William H. Russel: el primer corresponsal de guerra

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En 1854, el ejército de coalición formado por Francia, Imperio Británico y Reino de Piamonte se enfrenta al poderoso ejército ruso en la península de Crimea. Como en todas las guerras anteriores al sigo XX la mayoría de las bajas humanas no son producidas por el fuego de proyectiles y la metralla, sino por infecciones de heridas comunes, hambre, enfermedades como tifus, disentería y, sobre todo en este caso, por el cólera. Los soldados heridos eran albergados en cualquier sitio: granjas, almacenes, residencias ocupadas, lugares en definitiva no apropiados, yaciendo en el suelo sin apenas esperanza de recibir atención médica.

William Howard Russell en CrimeaHace pocas semanas que ha estallado el conflicto y John Delane, director del diario con más tirada en las islas británicas, el London Times, tiene la innovadora idea de enviar a un periodista civil para que, usando el reciente invento del telégrafo, informe con inmediatez de lo que se creía iba a ser una escaramuza que no tardaría en resolverse más de dos meses. Hasta aquel momento la información relativa a las acciones militares era proporcionada exclusivamente por oficiales del propio ejército, y estos no dudaban en sesgar y censurar la noticia en función de sus propios intereses, y así fue que la pluma de William Howard Russel retratando imparcialmente lo inhumano e insostenible de la situación de los soldados en el frente primero sorprendió, después indignó y, más tarde, comenzó a quebrar la indiferencia de la metrópolis.

William Howard Russel, nacido en Dublín en 1821, comenzó su relación con el periodismo vendiendo diarios en Liverpool, ciudad en la que pasó la mayor parte de su infancia. Se trasladó a Londres con la intención de hacer carrera en The Times, y, como era habitual en la época, su primer empleo fue el de mensajero. Utilizó sus contactos en Irlanda para escribir sus primeras redacciones y más tarde se le encomendó la tarea de asistir diariamente al Parlamento, donde en ocasiones debía permanecer desde la mañana hasta la madrugada para, una vez finalizados los debates, dirigirse caminando a la sede del diario a entregar los textos de los cronistas parlamentarios. Su gran oportunidad llega con la encomienda de asistir a los funerales de Wellington, en 1852, hasta que siendo ya un periodista de cierto relieve en la capital londinense navegará a Constantinopla.

Sentenciaba en la crónica relativa a la famosa Carga de la Brigada Ligera ante la plaza rusa de Balaclava: «Estas son verdades difíciles, pero el pueblo inglés debe escucharlas. Debe saber que el mendigo que se tambalea bajo la lluvia en las calles de Londres lleva una vida de príncipe en comparación con la que llevan los soldados que luchan por nuestro país». Y acuñó en la misma redacción la célebre expresión «la delgada línea roja» haciendo referencia a la línea de carabineros británicos que se defendían de la caballería rusa, vestidos con casacas coloradas.

Con el descontento y las veladas amenazas de los mandos castrenses siguió denunciando la debacle militar, la falta de espacio y recursos, la carencia de camas, ropa, alimento, agua salubre y personal sanitario. Puso en evidencia al Parlamento y sonrojó a los súbditos de la reina Victoria al evidenciar que, a diferencia del propio, el ejército francés contaba con experimentados cirujanos, recursos abundantes y la atención de las Hermanas de la Caridad en el cuidado de los enfermos. Así que poco a poco fue despertando interés por la situación entre filántropos y eruditos, hasta que presionando a los altos cargos del gobierno, los mandatarios terminaron siendo destituidos. La segunda reacción a las crónicas de Russel llegó cuando en octubre de 1854 un equipo de treinta y nueve enfermeras voluntarias desembarcó en el territorio, encabezadas por Florence Nightingale, que gracias a las experiencias vividas en esta guerra sentaría en su vuelta a Inglaterra las bases de la enfermería moderna. Restablecida la Cámara de los Comunes, los nuevos dirigentes se apresuraron a redactar una serie de reformas para evitar un futuro desastre del Ejército Imperial Británico como el de Crimea, entre las que se establecía la censura militar sobre los informadores civiles bajo amenaza de acusación de alta traición y revelación de secretos estratégicos, norma que el ingenio de Russel sería capaz de burlar con éxito en lo sucesivo.

Portada Times 1954Había nacido el periodismo bélico, y William Howard Russel era el primer corresponsal de guerra de la historia moderna.

Tras abandonar Constantinopla en 1856 fue enviado a Moscú para cubrir la coronación del zar Nicolas II y al año siguiente viajó a India, donde estaba sucediendo la Rebelión de los Cipayos contra la Compañía Británica de las Indias Orientales, asistiendo al sitio y liberación de Lucknow. En 1861 John Delane le manda viajar a Nueva York para cubrir lo que se creía iba a ser otra escaramuza y se convertiría en la Guerra Civil Estadounidense o Guerra de Secesión. A pesar de que el Imperio Británico y The Times tomaban partido por los confederados, Russel apoya a Lincoln y los unionistas. No obstante siguió describiendo la realidad de las batallas y las atrocidades colaterales de forma literal, lo que le valió ser acusado de espía e indeseable por ambos bandos. De regreso a Inglaterra desposó en segundas nupcias a una noble italiana, se postuló para el parlamento de la nación, y se dedicó a viajar y redactar diarios de sus experiencias.

Fue un hombre de origen humilde que realizó grandes hazañas, no con el fusil y la bayoneta, ni montando corceles al frente de ejércitos. Con pluma, tintero y papel derrocó a un gobierno, propició la evolución del campo de la medicina de trincheras e inspiró a los grandes corresponsales de guerra que le sucedieron, esos que son los únicos capaces de relatar veraz e imparcialmente las atrocidades de las lides entre rivales y que velan desintencionadamente por proteger a los civiles de las barbaries militares. Sea este modesto retrato de William Howard Russel homenaje para todos los corresponsales de guerra que empuñando una birome cayeron en el campo de batalla.

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