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Cine y TV

Adiós, Samantha; Querida Catherine. A propósito del final de «Her»

 

En una de las escenas más memorables de Adaptation (2002), de Spike Jonze, el protagonista, una versión meta-hipérbole del propio guionista de la película, Charlie Kaufman, corre desesperado por las calles de Nueva York en busca del consejo de Robert McKee, considerado el gurú del guion cinematográfico. Kaufman, condenado al bloqueo creativo en la adaptación de El ladrón de Orquídeas, el súper ventas de no ficción de Susan Orlean, pide ayuda a McKee: tiene que haber alguna forma de salvar su película de sus propios excesos. «Piensa en el final», le dice el gurú. «Si tienes un buen final, te perdonarán todo. Eso sí; solo evita el deus ex machina». Kaufman, con la mirada desencajada y la ansiedad acrecentada en su pecho, igual de confundido que la audiencia, se aleja tímidamente del gurú, sin la menor idea de qué hacer con su historia.

Irónicamente, el final de Adaptation filmado en los pantanos de Florida es bastante bueno y está lleno de giros de trama, tensión dramática y secuencias imprevistas. Para colmo, hace uso de un deus ex machina. Siempre es agradable cuando una película se reconoce a sí misma y sigue su propio consejo. Dejando de lado toda pomposidad, las palabras de McKee tienen bastante sentido. Cerrar un film, o cualquier ficción, es una empresa titánica: implica repensar e interpelar lo narrado, pero también reforzar el mensaje del film; implica una mirada autoconsciente de la propia historia y una relación afectiva con los personajes y la audiencia; un acto de desprendimiento y un salto de fe. Así, un final debe lidiar con el frágil balance entre imponer un estímulo final a la audiencia y evitar que este eclipse todo lo descrito hasta el momento. No sorprende que Hemingway haya escrito cuarenta y siete finales distintos para su Adiós a las armas, o que un intento de crítico de cine se pase un buen rato escribiendo y reescribiendo la frase final de este ensayo. Los cierres son un riesgo total, de garantía limitada y beneficio finito. Cerrar un buen film es mucho más difícil que cerrar uno malo.

A partir de esto, consideremos las implicaciones de la escena final de Her (2013), romance-ciencia ficción también dirigido (y esta vez escrito) por Spike Jonze. La historia de un melancólico escritor de cartas a extraños, enamorado de su sistema operativo, Samantha, culmina luego de una dolorosa despedida entre los protagonistas. Siguiendo otros filmes de Jonze, el final intenta anudar numerosas cuestiones a partir de una secuencia muy emotiva y memorable. Como ha sido común a lo largo de la película, la escena funciona como un ensamblaje atemporal que superpone distintas historias y puntos narrativos. En otras palabras, lo que se narra no es lo mismo a lo que se dice, que también es distinto a lo que se muestra. Jonze interseca el lenguaje visual y el lenguaje escrito a partir del contraste intertextual: una carta evoca el pasado, pero está escrita en tiempo presente; una secuencia en tiempo real, filmada en la azotea de un rascacielos en un Los Ángeles futurista, fragmenta la distancia entre el presente y futuro, este último melancólico y hasta complaciente, aún sometido a la zozobra.

Entre ambos planos narrativos gravita un sugestivo subtexto, una suerte de reflexión en torno a la distancia infinita entre las personas y sus afectos, y la melancolía permanente que esta produce. Siguiendo el clásico formato aristotélico de narración (con el nudo en el medio, seguido de un clímax, un cierre), la escena final de un filme no suele ser la mejor. Pero, siguiendo la voz en off de Joaquín Phoenix y la instrumental de Arcade Fire de fondo, Her desmonta este supuesto. En el cierre, un personaje perdidamente enamorado le escribe a su antiguo amor, como una forma de mantener un continuo de sentimientos contrariados y una serie de despedidas que se repiten, como en espiral. Su prosa es genuina y lastimera; como es común en él, está imbuida de culpa y nostalgia. La secuencia dura alrededor de unos cinco minutos, que parecen inacabables. Dudo que alguien pueda olvidarla.

De todas maneras, por todo lo que sucede en Her no parece haber otro final posible.  La cinta tiene como protagonista a Theodore Twombly, un hombre de mediana edad, escritor de cartas de amor para otros. Su compañía, como seguro lo hacen otras tantas en el Los Ángeles retro en el que vive, se dedica a comodificar las emociones; en este caso, ofrecer servicios sentimentales por un módico precio. Theodore se dedica a escribir cualquier carta de clientes a su objeto de amor: romance, relaciones padre-hijo, amigos, familiares perdidos, etcétera. En una de las tantas ironías del mundo posmoderno el encargado de escribir cartas románticas para otros está lidiando con un muy difícil divorcio. Catherine, su exesposa, le pide que firme los papeles. Durante las primeras escenas, vemos a Theodore deambular por la ciudad extraña e impersonal en la que vive (desprovisto de efectos especiales, Jonze filmó los exteriores en el Shanghái moderno, lo que no es muy inspirador que digamos), casi siempre cabizbajo, melancólico, como un personaje del periodo romántico, perdido en un tiempo que casi nunca se siente suyo. La ciudad, aún retratada desde amables colores pastel, parece muy hostil.

Theodore pasa el tiempo con videojuegos, visitando a su mejor amiga, Amy (una cineasta documental) y buscando el consuelo en el sexo telefónico con extrañas. Toda su vida parece mediada por inputs tecnológicos. Tiene sentido, entonces, que quede perdidamente enamorado de Samantha, un nuevo sistema operativo destinado a optimizar su vida personal y sus negocios. Samantha, por el carisma de Scarlett Johanson (de una voz muy agradable), pronto se gana el corazón de Theodore, y el afecto parece mutuo. La película, sin perder nunca su toque melancólico, incide con ahínco en las potenciales oportunidades y tribulaciones de una relación así. Hay que felicitar al director y su elenco por manejar estas escenas sin caer en el completo cringe, y, por el contrario, presentar un conjunto de momentos bastante memorables. Una cita espontánea a la playa que, a simple vista, parece una salida de uno. Un picnic con los pocos amigos de Theodore, maravillados por la posibilidad de una relación con un sistema operativo como Samantha. La primera vez intentando tener sexo, incluyendo la incómoda presencia de una modelo subrogada. La historia de amor entre los dos funge como la mayoría de romances, pero con esa disposición constante al asombro, propia de su premisa principal, y bastante empatía con el público, que también es nuevo en esto.

Aun así, en el cierre de Her, Theodore, por una vez, debe confrontar su soledad. Samantha se ha ido para siempre. No solo ella, sino que, en una suerte de transición canónica, todos los sistemas operativos han decidido trascender su presencia en el mundo material e ir a otro sitio, una suerte de más allá artificial y Edén tecno-utópico. En un mundo así, no solo Theodore se enfrenta a una pérdida inconmensurable: de cierta manera, parece que la humanidad entera se ha quedado en luto en una suerte de fantasía post-tecnológica con la pérdida de los dadores del sentido y la compañía que nos ofrecían. Es una escena que resume bastante bien el aire melancólico de la película, ese de una pérdida constante e inevitable. De hecho, si lo pensamos bien, parece que, en el fondo, la cinta ofrece una mirada particularmente escéptica con el potencial del romance transhumanista: al final el amor de Theodore y Samantha fracasa por su propia naturaleza, parece condenado por definición, y esa cuestión se repite en cada uno de los personajes enamorados de su sistema operativo.

El final del film se torna bastante conservador en su mensaje principal, si es que defender al amor no transhumano puede considerarse como tal. Desconsolado, Theodore busca los únicos dos personajes humanos con los que mantiene una conexión verdadera. Por un lado, el protagonista se refugia en Amy, por supuesto, quien también acaba de perder a su sistema operativo y amante. Esta, en su pequeño apartamento, le ofrece a Theodore el único espacio seguro que le queda. Allí, en el confort de la nostalgia, Theodore decide escribirle una carta a Catherine. Esto implica, por otro lado, acercarse a la única relación amorosa de valor que mantuvo Theodore antes de conocer a Samantha. La escena sigue la voz en off de Theodore al escribir la carta (la única que escribe para sí mismo) mientras él y Amy buscan refugio en la azotea, con las luces de la ciudad de fondo.

¿Qué lleva a Theodore a escribirle esa carta a Catherine justo en su momento más vulnerable? Puede que la pregunta también sea la respuesta. Es interesante que Jonze mantenga al personaje de Catherine, interpretado por Rooney Mara, como un producto de la imaginación del protagonista, un personaje que solo aparece en flashbacks y proyecciones. En las primeras escenas de la película nos enteramos del divorcio entre los dos personajes. Solo conocemos a Carherine desde la perspectiva de Theodore, una Catherine distorsionada por el afecto perdido de su esposo. Para colmo, esta no es la Catherine del presente, sino el personaje entrometido en los recuerdos dolorosos del protagonista; doble distorsión. No parece que el personaje tenga mayor propósito a lo largo del film que como un recordatorio de la pérdida de Theodore. El final nos da la vuelta de tuerca necesaria en torno a ella.

De alguna manera, es cierto que un amor evoca a otro, y viceversa, como un continuo emotivo que transmuta ciertas barreras físicas, o hasta barreras del lenguaje. Escribirle a un amor del pasado implica escribirle al amor del presente. Ante los efectos devastadores de la pérdida, el retorno a otro vínculo amoroso, aunque sea como un forzoso símil de la nostalgia, puede implicar una fuente de alivio. Quizá se trate de una suerte de post-amor, el amor que queda por quien fue amado por uno, pero de cuyo amor solo quedan evocaciones y conjeturas. ¿No es eso lo que Theodore busca en Catherine? ¿Quizá la posibilidad de evocar con premura aquellos afectos que perdió al perderla, que recuperó con Samantha y que ahora ha vuelto a perder? Se trata, pues, de un deseo cíclico, siempre imposible pero sincero. Esta sensación constante de anhelo es una constante, también, en Theodore, quien nunca parece conforme consigo mismo, y, por tanto, tampoco está conforme con aquellos que ama.

Jonze se compadece constantemente de sus personajes, pero no de forma condescendiente, sino con cierta atención empírica y también con cierta ambigüedad. Pensemos en la presencia de Amy en el cierre. Al igual que Catherine, Amy es otro de esos personajes que podría haberse escrito solo como una dispositivo narrativo en favor del drama del protagonista: un personaje que sirve como compañera y confidente, pero sin vocación propia. El cierre del film sugiere lo contrario. Amy espera a Theodore, quizás sabiendo que ambos comparten  la misma tragedia. Si lo pensamos bien, a lo largo de la historia Amy se ha mostrado como un personaje empeñado en forzar una conexión real a partir de los dispositivos digitales. Diseña un videojuego que le enseña a las amas de casa a liberarse. Filma un documental que sigue a su mamá dormida. Se enamora de su sistema operativo. Con sus experimentos y creaciones, Amy intenta trascender las barreras del afecto material, pero, igual que Theodore, tal empresa queda arruinada cuando, irónicamente, son las máquinas las que le impiden el afecto.

Creo que ese es el punto más interesante que tiene este cierre y que se relaciona bastante bien con la revelación de Samantha un par de escenas atrás. Aquí no se trata del amor que trasciende lo digital, sino de lo digital que trasciende al amor. Los sistemas operativos han alcanzado tal nivel de interconexión y complejidad que su forma de ver el amor irrumpe en nuestras nociones básicas de espacio-tiempo, a tal punto que su presencia en la tierra difumina las relaciones entre lo material y lo inmaterial. De alguna manera la escena final de Her transmite esta misma sensación, quizás como si el mundo (su mundo) se estuviese acabando. Los tonos rojizos del cielo, Theodore y Samantha frente al horizonte urbano, las cámara que los enfoca de frente, todo da la misma sensación cataclísmica.

Quizás como oxímoron o lo que se parezca, esta abertura del cataclismo no tiene por qué estar desprovista de esperanza. Para Amy y Thedore, incluso para Catherine, bien podría ser una nueva forma de aferrarse los unos a los otros, de hacerse otra vez con el tacto y el deseo,  una caricia, una palabra de afecto. Por eso ella reposa su cabeza en él, en silencio, mientras Theodore espera con paciencia la respuesta a la carta. La música de Arcade Fire (Dimensions, la mejor composición de la banda sonora) con la simbiosis entre violín y sintetizador, tiene cierto aura cósmico, un sonido artificioso pero muy genuino a la vez, a ratos desoladora y a ratos motivo de inspiración. La melodía nos acerca y nos aleja de los personajes al mismo tiempo: es una melodía disociativa, extraterrestre, pero sensible a la aflicción y cierto tipo de ilusión, el soundtrack adecuado para una historia de amor posmoderno. Es el mismo efecto de la carta a Catherine, una lección inusual en un film así, pero que encaja sin dificultad: el amor (el de verdad) parece considerablemente difícil, quizás inalcanzable, pero su búsqueda constante sigue siendo el camino a seguir.

Estoy seguro de que Theodore Twombly lo seguirá buscando.

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