir de este primer encuentro el Dinamo no volverá a perder en la competición. Marcará veintiséis goles, pasando cada ronda con al menos tres goles de diferencia; incluida la final. Jugada en Lyon, al Dinamo le esperaba el Atlético de Madrid de Luis Aragonés, un equipo al cual los de Lobanovsky convierten en anticuado de golpe. A los cinco minutos Zavarov abre el marcador en un elaborado gol donde rematan dos veces dentro del área pequeña. El Atlético, aquel de Marina o Arteche, resiste como puede la primera mitad, donde el Dinamo mueve el balón como si las líneas de pase fuesen visibles sobre el campo.

En la segunda mitad, en cambio, entrega el balón mientras domina el espacio. El Atlético suma alguna oportunidad, pero es pura ficción. Los de Lobanovsky, con unos Zavarov y Belanov superlativos, acelera y decelera a voluntad, dilatando la final hasta un demoledor último cuarto donde finiquita el partido en un gol-síntesis: cuatro pases, otros tantos toques, el balón transportado como en una jugada de rugby hasta las botas de Blokhin. El gol. La perfección.

Belanov sale de la final con el Balón de Oro puesto, pero el equipo no logra una nueva Supercopa, perdiendo contra otro clásico de la Europa del Este, aquel Steaua de Bucarest de Gica Hagi y Marius Lacatus que acababa de darle un disgusto al Barcelona en la final europea de Sevilla. La temporada 86-87 supone otro intento frustrado de tocar la gran copa. El Dinamo colisiona contra el gran Oporto de Futre y Madjer, que ganaría aquella competición de tacón. Esta vez el Bayern de Munich iba por el otro lado del cuadro.

La perestroika, la reestructuración. Comienza a funcionar en ese mismo año 1987. Deshielo y aperturismo, la glásnost cambia el mundo para el futuro. También el deportivo. Los jugadores soviéticos pueden, al fin, salir de sus fronteras. Oleg Blokhin, a quien en tiempos quiso el Real Madrid, termina, otoñal, entre Austria, el SK Vorwärts Steyr, y Chipre, el Aris Limasol donde se retiraría en el año 1990. Igor Belanov saldrá camino de Alemania para jugar primero en el Borussia Mönchengladbach con resultados tragicómicos y refugiarse más tarde en el Eintracht Braunschweig de la segunda división alemana. El Balón de Oro le pesó como un yunque.

Aleksandr Zavarov fue el fichaje estrella de la Juventus en su momento. No llegó nunca a ser quien en realidad era, pero al menos sumó títulos y cerró con dignidad su carrera en Francia, principalmente en el Nancy, al cual todavía hoy continúa ligado.

Para todos ellos aún quedaría una despedida, un momento de gloria… o casi. La Eurocopa de 1988 fue, en cierto modo, el desquite del Mundial de México 86 donde la URSS iba a ser, junto a la dinamita roja danesa, la gran sensación. Unos fueron eliminados por Bélgica, los otros por España, el día en el que Butragueño levitó. En Alemania, en la competición europea, la URSS había pasado su grupo por delante de la Holanda radiante de Van Basten, Rijkard, Gullit, Koeman o Van Breukelen y finiquitado a Italia en semifinales con dos goles de jugadores del Dinamo, Rats y Protasov. Holanda, en cambio, había sufrido más contra Alemania, resolviendo al final del partido. Pero la final fue otra cosa; la final fue Holanda desatada, cobrándose pasado. El gol en ingravidez de Marco Van Basten define el momento.

La Unión Soviética, en proceso de desmontaje, todavía acudió a un último Mundial, el de Italia 90. Últimos de un grupo con Camerún, Rumanía y Argentina, con el equipo descompuesto desde dentro, en reflejo a la realidad de un país que ya no era tal cosa. Lobanovsky abandona la selección y al Dinamo de Kiev. Emiratos Árabes y Kuwait. Petrodólares y capitalismo en vena. Adiós al fútbol, adiós a la Unión Soviética, adiós al Sistema, adiós a las matemáticas.

Valery Lobanovsky pasó 52 de sus 63 años siendo soviético. Como los protagonistas de Underground, regresa a un país que ya no existe. ¿Quién esperaba que volviese a entrenar? El Dinamo había ganado todas las ligas ucranianas desde el 93 y así seguiría hasta el 2001. Tal vez necesitaba algo de aquel sueño, tal vez se le había quedado olvidado en el pasado.

Más imperturbable que nunca Lobanovsky se transforma en un formador. Su metodología tiene ya más de sabiduría arcana que de método científico. Como entrenador ya ha integrado todo aquello y necesita lo mínimo para transmitirlo. Su nuevo Dinamo será, en contraste su entrenador de cien años, juvenil y afilado, terminado en la punta de flecha que forman Rebrov y Shevchenko; otro de los mejores jugadores ucranianos de la historia, uno de los mejores de su tiempo. Como Blokhin, como Belanov, pero al contrario de ellos triunfará en la Europa occidental: siete temporadas en el Milán. Una Liga, una Copa, una Copa de Europa, su Balón de Oro.

El Dinamo juvenil de Lobanovsky aparecen en la Copa de Europa en la temporada 97-98 partiendo como un rayo al Barcelona de Louis Van Gaal, que venía de ser bicampeón en España. 4-0 para la historia. En Octavos tiene la mala suerte de toparse con la Juve de Lippi, especialista en matar ilusiones. Al año siguiente regresarían perfeccionados, como si Lobanobsky, consciente del poco tiempo que le queda, hubiese simplificado todo la década que transcurrió entre el 75 y el 85 en un solo año.

Sin miramientos en su grupo, frente al Arsenal, Lens y Panathinaikos, muestra su repentina madurez al toparse contra el Real Madrid, campeón vigente, en Octavos. 1-1 y 0-2. Sin discusión y con Shevchenko. Pero la historia rima y el Bayern de Munich es una constante histórica. Los alemanes se imponen en una semifinal épica: 3-3 y 1-0 en un partido donde Khan parece iluminado y Mario Basler marca un golazo imperial. Una semifinal a la altura de la más mítica Champions de la Historia, la de la final en Barcelona donde el Manchester United ganó el partido que no se gana jamás.

Lobanovsky se retirará en 2002, tras un patético paso por la selección de Ucrania. Un poco más tarde, decidió morirse. Ya había hecho suficiente. Su marca estaba en la historia y es perceptible su influencia en Marcelo Bielsa o en Guardiola. Sistemático y gélido, su fútbol, en cambio, era acariciante y estético, guiado por una búsqueda de la pureza. Lobanovsky, pese a todo, nunca pensó que su sistema y su método estuviesen por encima del jugador.

Escapó así del mesianismo de Johan Cruyff en su última época, donde, pensaba, aquello debía de funcionar por sí mismo. Tal era su virtuosismo. La música de las esferas decía, pero siempre buscando a gente capaz de oírla e interpretarla luego. Alcanzó, así, el ideal deportivo soviético: el ganar y la manera de ganar, la aleación del individuo y la colectividad. Lo hizo mientras el mundo que lo forjó se derrumbaba, como si a través de aquel fútbol maravilloso intentase frenar la caída; ralentizarla, al menos.

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