El seriéfilo: febrero de 2018

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Febrero, mes efímero de frío y nieve, de manta y sofá, de series de paso que comienzan a desperezarse y de otras que vuelven tras unas merecidas vacaciones. Todo se mueve muy lento en febrero… menos Netflix, que va a otro ritmo y no espera a nadie. Si amagas con algo de vida social te vas a perder lo mejor. Empezamos.

El gran estreno del mes ha sido, sin lugar a dudas, Altered Carbon (Netflix), la adaptación de la novela del mismo nombre del autor Richard K. Morgan publicada allá por 2002. Como comenté en su día, el libro tenía todos los ingredientes para convertirse en una gran serie, siempre y cuando los productores le prestaran la atención que merecía. No hay que olvidar que la atención se traduce en presupuesto y Netflix en eso no escatima: tenía ante sí una obra grande y ha creado una serie de las mismas dimensiones.

La premisa es la siguiente: el futuro gira en torno a una nueva tecnología que ha conseguido almacenar la esencia de cada persona en una especie de disco duro que puede ser insertado en otros cuerpos (fundas). El proceso es tan caro que solo tienen acceso a él, de forma satisfactoria, los más ricos de la galaxia: los matusalenes, casta inmortal que gobierna a su antojo el universo como si fuesen una suerte de dioses. En este contexto, el protagonista, Takeshi Kovacs, una especie de Sam Spade megaciclado y violento (exmiembro de una unidad militar especial), deberá resolver el asesinato de uno de estos matusalenes para volver a ser libre.

Si se compara el original literario con su adaptación televisiva, hay que reconocer que, como casi siempre, el libro es mejor: muchos más detalles, más personajes y de mayor complejidad, un protagonista más cínico… Pero aun así, la serie es bastante respetuosa con su fuente y realiza un ejercicio titánico reconstruyendo de forma magistral el futuro imaginado por Morgan. Por tanto, la plataforma digital no se ha limitado a comprar una buena idea y desmembrarla a su gusto manteniendo únicamente la esencia (como por desgracia hizo en su momento la NBC con Constantine), sino que la lleva a la pantalla modificando ciertos detalles que podrían no funcionar en el medio audiovisual. Así, por ejemplo, suaviza la personalidad del protagonista principal incidiendo en su tormentoso pasado para que el espectador empatice con él y no sea tan aséptico como en el libro, y cambia parte de la trama en el último cuarto de metraje para simplificar la resolución del caso y hacerlo todo más sencillo y entendible (quizás este sea el peor de los cambios, ya que a la conclusión de la historia le queda un regusto de deus ex machina). Por su parte, mejora el manuscrito original cuando da mayor protagonismo al hotel donde se hospeda Kovacs, acertando plenamente en su recreación como Edgar Allan Poe y su obra El cuervo.

De esta manera, se puede decir que la fidelidad general es seguramente el gran acierto de Netflix, teniendo en cuenta además que se trata de una obra literaria eminentemente cinematográfica. El ejemplo más ilustrativo de esta cualidad quizá sea cómo Morgan contemporiza armónicamente cada una de las escenas de acción para romper el tedio de la investigación, y cómo describe, cual coreógrafo, todos y cada uno de los movimientos de lucha haciendo de cada acto de violencia un enfrentamiento épico.

Altered Carbon, bajo todo ese maquillaje preciosista que nos dejará con la boca abierta más de una vez, esconde en una historia de cine negro clásica, directa y sencilla, con pequeñas distracciones en forma de subtramas que condimentan una línea principal simple. Nunca la frase del entrañable Walters en El gran Lebowski, «su belleza radica en su sencillez», tuvo más sentido. Una serie que fascinará a todos los amantes de la ciencia ficción y que complementa, junto a The Expanse (SyFy) y Dark Matter (SyFy), la exigua oferta de calidad dentro del género en la televisión actual.

A la sombra de Altered Carbon se ha estrenado otra serie que no ha sonado tanto pero que, a mitad ya de temporada, se postula como una de los títulos del año: Counterpart (Starz), producto que podríamos catalogar como sci-fi para todos los públicos por su facilidad para gustar a cualquier tipo de audiencia. El componente de ciencia ficción se ciñe al evento que lo condiciona todo: un experimento que crea dos dimensiones paralelas, en cada una de las cuales viven las mismas personas pero desarrollando sus vidas de forma distinta. A partir de dicho punto, nos encontramos con una serie de espías en la que agentes de ambos lados tienen que desbaratar un complot para evitar que una facción radical de uno de los gobiernos logre provocar una guerra inter-dimensional. Con un halo cercano a los libros de John LeCarré, con agentes dobles, contrainteligencia, infiltrados, nombres en clave, mensajes secretos y todos esos ingredientes que no pueden faltar en este tipo de historias, la cadena Starz remata un producto de gran calidad y que, además, cuenta con el protagonismo doble de J. K. Simmons (Whiplash, Oz), quien no defrauda y solventa con nota la dificultad añadida de interpretar dos personajes idénticos físicamente pero con opuestas personalidades.

Para acabar, dejando de lado la ciencia ficción pero ciñéndonos al género de espías, hay que hablar de Homeland (Showtime), una serie que lleva siendo referente durante años y que se reinventa cada curso, siempre rindiendo a un gran nivel. En esta ocasión, el estreno de la séptima temporada continúa con las consecuencias derivadas de los acontecimientos de la anterior, desviando el foco de atención desde la conspiración dentro de la propia CIA para derrocar a una presidenta electa en las urnas, hacia la reacción del pueblo ante el gobierno de un mandatario autoritario y déspota, clara referencia a Donald Trump.

Arranca con fuerza en sus primeros capítulos, presentando a una Carrie Mathison desahuciada, que vive con su hermana y está desequilibradamente obsesionada con la presidenta de los EE.UU. Ya se sabe: uno de los muchos puntos fuertes de Homeland es esa protagonista imperfecta, que actúa de forma compulsiva y egoísta sin pensar en nadie más. Un personaje humano y realista. El otro, su capacidad como serie para crecer año tras año, buscando nuevos retos que la alejen de la monotonía decepcionante de series veteranas como The Walking Dead (AMC). Por tanto, siempre es bienvenida una nueva temporada.

Es sabido que lo bueno se encuentra en frascos pequeños. Así que hasta aquí este diminuto mes de febrero, cargado con tres grandes series. Mucho cuidado con marzo, porque se termina la tregua y vuelven los pesos pesados. Que no os arrollen.

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Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.
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Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.

2 comentarios

  1. He visto “Altered Carbon” y no me ha gustado: malas actuaciones (menos la de James Purefoy/Laurens Bancroft y Chris Conner/Poe), ritmo apopléjico y exhibicionismo estético sin más sentido que la pura imagen. La historia es buena pero no extraordinaria ni sorprendente y el “noir” al que apuntas está demasiado sobrecargado de efectos y no fluye con naturalidad. Creo que tampoco funciona nada bien la cuestión fraternal: me resulta muy poco creíble. Finalmente, comparto totalmente esa sensación de “deus ex-machina” del final. En la parte buena, la factura general, que es resultona, y la música. Pero, en resumen, fail.

  2. Llevo 5 capítulos de Altered Carbón, me estaba enganchado pero… Joder, de repente flashbacks a lo Arrow, tensión sexual entre detective y protagonista (Castle, el mentalista)… Una vez superada la novedad distópica se está convirtiendo en un culebrón

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