El Perú de Mercedes Cabello

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Como todos los que escriben autobiografías, Jorge Bello, protagonista de la novela El conspirador (1842-1909), de la escritora peruana Mercedes Cabello de Carbonera, promete sinceridad. Se encuentra en la cárcel, en espera de juicio. Pese a la tentación de fugarse, opta por pasar el tiempo libre escribiendo la historia de su vida. Su infancia es la de un huérfano criado entre mimos, lo que no ayuda precisamente a corregir su raquitismo. El excesivo ejercicio intelectual a esa edad, según la autora, deviene peligroso ya que conduce a la imbecilidad. Las familias pobres educan a sus hijos como si fueran a ser príncipes toda la vida, cuando en realidad tendrán que conformarse con una subsistencia modesta. De esta pésima formación nace la «empleomanía», una epidemia «esencialmente peruana». Los ciudadanos, viciados ya desde la infancia, son incapaces de enfrentarse a las dificultades que plantean la agricultura, la industria o el comercio.

Mercedes Cabello de CarboneraPara Mercedes Cabello, uno de los males del Perú radica en la omnipresencia del Estado. Los ciudadanos aspiran a ser funcionarios, con lo que viven a costa de las arcas públicas. Es la opción más cómoda, ya que de esta manera se ven dispensados de la obligación de tener espíritu de iniciativa. El país se resiente con ello, a falta de las personas emprendedoras que deberían situarlo en la senda del desarrollo y la prosperidad. El poder público, en lugar de incentivar a los agricultores, a los industriales, a todos los que se dedican a alguna actividad productiva, prefiere obstaculizar su labor con interminables trabas e impuestos excesivos. A los empleados públicos, en cambio, todo les está permitido. Sus caminos son tan «fáciles y cómodos» como «escabrosos y difíciles» los que se aventuran por el sector privado.

No es este el único grave problema de la nación andina. En contraste con lo que debería ser una república democrática, las instituciones son débiles, sometidas a los vaivenes de las conspiraciones militares. Ante la farsa de las elecciones, en las que siempre gana el candidato oficial, no existen vías para llegar al poder de una forma pacífica. De ahí que todos se consideren legitimados para recurrir a la violencia, lo que significa buscar a un espadón dispuesto a colaborar. Por eso, la crítica de Mercedes Cabello contra el estamento castrense resulta especialmente dura, por no decir sangrante. Un personaje, cierto coronel casado con la tía del protagonista, encarna todos los vicios de un ejército más apto para los golpes de Estado que para la defensa nacional. Es un arquetipo tan perfecto de la institución que, en un alarde demoledor de ironía, aparece caracterizado con las cualidades idóneas para alcanzar la presidencia: «él tenía todas las condiciones para ser el sucesor de otros muchos; era militar, ignorante, bruto y porfiado».

A la presidencia no llegará, pero si ocupará el puesto de prefecto. Desde el que ejercerá una autoridad despótica, demostración palpable de que el Estado de Derecho, en Perú, equivale a papel mojado. Nuestra autora lo muestra al contraponer a los gobernantes que acatan las leyes con estos reyezuelos de provincias que no obedecen más norma que su propia voluntad. El que nos ocupa utiliza el cargo para ejercer todo tipo de abusos, sin excluir el asesinato, pero nada de eso importa porque sus poderosas amistades le confieren una impunidad absoluta.

Jirón Trujillo visto desde el puente de piedraPor tanto, si la carrera de las armas resulta cómoda, al no exigir una vida de estudio, y ofrece a cambio sustanciosas oportunidades para medrar, está claro que es la mejor opción profesional con vistas a alcanzar el éxito y el poder. Aunque este es un punto el que no todos los personajes de El conspirador están de acuerdo. La novela también nos informa de que los militares no gozan del favor de la opinión pública. Se les acusa de constituir una casta excesivamente abultada, incapaz de rendir servicios útiles a la sociedad. Es por eso que un tío del protagonista, canónigo, alude a «los daños gravísimos que el militarismo trae a las naciones».

¿Cómo es posible la extrema degeneración de la cosa pública? Para Cabello de Carbonera, su patria adolece de una cultura política en la que se respete el poder constituido. Por el contrario, prima la tendencia a deslegitimar cualquier gobierno por el mero hecho de serlo. Ese es el caldo de cultivo para que proliferen toda suerte de redentores, justificando la subversión como el camino más corto para sacar al país de la postración. Así, en todas las clases sociales, se aguarda la llegada del Mesías que supuestamente ha de acabar con los abusos del poder y los saqueos continuos. Surge así el enfrentamiento entre Lima, la capital, encarnación por excelencia del orden establecido, y Arequipa, la ciudad de donde parten los movimientos disidentes, que a través de la vía armada aspiran a cambiar el titular de la presidencia.

El remedio, sin embargo, resulta peor que la enfermedad. En lugar de ser un instrumento de progreso, la revolución constituye un movimiento retrógrado con el que los peruanos se acercan cada vez más a la barbarie. Los caudillos suscitan esperanzas que se demuestran infundadas, ya que no hacen más que cambiar una tiranía por otra. En ellos, la retórica patriótica sólo esconde inconfesables intereses personales.

Mercedes Cabello de Carbonera 2Mercedes Cabello, en efecto, no se hace ilusiones respecto a ningún aspirante a redentor. En su opinión, la revolución no es más que un instrumento de ascenso social para la clase media. Los beneficiarios, gentes sin talento ni preocupación por el bien común, ocupan el poder como quien ocupa una propiedad particular, que utilizarán para repartirse todo tipo de sinecuras. La autoridad del caudillo se basa precisamente en la utilización sistemática del clientelismo: sus partidarios le siguen por el beneficio que esperan recibir.

No sin cinismo, Jorge Bello nos explica esta realidad al evocar su paso por el ministerio de Hacienda. Un político, si quiere tener partidarios, ha de hacer favores para no perder a los amigos. No puede, por tanto, permitirse el lujo de ser austero y honrado. De ahí que su oficio, más que con el servicio público, esté emparentado con el comercio. Lo mismo que cualquier mercader, el líder de un partido ha de dar para recibir. La conclusión resulta desoladora: la rectitud, en política, no es más que un mito. «Solo los tontos o ilusos le sacrifican su porvenir y bienestar».

Importa la conveniencia propia, no el bien de un pueblo al que las élites desprecian. Las masas son, por definición, fáciles de engañar. El protagonista de El conspirador reconoce que ni siquiera cree en su propio discurso: conceptos como la igualdad o la fraternidad sólo sirven para embaucar a los ilusos.

A ojos de Mercedes Cabello, la política peruana equivale a una impostura monumental. A un juego de intereses donde no hay espacio para los sentimientos nobles. Un juego que no sirve para nada positivo mientras, por el contrario, su capacidad para producir desastres no parece conocer límites. Pese a tratarse de algo fútil, las élites se lo toman tan en serio que viven escindidas por sus ridículos antagonismos de partido. Tanto es así, que incluso las familias acomodadas aparecen desunidas por la fiebre de la política. El fanatismo hace tantos estragos que todos creen que aquellos de ideas contrarias a las suyas no pueden ser honrados. Ni tampoco gente de talento.

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