Vikings: navegando hacia el éxito

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«Odín dio un ojo a cambio de sabiduría, pero yo daría mucho más», proclama Ragnar Lothbrok en el primer capítulo de Vikings, quizás aún sin saber cuánto de profético tienen esas palabras. Así suelta amarras este drama histórico que gira alrededor de uno de esos elegidos que, como el rey Arturo en Gran Bretaña o el Cid en España, pretende que su nombre transcienda su época y pase a la posteridad ubicándose en algún lugar entre la historia y la leyenda. Emitida en España por el canal TNT, los diecinueve capítulos que forman esta coproducción irlandesa y canadiense, creada para History Channel por el equipo de Los Tudor, ha cosechado un rotundo éxito en Estados Unidos. Tanto es así que se ha confirmado una tercera temporada que, previsiblemente, verá la luz en la primavera de 2015.

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Ragnar Lothbrok, un héroe de leyenda

Como ocurre con la mayoría de los personajes de las sagas nórdicas, todo lo que sabemos de Ragnar es a través de la mirada de sus enemigos (hay referencias a él en La crónica anglosajona y en algunos textos franceses medievales) o fue puesto por escrito siglos después de que ocurrieran las hazañas que protagonizó. Para cuando los islandeses comenzaron a poner sobre el papel las sagas que se habían transmitido de generación en generación en forma de poemas épicos a lo largo y ancho del norte de Europa, la figura y las aventuras de Ragnar se habían engrandecido lo suficiente como para que fuese casi imposible determinar el personaje o personajes históricos en que se basaba.

De cualquier manera, si algo sabemos con seguridad sobre el Ragnar que realmente existió, es que fueron su espíritu aventurero, su hambre de conocimiento y sus ansias de llegar más lejos que sus antecesores los que lo convirtieron en un mito sobre el que los nórdicos cantaron y recitaron durante siglos.

Precisamente conocemos al héroe televisivo (Travis Fimmel) justo cuando a su ambición se le empiezan a quedar pequeñas las cortas expediciones de pillaje a las empobrecidas tierras del este, momento en el que le propone al jarl de su aldea, gobernante de la misma, lanzarse a la aventura hacia el oeste en busca de poblaciones más provechosas. El jarl, un hombre ya asentado en el poder, se niega a arriesgar sus barcos y sus hombres en un viaje que podría no tener retorno. Es entonces cuando el simple granjero, que solo participaba en unos pocos ataques anualmente, empieza a transformarse en Ragnar, uno de los responsables del terror que recorrió las costas de Inglaterra y Francia durante años. En una maniobra en la que ya se deja entrever su tenacidad y su capacidad de liderazgo, el vikingo reúne a un grupo de hombres para adentrarse en territorio desconocido con la ayuda de nuevas técnicas que facilitan la navegación y unos barcos que han sido modificados en su diseño para soportar la travesía. Así se inicia un pulso argumental clave entre el joven líder emergente y un caudillo interpretado por el siempre convincente Gabriel Byrne, dispuesto a no dar ni un paso atrás ante quienes estén dispuestos a cuestionar su autoridad.

Vikingos para una serie

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Aunque la mayor parte del peso de la historia recae sobre su protagonista, uno de los grandes éxitos de Vikings ha sido, además de sus tramas secundarias, una cuidada elección de personajes, entre los que se encuentran varios nombres conocidos para quienes estén familiarizados con los héroes escandinavos.

Tomemos por ejemplo a Lagherta (Katheryn Winnick), casada con Ragnar y madre de sus hijos. Se trata nada menos que de una de las grandes figuras femeninas en las sagas nórdicas y un pilar básico de las leyendas construidas alrededor de su marido. También conocemos al aún adolescente Björn (Nathan O’Toole), hijo de Ragnar y Lagherta, que con el tiempo llegaría a ser Björn Brazo de Hierro, uno de los héroes vikingos más laureados por sus triunfos y sus exitosas expediciones a tierras francesas e italianas. Es algo que los aliados del protagonista vislumbran en sus ojos al verlo por primera vez: «Se parecerá a ti y por eso querrá hacerlo mejor que tú y lo odiarás por ello».

Precisamente, Lagertha y Bjorn son dos personajes que van adquiriendo un mayor peso cuantitativo y cualitativo con el paso de los capítulos, promocionando de mera comparsa de un Ragnar enfrentado al orden establecido a verdaderos protagonistas que permiten reflejar, por ejemplo, el papel de la mujer en la sociedad vikinga, más permisiva en algunos aspectos que el régimen feudal cristiano. La relación entre Ragnar y su mujer o la de Björn con la esclava Thorunn son dos tramas ilustrativas en este sentido.

Vikings 07Paradójicamente, entre todos estos nombres con leyenda a sus espaldas, Floki, un personaje original de la serie, destaca como uno de los más carismáticos y queridos. El creador de los barcos que hacen posible la aventura con la que comienza la serie podía haber sido fácilmente una caricatura, un Jack Sparrow vikingo. No lo es gracias al guion de Michael Hirst (Los Tudor, Elizabeth) y a Gustaf Skarsgård (hermano pequeño del Eric Northman de True Blood y mayor del Roman Godfrey de Hemlock Grove), único escandinavo del reparto y que consigue hacer de Floki un personaje con mil aristas: el genio de la navegación, el amigo leal de Ragnar y el más temible de sus guerreros en el campo de batalla, el bromista digno de su nombre y el hombre profundamente religioso.

Es, sin embargo, a través de los ojos de Athelstan (George Blagden), el sacerdote inglés que Ragnar se lleva como botín de Lindisfarne, como finalmente conocemos la religión, las costumbres y la sociedad de Vikings. Se percibe que la serie es, al fin y al cabo, una producción para el Canal de Historia norteamericano en la que, además de guerreros lanzándose contra el enemigo con ojos enloquecidos y hachas ensangrentadas, dignos «demonios del norte» como los describen algunos textos de la época, veremos facetas de este pueblo que van mucho más allá del campo de batalla. Athelstan, un esclavo extranjero recién llegado a la aldea, funciona como una suerte de proyección del espectador, adentrándose en un mundo con reglas que desconoce por completo y protagonizando cómicas interacciones con Björn mientras descubre día a día, capa a capa, una nueva sociedad.

Más allá de la historia

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Con cuarenta millones de dólares de presupuesto y casi un 70% de escenas rodadas en exteriores en su primera temporada, la ambientación de Vikings es espectacular y creíble, a pesar de ciertos matices históricos en los que la serie no es completamente fidedigna a la época que refleja y a la propia leyenda de Ragnar. Rollo (Clive Standen), hermano del protagonista en la serie, fue en realidad el noble que estableció en Normandía la dinastía que, más de cien años después, terminaría haciéndose con el trono de Inglaterra. El propio Ragnar es objeto de algunas de estas licencias históricas: el caudillo de las sagas era hijo y heredero del poderoso rey danés Sigurd Hring, mientras que en la serie es un habitante más de la aldea, que tiene que responder ante la autoridad de su jarl. Incluso los exteriores se han llevado alguna que otra crítica de los espectadores más puntillosos, sobre todo en el episodio en el que aparece el templo de Upsala, alrededor del que vemos un paisaje que recuerda mucho más a la montañosa Noruega que a Suecia. La mayoría de estos cambios, sin embargo, son meramente estéticos y funcionan a favor de la trama, enriqueciendo las escenas de una serie que hace de la acción su razón de ser.

Vikings no tiene la complejidad de Juego de tronos, la violencia en ocasiones extrema de Spartacus, ni la sensualidad de Los Tudor, pero lo cierto es que no ha tenido problemas para conquistar a muchos de los fans de esas series, a pesar de no tener una plataforma tan potente como la HBO o Showtime. Le basta y le sobra con el retrato de una cultura tan atractiva como desconocida, habitada por personajes que van mucho más allá del estereotipo. Michael Hirst libera a sus vikingos de cascos con cuernos y demás clichés y les da la palabra para que hablen de sus creencias, de su sorprendente visión de la muerte y del sexo o de la extrañeza que les causan los cristianos. Y lo hace con solvencia, combinando este tipo de escenas con otras de pura acción sin perder nunca el ritmo narrativo. Se trata, ante todo, de una serie para disfrutarla. De esas por las que merece la pena entrar en el salón cual Ragnar en la batalla de Lindisfarne, para hacerse con el control de la tele grande y, a ser posible, acompañar la sesión con palomitas.

Nota: Una versión previa de este mismo artículo fue publicada en Neville Magazine Digital. Para visitarla, pulsa aquí.

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