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Cinefórum CCXV: «Rebelión»

Cuando vemos cine de otras latitudes es fácil que nos sirva para descubrir nuestra ignorancia de la historia de otros lugares y los paralelismos existentes con respecto a la nuestra. Es curioso que una narración ambientada en el centro del periodo Edo japonés, en 1725, pueda tener ecos de lo que nosotros interpretaríamos como propio de la Guerra Fría, pero es así. Y por eso, tanto nuestra anterior película, Cold War, como Rebelión nos hablan de personajes atrapados en una sociedad que los oprime y de la que no pueden escapar. También nos muestran historias de amor, aunque la primera resulte más melodramática y la segunda anuncie un cariño mucho más mundano.

Rebelión, más comúnmente llamada Samurai Rebellion por su título en inglés, nos habla de la realidad sentimental de los samuráis durante el periodo Edo, momento de paz para los clanes que hizo que los grandes guerreros se convirtieran en burócratas bajo el poder de señores cada vez más entregados al hedonismo y los excesos. Una época perfecta para la mirada de Masaki Kobayashi, uno de los más grandes directores japoneses de la historia y un humanista convencido. Declarado pacifista y socialista, estuvo destinado por el ejército imperial en Manchuria durante la Segunda Guerra Mundial, pero se negó a ascender más allá del rango de soldado por principios. Para Kobayashi, el pasado japonés no era fuente de orgullo, sino que debía ser analizado y deconstruido para poder entender cómo Japón había llegado a dar a la luz a los terrores del siglo XX.

Kobayashi realizó dos de las obras más importantes del cine japonés en torno a la figura de los samuráis. En un lustro firmó Harakiri y Rebelión, dos miradas frías y críticas sobre el ideario del honor y cómo este era pervertido en el legendario pasado japonés. En las dos, el protagonismo pasa a manos de hombres de honor, antiguos guerreros que se ven superados por un mundo que ha abandonado sus principios, pero que oficialmente simula mantenerlos. En Rebelión seguimos la mirada de Isaburo Sasahara, magistralmente interpretado por Toshiro Mifune, un samurái atrapado en un matrimonio sin amor y en un presente en el que su habilidad marcial solamente sirve para probar las espadas de su señor.

Pero Isaburo descubrirá el verdadero amor. Su hijo es obligado a casarse con una concubina repudiada por su señor que además es madre de uno de sus herederos. A pesar de sus temores, su hijo y su nueva esposa descubren el amor y el propio Isaburo logra ver en ellos lo que su vida pudo ser y nunca fue. Cuando el drama alcance a la familia, Isaburo demostrará creerse sus propias ideas acerca del honor y estará dispuesto a todo para mantener la felicidad de su hijo. Frente a él, los supuestos guardianes del orden establecido serán un grupo de corruptos que siguen de manera ciega a un señor feudal.

El cine de samuráis, un género que en el país del lejano oriente es conocido generalmente como jidaigeki, y el chanbara, el subgénero en el que las luchas a espada tienen particular relevancia, es uno de los medios más usados por la cultura japonesa para lanzar miradas críticas a su propio pasado. Desde las películas de Akira Kurosawa a las series de filmes dedicados a Zatoichi y Nemuri Kyoshiro, la larga era samurái permite a los nipones recordar los errores del pasado y quitarle la pátina de leyenda a una época que sirvió como caldo de cultivo para los horrores japoneses de la Segunda Guerra Mundial. Entre todos los realizadores, tal vez ninguno supo ver como Masaki Kobayashi las contradicciones del periodo imperial. Algo que no sorprende tanto cuando nos paseamos por su biografía.

Ismael Rodríguez Gómez
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