El pirata Dragut y la torre de calaveras españolas

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A millas de la costa de Túnez, sobre un promontorio en la mayor isla del norte de África, se pudo observar durante tres siglos una terrorífica construcción: en aquel lugar habían caído derrotadas quince mil almas cristianas, y los cráneos de aquellos que no se levantaron sirvieron para edificar, ligados con adobe, un símbolo a la barbarie, una terrible amenaza, y una segura promesa de muerte. Si navegabas tan cerca como para ver el reflejo del sol sobre el hueso, es que estabas frente a la isla de Djerba, demasiado próximo a los territorios del temido corsario Dragut, protegido de Barbarroja y señor de Burj Al-Rus, la torre de calaveras españolas.

«Amarrado al duro banco
de una galera turquesca,
ambas manos en el remo,
y ambos ojos en la tierra,
un forzado de Dragut
en la playa de Marbella
se quejaba al ronco son
del remo y de la cadena.»
Luis de Góngora

Salida del enemigo de la Goleta. Hogenberg

La Ruina

Desde principios del siglo XVI, con la instauración de la política de Fernando el Católico de tomar plazas fuertes en el norte de África para proteger la península de un posible contrataque nazarí, numerosos e importantes puertos habían caído en poder de la corona española. La conquista de Orán en 1509, impulsó aún más la creación de expediciones de conquista que, un año más tarde, consiguieron rendir Trípoli y Argel.  Quedaba no obstante un pequeño aunque estratégico territorio que rendir, una isla a pocas millas de la costa de la actual capital de Libia, que los árabes llamaba Djerba, la ruina. En esta, que los españoles bautizaron Gelves, desembarcaron en agosto de 1510 quince mil soldados al mando de García de Toledo  (el que sería padre del Gran Duque de Alba) pero, entusiasmados por las anteriores conquistas y creyendo la isla débil, atacaron descoordinadamente, siendo derrotados y sembrando con cuatro mil cadáveres la isla mediterránea.

Fue esta una derrota inmensa, más moral que militar, pues desde la conquista de Granada en 1492 la coalición castellano-aragonesa no había conocido derrota de tal envergadura, y eso hizo resurgir el temor a los ejércitos árabes, lo que daría pie a una rápida expansión del imperio otomano en el norte mediterráneo, volviendo a amenazar la península ibérica. Sobre el desastre de Gelves y su negativa repercusión se escribirían numerosas crónicas, poemas y cantares, y tendría protagonismo incluso en La vida del Lazarillo de Tormes y sus fortunas y adversidades (Anónimo, 1554) al referirse la madre del futuro lazarillo, al entregárselo al ciego, como «hijo de buen hombre, el cual por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves».

Estatua de Dragut

El protegido de Barbarroja

Dragut nació en Anatolia en 1514, en una localidad que hoy lleva su nombre. Hijo de una familia de pescadores, la pobreza y el ansia de aventuras le llevaron a enrolarse como marino en uno de los bergantines al mando de Jeireddín Barbarroja, antiguo pirata convertido en primer almirante de la flota de Suleimán I. Con los años, sus demostraciones de arrojo y temeridad, así como su capacidad de liderazgo entre los suyos, le llevaron a dirigir su propia flotilla, que atemorizó a la cristiandad mediterránea durante años, hasta que el emperador Carlos V resolvió enviar una flota especial en su caza, comandada por Andrea Doria, que conseguiría apresarlo en 1540. Durante cuatro años remó en una galera genovesa, esclavizado. Cuatro años encadenado a un banco en el que comía, dormía, defecaba, y bogaba, hasta que Barbarroja supo de su suerte y compró su libertad pagando un rescate de tres mil ducados, toda una fortuna.

Cuando su protector falleció en 1546, Dragut decidió abandonar el ejército regular otomano y consiguió reunir una flota pirata de veinticuatro bergantines, tripulados por cientos de árabes que odiaban a los cristianos tanto como él. Recuperó para su causa la isla de Djerba, que desde el desastre de 1510 había ido cambiando de gobierno intermitentemente entre turcos y españoles, y allí estableció su base de operaciones. Desde Gelves saqueó las costas de Nápoles y Calabria, arrasó Pollensa, Alicante, y esclavizó a prácticamente el total de la población de Cullera.

Jerbeh Tunez

El eterno regreso a Djerba

En 1550, Andrea Doria vuelve a recibir el encargo de capturar a Dragut. Tras semanas de persecuciones, escaramuzas y batallas, el almirante genovés consigue acorralar al otomano en su propia isla, cerca el puerto, y se prepara para un largo asedio. No sabía el cristiano que Dragut no era sólo un despiadado pirata como parecía a ojos occidentales, sino un estudioso estratega, además. Tras la fortificación, oculto a ojos del atacante, tenía varados en tierra veinte barcos, con las quillas engrasadas, que arrastró durante kilómetros hasta la costa opuesta de la isla, desde donde huyó a Constantinopla.

Suleiman el MagnificoSuleimán el Magnífico le recibió como a un héroe, pues sus hazañas habían dado la vuelta a todo el Mediterráneo, y le nombró Comandante en jefe de toda la flota otomana. Con más de cien galeras, con más de veinte mil hombres a sus órdenes, arrasó Calabria una vez más, saqueó Malta, Elba y Córcega, volvió a causar terror entre los infieles y capturó miles de esclavos. Recuperó Trípoli para su causa y, cómo no, volvió a Djerba; siempre Djerba.

En 1559, Felipe II aprobó nuevamente una expedición, la tercera, que diera captura a Dragut de una vez por todas. En junio de ese año, noventa barcos y más de doce mil hombres partieron de Siracusa al mando del Duque de Medinaceli, virrey de Sicilia. En marzo lograron acorralar al corsario en Gelves, una vez más, y consiguieron ocupar la isla a costa de la pérdida de seis mil hombres y más de la mitad de la armada española; una vez más. Otra vez, Dragut consiguió huir, y no tardó en regresar, otra vez más, para sitiar la fortaleza isleña y hundir lo poco de la flota cristiana que quedaba en la ensenada. Rodeando la plaza por tierra y por mar, en julio de 1560, tras meses de paciencia infinita y desgaste psicológico, atacó las murallas.

Busto de Turgut ReisNo aceptó rendición alguna; no tuvo piedad; no hizo prisioneros, ni esclavos; no pidió rescate por ningún alma. Ordenó decapitar a los casi cinco mil supervivientes, mandó descarnar y limpiar sus cráneos, y junto con barro construyó una torre de adobe y calaveras españolas que pudiera ser vista desde el mar, a millas de distancia. Quizá así, la próxima vez que quisieran atacar su isla se lo pensarían dos veces. Dragut vivió cinco años más, hasta que, atacando el fuerte de San Telmo, una esquirla de piedra provocada por un cañonazo le seccionó la yugular.

Burj Al-Rus (literalmente «la torre de las calaveras») se mantuvo en pie hasta 1848, durante casi tres siglos, cuando la influencia francesa sobre el rey de Túnez consiguió demoler el monumento y dar entierro cristiano a los restos humanos. Hoy en día, Djerba es un apacible destino turístico donde a diario miles de fanáticos de Star Wars acuden a ver el desierto que sirvió para representar el planeta Tatooine y que se sorprenden al descubrir el monolito en honor de los más de quince mil españoles que allí perdieron la vida. Para la historia española, la isla, la torre y los muertos, quedaron sepultados en Túnez, en el olvido. Para la otomana, Turgut Reis (verdadero nombre de Dragut) fue convertido en un héroe patrio y enterrado entre honores de rey, en Trípoli. Bautizó su ciudad natal, plazas, avenidas, escuelas y embarcaciones turcas, y ocupa un lugar importante en los libros de texto con que los escolares de la nación aprenden historia. Ya saben que esto, al fin y al cabo, va de eso de quiénes son los que escriben la historia. Y del color del cristal a través del que se mira.

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