Banderas de Estambul – 22 de mayo
En la noche de Taksim, hay niños que vagan por el asfalto. Son sirios, sin padres a la vista y con mirada de cansancio y hambre. En Estambul hay medio millón de refugiados de Siria. En toda Turquía son más tres millones. Desde 2016, la Unión Europea ha pagado 6000 millones de euros al gobierno turco para que se quedara a los sirios que huían de la guerra y dejaran de inundar el viejo continente. El acuerdo también incluía la obligación por parte de Turquía de avanzar en estándares democráticos y derechos humanos. Según la propia UE y ONGs, es justo lo contrario de lo que ha pasado en el país de Erdogan. Al jardín no le importa la jungla mientras contenga a las fieras.
Las banderas de Turquía ondean en cualquier esquina de Estambul. También carteles de Ataturk, y del propio Erdogan. En el aeropuerto internacional están los tres emblemas: el padre de la patria, la bandera y el presidente. Al triunvirato lo ven cada año ven 76 millones de viajeros. En la principal plaza comercial del aeropuerto hay tiendas de Boss, Dior, Armani y Fendi; de Hermés, Prada y Cartier. Brilla como el oro. Ninguna placa recuerda a los 400 trabajadores que murieron en las obras. El gobierno pagó a las familias para que se callaran. Cumhuriyet, el periódico que destapó que el aeropuerto era, de hecho, un cementerio, sobrevive a pesar del acoso del gobierno.
«En Turquía hay prensa libre, pero la libertad de expresión se castiga», me dice Ilya Topper, periodista que lleva quince años viendo el Bósforo desde Estambul. Explica: «aquí puedes publicar críticas a Erdogan, y vender el periódico, pero luego te expones a que te cierren el periódico, o a que detengan al editor por cualquier delito, real o fabricado». Topper escribió junto a Andrés Mourenza La democracia es un tranvía, donde cuentan el ascenso de Erdogan y su concepción oportunista de la democracia: se sube a ella como al transporte, y cuando llega a su destino, al poder, se baja para siempre. Las banderas y carteles son una apropiación de la eternidad.
Mustafá Kemal empezó a ganarse el nombre de Ataturk en Galípoli, en los Dardanelos, el otro gran estrecho de Turquía. Kemal era el general de las tropas turcas y logró frenar los necios ataques de ingleses, franceses, australianos y neozelandeses. Fue una carnicería: medio millón de muertos en menos de un año entre trincheras y ametralladoras, moscas y polvo: un crimen, tal y como contó Peter Weir a través de los ojos de dos jóvenes que corren hacia la muerte. Kemal volvió de la necrópolis de Galípoli convertido en héroe y padre de la patria. Hoy Erdogan lleva más años en el poder que Ataturk. No necesita épica, sino buenos pagadores para su país frontera con muros de lujo.
Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3

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