El seriéfilo: diciembre de 2017

0

Me preguntaba un compañero en una de estas típicas reuniones navideñas que cuantas series veía a la semana. Sorprendido por la respuesta, me dijo que no había tantas series buenas para ver, y no tuve más remedio que asentir con la cabeza. Él se quedó contento por pensar que le estaba dando la razón sin concesiones y yo me quedé contento porque al no matizar más, evité una larga y aburrida discusión que no iba a llegar a ninguna parte. Porque es cierto que ante la ingente cantidad de series producidas al año es imposible que todas tengan una calidad sobresaliente; sin embargo, los cimientos del mundo seriéfilo no están en esas grandes producciones que aglomeran a millones frente a sus pantallas durante una hora a la semana, a lo largo de tres meses y medio. Lo que hace grande este mundillo es la serie media, esa serie que, a falta de dinero, explota la imaginación, el carisma de los personajes, la originalidad para tratar de conseguir lo más sencillo y lo más difícil: entretener. Son esas series las que complementan de forma perfecta a las mega-hiper-producciones con que nos bombardean cada cierto tiempo. Son esas series low cost las que mantienen a los espectadores enganchados al mundillo seriéfilo.

¿Que no existen tantas series sobresalientes? Lo compro ¿Que no existen tantas series disfrutables, que entretienen y que nos pueden gustar tanto o más que las grandes producciones? Por ahí no paso. Solo hay que buscar un poco más allá de las portadas de las revistas para encontrar joyitas ocultas que se adaptan tanto a tus gustos que pareciera que estaban esperando a que las encontrases. Esas, amigo mío, son las que vas a disfrutar como un enano; no te va a importar que los efectos especiales sean una patata o que haya fallos de raccord. Ni siquiera te va a importar que aparezca un micrófono volando por encima de los protagonistas cuando menos te lo esperas. Y por eso he decidido empezar este artículo de diciembre rindiendo un pequeño homenaje al canal SyFy, uno de esos que, en mi caso, representa la orgullosa clase media que mantiene cohesionado el mundillo seriéfilo.

SyFy es un estrenador compulsivo de series de temática variada (pivotando entre la ciencia ficción, la fantasía y el terror), la mayoría con un presupuesto mínimo o directamente ridículo. Es recomendable bucear a conciencia entre sus miles de estrenos porque, directamente, odiarás el veinte por ciento de su catálogo; otro setenta por ciento te causará vergüenza ajena; pero el diez por ciento restante, esas migajas que sobran, esas, van a ser las series que, aunque no te atrevas a confesarlo, preferirías ver antes que el estreno de Juego de tronos. En mi caso, encontré mi trío ganador de ciencia ficción con The Expanse, Dark Matter y Killjoys. Por otro lado, no he podido continuar con Wynonna Earp ni Van Helsing y, más recientemente, solo he resistido un capítulo de Superstition. Mientras tanto, sigo fielmente Z Nation (son ya cuatro temporadas a sus espaldas, pero me sigo alegrando como si de un triunfo personal se tratase cada vez que anuncian su renovación) y me ha causado mucha tristeza la cancelación de Blood Drive tras una sola temporada. Y así podríamos seguir ad infinitum entre amores, odios, incomprensiones, renovaciones y cancelaciones. Así es el canal SyFy y así es la vida.

Este mes he visto dos de esas series de SyFy que mi compañero no vería por «no ser tan buenas» y que yo estoy disfrutando como un enano. Ghost Wars se centra en un adolescente que tiene poderes paranormales y puede ver y hablar con los muertos. Es por ello que todos sus vecinos tratan de evitarlo, pero la cosa cambia cuando los muertos comienzan a aparecer y aíslan el pueblo para provocar una gran matanza. Es entonces cuando todos recurren a Roman para que les ayude a combatirlos. La producción cuenta con Meat Loaf, cantante al que podréis recordar por su papel de Bob Poulson en El club de la lucha (David Fincher, 1999) y con Vincent D’Onofrio, el recluta patoso de La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987) y popular, más recientemente, por dar vida al Kingpin de Daredevil (Netflix). También tiene un papel relevante Kim Coates, el Tig Trager de Hijos de la anarquía (FX), por lo que encontraremos muchas caras conocidas sea cual sea nuestro bagaje seriéfilo. Aunque el piloto es un poco lento (rayando el aburrimiento, más bien), la serie levanta vuelo y se convierte muy pronto en un producto muy entretenido.

No obstante, la verdadera SERIE (así, en mayúsculas) de estas navidades, es Happy! Gamberra, ultraviolenta, repleta de humor negro y sarcasmo…¡y ambientada en plena navidad! Lo tiene todo para ser disfrutada en estas fechas tan especiales, conociendo a un expolicía alcohólico que, en sus horas más bajas, ejerce como asesino a sueldo. Es el genial Christopher Meloni, al que los más seriéfilos recordarán por su papel en la serie de culto Oz (HBO), y que aquí comienza a ver, tras sufrir un trance de muerte, un unicornio azul volador que en realidad es el amigo imaginario de una niña a la que ha secuestrado un Papá Noel degenerado. Happy, el unicornio, será el encargado de intentar que Sax, el lamentable expolicía, rescate a la niña. Tras este argumento delirante se esconde la última gamberrada del canal SyFy. Un must see que tampoco se vería nunca si nos ciñésemos a las producciones triple A.

Siguiendo con las gamberradas hechas series, vamos con otra comedia de acción, esta vez del canal Amazon. Puede que las generaciones más jóvenes no le encuentren la gracia a Jean Claude Van Johnson, pero esta es una serie obligatoria para todos aquellos que crecieron viendo las películas de Jean Claude Van Damme, que, como habréis supuesto, es el protagonista de la serie. Las dos primeras frases con las que empieza la serie son una declaración de intenciones: «Mi nombre es Jean Claude Van Damme. Solía ser super famoso». A partir de ahí, nos encontramos a un protagonista retirado de la vida pública, olvidado, viejo y totalmente desmadejado. Es entonces cuando la realidad se mezcla con ficción y, riéndose de sí mismo (mucho), vemos cómo Van Damme se convierte en agente especial encubierto.

Y con esto pasamos ya a la sección mensual de Netflix, que no para de estrenar series, ni siquiera en Navidad. El primer gran revuelo del mes fue la alemana Dark, que parece romper la maldición de las series extranjeras de Netflix postulándose como una buena serie de viajes en el tiempo. Con guiños superficiales a Stranger Things (se aprovechan para hacer algo de promoción, pero en realidad no tienen repercusión alguna en la trama), la historia es entretenida y extraña, por lo que te mantiene pegado a la pantalla para intentar entender qué diablos estás viendo. Por suerte, lo más importante de la historia queda bien explicado y el cierre de la trama nos emplaza para una segunda temporada en la que esperemos que sigan uniendo algunos flecos sueltos. Siendo una buena serie, no me parece tan superlativa como se ha dicho y, por supuesto, está muy por debajo de la serie de adolescentes por antonomasia que hoy por hoy sirve de buque insignia al canal digital. Aquí la trama engancha a pesar del grupo protagonista, que es un elemento más de la serie, pero no algo diferencial. Nadie recordará a ningún personaje de Dark dentro de unos meses, mientras que Dustin, Eleven, Mike, Lucas y Will, ya tienen ganado un pedacito de nuestro corazón. Por otra parte, la resolución de un tema tan complicado y al que se le puede sacar mucho jugo como son los viajes en el tiempo resulta un tanto simplista y no se llegan a desarrollar algunas variables que podrían influir, para mal, en el devenir de la historia. Da la impresión de que las causas y consecuencias de los viajes en el tiempo quedan manipulados para encajar en la historia, dejando una sensación de pequeño engaño hacia el espectador.

La segunda serie de Netflix no sale tan bien parada a pesar de un piloto brutalmente épico: Godless podría haberse convertido en el western que todos esperábamos después de la cancelación de Deadwood (HBO) y por encima de la notable Hell on Wheels (AMC). Tenía los actores, la producción y la historia, pero no lo ha logrado y pasará a la historia por lo que pudo ser y no fue. La magia se rompe en el segundo corte y nos pasamos los siguientes siete capítulos esperando que vuelva el espíritu que vivimos en los primeros minutos de metraje, pero la serie nos tortura ofreciéndonos chispazos demasiado escasos para salvar siquiera algún capítulo, con bajones de ritmo interminables. El final sí, es una orgía de tiros y explosiones larguísima que pone de manifiesto la pasta que se ha invertido pero que no logra revivir el tono oscuro del primer capítulo, ni es suficiente para levantar una historia que lleva muchos minutos muerta.

Este mes también se ha terminado la tercera temporada de la italiana Gomorra (Sky Atlantic). Una buena temporada con nuevos personajes que a pesar de todo no llega a la altura de la segunda, aunque eso era algo previsible ya que la anterior temporada había rayado a un nivel superlativo. Esta vez el resultado no es el mismo, debido sobre todo a unas interpretaciones bastante irregulares, no solo de los personajes secundarios (que sería algo perdonable en una serie tan coral) sino también en el caso de algún protagonista como Salvatore Esposito, que interpreta a Gennaro Savastano intercalando buenos momentos con otros que dejan mucho que desear. Aún así, la historia nunca se estanca y parece que los guionistas están interesados en avanzar siempre y a toda costa, algo que se agradece en estos días en los que muchas series marean la perdiz para estirar las tramas lo más posible de forma descarada.

Y por fin, para acabar bien el año, vamos a hablar de una serie que, temporada tras temporada, no hace más que crecer y confirmarse como una producción que va camino de convertirse en leyenda: Peaky Blinders (BBC Two), ha despachado una cuarta temporada que no defrauda y que logra juntar a Cillian Murphy con Tom Hardy y Adrien Brody. Esta mezcla de talento no podía salir mal. Por lo demás, las mismas señas de identidad de siempre: temporada de seis capítulos que condensa la historia para que no haya tiempos muertos; un hilo argumental que no necesita recordar nada de anteriores temporadas, ni deja cabos sueltos; unas interpretaciones muy sólidas; una recreación del Birmingham industrial de principios de siglo XX perfecta; y una banda sonora exquisita. Nada más y nada menos. Por ponerle un pero a esta temporada, el episodio final alcanza el clímax demasiado pronto, alargando excesivamente el desenlace para rellenar los cuarenta minutos de rigor y perdiendo totalmente la tensión y el ritmo debido a ese final prematuro. Dicho lo cual, es una nimiedad que no afecta a la experiencia explosiva de una nueva temporada.

Termino así el artículo de este mes, y por ende último del año; ha sido otro año seriéfilo muy satisfactorio que podéis repasar aquí mismo. Aun así, esta máquina nunca se para y ya tenemos pendientes los nuevos capítulos de Black Mirror (Netflix) que están esperando impacientes para que los veamos, entre la oferta de otras muchas series. Cierro la puerta de la cueva para no dejar pasar ningún spoiler y me despido de todos hasta el próximo mes, no sin antes desearos un feliz 2018. Un nuevo año seriéfilo.

El seriéfilo

El seriéfilo

Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.
El seriéfilo

Latest posts by El seriéfilo (see all)

About Author

Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.

Leave A Reply