Valero Ripoll, o cómo vencer a las tropas francesas de Calatayud tirándose un farol

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No es la Guerra de Independencia, que aconteció allá por principios del s.XIX, un hecho oscuro o desconocido para la mayoría de las personas educadas en España. Más bien todo lo contrario.  Por aquellos años, como nos contaba el profesor de turno en el colegio, andaba por el viejo continente europeo un señor más bien bajito, francés y con pinta de tener bastante mala leche, que pensó que por qué no conquistar todo el continente y ponerlo bajo su mando. Respondía al nombre de Napoleón. Y como es de suponer, en su manual del buen conquistador se encontraba entre las primeras instrucciones esa que dice «empezar por subyugar a tus vecinos».  Y ahí que estamos, que le tocó la china a España. Y a los españoles, que para algunas cosas eran ellos muy suyos (y si no que se lo pregunten a El Empecinado), no les hizo ni puñetera gracia. Así que un 2 de mayo de 1808, decidieron que ya era hora de expulsar a los invasores franceses, a José Bonaparte y a su hermano el emperador.

agustina-de-aragonUno de los puntos calientes de la contienda tuvo lugar en Zaragoza, que queda a medio camino como quien dice, entre la capital de España y la frontera con Francia, y era muy golosa para eso del abastecimiento de las tropas napoleónicas. Y por aquella zona, además de Palafox y Agustina de Aragón, quienes se llevaron la fama, andaba un señor llamado Valero Ripoll, chocolatero de profesión y escopetero en la Compañía de Escopeteros de la parroquia de San Pablo, que se las apañó para recuperar él solito Calatayud, sin falta de ejército, pero haciendo uso de la tan cacareada picaresca española.

¿Y qué tiene que ver el sitio de Zaragoza con Calatayud? Hombre, así a priori, nada más que la presencia en ambas del protagonista de esta historia. Pero empecemos por el principio y luego ya hilaremos. Valero Ripoll nació en Zaragoza en 1786 y le tocó defenderla ante el asalto de las tropas napoleónicas en el primer sitio de la ciudad, en junio de 1808. Las tropas españolas salieron victoriosas en esta primera batalla, que dio fama y gloria a Agustina Raimunda María Saragossa i Domènech, o Agustina de Aragón para la historia, cuando, según cuenta la tradición, al ver que todos los soldados estaban muertos, cogió la mecha de uno de ellos y pegó un cañonazo a los franceses que intentaban colarse por la puerta del Portillo repeliendo el ataque. Y esto lo hizo de la que iba a llevar la comida a su marido que era militar, así, sin despeinarse. Y Zaragoza no fue conquistada. Pero la cosa no iba a acabar ahí, que los franceses son cabezones, por lo que el segundo sitio estaba por venir.

Entre medias, andaba Valero Ripoll con la mosca detrás de la oreja porque un grupo de soldados enemigos controlaba Calatayud, que le parecía a él que era un lugar estratégico en la defensa de la capital aragonesa. Y ni corto ni perezoso se convenció de que había que recuperarla. Así que se fue a ver al General Palafox, otro de los que pasó a la Historia en la defensa de Zaragoza y en un cuadro de Goya, que eso siempre da caché, y le pidió unos cuantos soldados para cargarse a los ciento diez gabachos e italianos que se habían empadronado en Calatayud. La respuesta de Palafox debió ser algo así: «anda que no tengo yo poco con defender Zaragoza como para dejarte a ti tropas para que te vayas de juerga a Calatayud».

Cualquier otro hubiese desistido de su empeño en este punto, pero se ve que Valero Ripoll era terco como una mula, con lo que juntó a unos cuantos amigos y para Calatayud que arrancaron. Pero por el camino hubo quien se lo pensó mejor y se fue dando la vuelta, que ir para nada era tontería y además qué demonios iban a hacer cuatro colegas contra tanto soldado francés. Y así se quedaron solos Ripoll y su compañero Cid en el asalto a la ciudad aragonesa. Y, sin embargo, ellos dos echaron a todos los enemigos. ¿Cómo? Pues tirándose un órdago de los que hacen época. Y les salió redondo.

Cid se quedó a las afueras de Calatayud y Valero Ripoll, al amparo de la noche, echándole al asunto más cara que espalda y huevos como para hacer una tortilla que alimentase a medio ejército invasor, fue a hablar con el jefe de las tropas allí apostadas y se echó un farol, vete tú a saber en qué idioma, de la siguiente manera: le contó al comandante que tenía a tres mil guerrilleros apostados en los alrededores, un poco cabreados y con ganas de hacerles picadillo. Que él tan solo quería evitar un baño de sangre porque era buena gente y, muy amablemente, les invitaba a rendirse. ¡Ah! Y que tenían media hora, no vaya a ser que entre que decidían y no, amaneciese y viesen que no había ni guerrilleros ni nada parecido.

santa-engracia-por-lejeuneLa cuestión es que al final el farol le salió redondo al escopetero, y los enemigos franceses se rindieron. Debían haber oído hablar de una tal Agustina que lo mismo te preparaba el almuerzo que te recibía a cañonazos, y viendo que los maños no se andaban con chiquitas, prefirieron no tentar a la suerte. Entregaron armas y fueron esposados por Ripoll, Cid y unos cuantos paisanos del pueblo que este último había ido reclutando sobre la marcha llamando de puerta en puerta, supongo que para ir acercándose en número a los tres mil. Una vez liberada Calatayud, pusieron rumbo de vuelta a Zaragoza, y allí entregaron a los rendidos al General Palafox, cuya cara debió ser de exposición al ver llegar la comitiva: Valero Ripoll, Cid, un puñado de lugareños y el destacamento enemigo maniatado y engañado. Para enmarcar.

Toda la historia de la liberación de Calatayud a manos del chocolatero maño sucedió un 19 de diciembre de 1808. Dos días después comenzaba el segundo sitio de Zaragoza. Y esta vez los franceses entraron a sangre y fuego y ya no se les pudo parar, ni con engaños ni a las bravas. No hubo ni Agustinas ni Valeros que sirviesen. Zaragoza fue destruida y de las cincuenta y cinco mil almas que vivían antes de asedio, quedaron doce mil. Al final, la descripción más icónica del terrible sitio, la reflejó una coplilla popular:

La Virgen del Pilar dice
Que no quiere ser francesa
Que quiere ser capitana
De la tropa aragonesa

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