Cinefórum

Cinefórum CCXXIV: «¡Agáchate, maldito!»

Vamos a salirnos un poco por la tangente, aunque mantenemos la nacionalidad del filme como hilo conductor, y regresamos a la filmografía de Sergio Leone, en realidad a su última película del oeste, encuadrada en un subgénero particular que se ha dado en llamar, en inglés, Zapata western. Esta vertiente se caracteriza por obras ambientadas en el México revolucionario y normalmente protagonizadas por un dúo de personajes, uno mexicano y otro norteamericano. En ella se pueden encuadrar cintas como Yo soy la revolución (El Chuncho, quién sabe, Damiano Damiani, 1966), El halcón y la presa (La resa dei conti, Sergio Sollima, 1967) o Salario para matar (Il Mercenario, Sergio Corbucci, 1968).

Los dos personajes principales, Juan Miranda (Rod Steiger bajo capas de maquillaje y con lentillas marrones) y Sean / John Mallory (James Coburn) cruzan sus destinos en plena revolución. El primero es un bandido, acompañado de su numeroso clan familiar, y  el segundo un solitario dinamitero irlandés. Al principio de la película Miranda es un cínico y observa desde la distancia una lucha en la que no creé; Mallory es un creyente, desilusionado por las circunstancias (que nos serán reveladas en forma de flashbacks) pero aún dispuesto a luchar por algo. Ambas posiciones se transformarán y evolucionarán al mismo tiempo que lo hace la relación entre los dos hombres.

La intención original de Leone era servir únicamente como productor y coguionista junto con los habituales Sergio Donati y Luciano Vincenzoni, y que un director diferente, originalmente Peter Bogdanovich [1], se ocupara de realizarla. En su opinión había dicho ya su última palabra sobre el oeste en Hasta que llegó su hora (C’era una volta il west, 1968). Solo la insistencia de la productora americana, United Artist, y de los dos actores principales obligó a Leone a ponerse tras la cámara. También se dice que el papel de Juan Miranda originalmente iba a ser para Eli Wallach, pero que los productores obligaron al director a aceptar al más comercial Steiger. Incluso se puede interpretar como una broma sobre el asunto la escena inicial, en la que el anónimo conductor de diligencia, interpretado por Michael Harvey, comenta el parecido del personaje (al menos de espaldas) con alguien que no llega a nombrar.

La combinación de farsa y tragedia, del tono picaresco y el solemne, se realiza de forma a veces un poco tosca, demasiado descarada. La oscuridad de la escena de los fusilamientos nocturnos, bajo un improbable chaparrón (teniendo en cuenta los secarrales que dominan el paisaje), mientras el personaje interpretado por Romolo Valli es obligado a mirar, contrasta con el cómico rescate de Miranda, bajo un sol avasallador, solo unos segundos después.

La película tiene también algunos problemas narrativos, con al menos dos secuencias obviamente cortadas, que dejan un hueco visible en la trama. Este es un rasgo que aparece a menudo en algunas de las obras de Leone, películas sorprendentemente largas que son sometidas a procesos de corte y ajuste para mantenerse en límites aceptables para las salas y los distribuidores, que hoy día justificarían la necesidad de montajes del director.

Hay que tener en cuenta que ya en las anteriores películas del director y en general en el western hecho en Europa, la presencia del bandido mexicano [2] había jugado un papel muy importante, contrastando con la aparición casi secundaria o anecdótica del nativo americano. Esta figura había jugado un papel complejo: por un lado se trata a menudo de personajes de carácter oscuro, los villanos de la función, pero por otro trasmisores de cierto espíritu pasional, latino y cierta simpatía por la picaresca que, de algún modo, contrasta con el héroe principal: más distante, más frío y, normalmente, más anglo.

Es necesario mencionar que, más allá de los esteticismos que han dejado como legado más reconocible, una parte del western italiano de los 60 estaban hechos por autores con convicciones políticas de izquierdas. Como ejemplo, los títulos mencionados anteriormente (Yo soy la revolución, El halcón y la presa y Salario para matar [3]) trasmitían un mensaje que podía leerse fácilmente en clave contemporánea, en términos de anti-imperialismo y simpatía por los movimientos de revolución sudamericanos (y mundiales) que se sucedían en los sesent. Que muchas de estas películas, incluida esta que nos ocupa, se rueden en la España franquista (y que sus connotaciones pasen desapercibidas para los censores) no deja de resultar paradójico.

¡Agáchate, maldito! se inicia, nada más y nada menos, que con una cita (eliminada en el estreno norteamericano) de Mao, y que nos indica buena parte del tono que seguirá la historia: «The revolution is not a social dinner, a literary event, a drawing, or an embroidery; it cannot be done with elegance and courtesy. The revolution is an act of violence…» [4]. Pero 1971, el año de esta película, ya no es la época de las grandes esperanzas revolucionarias utópicas. Hay una repetidísima frase de Leone (tan repetida que casi parece apócrifa) que viene al caso: «Cuando era joven, tan solo creía en tres cosas: el Marxismo, el redentor poder del cine y la dinamita. Ahora, solo creo en la dinamita» [5].

Pero, en realidad, Leone nunca fue un profundo pensador político. Era sobre todo un autor visual y los principales hallazgos de esta película son de este mismo tipo. En una de las secuencias iniciales, por ejemplo, escuchamos a un grupo de prohombres hablar sobre la masa campesina como si fueran animales; la secuencia está acentuada por un montaje casi alucinógeno de planos detalle de sus ojos, sus manos o sus bocas, que no cesan de comer, y es seguida poco después por una violencia salvaje por parte de los pobres en una cruel yuxtaposición. También es impactante, quizás la escena más Leone de la película, el ametrallamiento y  voladura de un puente por donde deben pasar la tropas federales, que nos remite a la voladura de aquel otro puente en El bueno, el feo y el malo.

Por otra parte, la principal referencia política de la película no se encuentra ni en el mayo francés, ni en la misma revolución mexicana (ni mucho menos la superficial referencia al conflicto irlandés), si no en una lectura personal del pasado colectivo italiano y del pasado personal del autor. Las referencias están ahí: las cavernas donde los revolucionarios son asesinados remiten a la Masacre de las Fosas Ardeatinas, el oficial mexicano de improbable noble germánico refleja el arquetípico oficial nazi, mientras en una secuencia posterior un soldado que es ejecutado por sus propios compañeros, por traidor y desertor, recuerda al mismísimo Mussolini. Apuntemos que Leone tenía solo catorce años cuando el Estado fascista cayó y, por tanto, no llegó a cumplir su deseo adolescente de unirse a los partisanos [6]. El discurso de Leone tiene más que ver con esa oportunidad perdida (y con el desencanto con la sociedad y la política italiana de postguerra) que con cualquier otra cosa.

En otros aspectos del film destaca, como siempre, la banda sonora de Ennio Morricone, aunque quizás por momentos ofrezca un sonido demasiado edulcorado u optimista para algunas escenas. Además, el tema elegido para el personaje Coburn, que parece repetir su nombre irlandés una y otra vez, resulta en ocasiones inoportunamente cómico. Y quiero mencionar también la aparición del infame Antonio Margheriti [7] como responsable de los efectos especiales.

La película fue un total fracaso en Estados Unidos, quizás en parte por el horrendo título escogido Duck, You Sucker! que sería cambiado a Once Upon a Time… The Revolution y a Fistful of Dynamite. Sería, también, el último western que dirigió Leone [8] y fue seguido por un largo hiato de trece años hasta su última película terminada, la monumental Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984).

Por concluir, ¡Agáchate, maldito! es una película que ofrece una entretenida historia de explosiones y tiroteos, con una buena actuación (pese al horrible y poco convincente acento) de Rod Steiger, y también una curiosa aproximación a cuestiones políticas y personales más complejas, aunque se quede en cierto nivel de crítica superficial. Los intereses de Leone se centran más en la acción, el humor y la relación de amistad entre sus protagonistas que en las conclusiones políticas.

agáchate maldito

[1] Leone mismo afirma que también Sam Peckinpah estuvo a punto de hacerlo, pero no parece muy probable. También se barajaron los nombres de varios directores italianos como Giancarlo Santi, que se encargaría finalmente de la segunda unidad.

[2] El Tuco (interpretado precisamente por Eli Wallach) de El bueno, el feo y el malo(Il buono, il brutto, il cattivo, Sergio Leone, 1966) es el ejemplo paradigmático.

[3] Las tres guionizadas por Franco Solinas, autor también del guion de la excepcional La batalla de Argel(La battaglia di Algeri, Gillo Pontecorvo, 1966).

[4] De su Informe sobre la insurrección campesina en Junán, que podemos leer traducido aquí: https://www.marxists.org/espanol/mao/escritos/HP27s.html. «En segundo lugar, hacer la revolución no es ofrecer un banquete, ni escribir una obra, ni pintar un cuadro o hacer un bordado; no puede ser tan elegante, tan tranquila y delicada, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima. Una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante el cual una clase derroca a otra».

[5] Es, además, sospechosamente parecida a un diálogo de James Coburn en esta misma película (“Cuando empecé a usar la dinamita tenía ideales, creía en cosas. Ahora solo creo en la dinamita”) y contrasta con las opiniones, que describen a Leone como poco interesado en la política, de muchos de sus colaboradores más cercanos. Quizás la adopción de la frase fuera parte de la tendencia mitómana de Leone.

[6] No deja de recordarme la actitud de otro niño de la guerra que también fue demasiado joven para ser partisano y se lamentaba por ello: Umberto Eco.

[7] Posteriormente prolífico director de clásicos entre los que mencionaría Los aventureros del tesoro perdido(I cacciatori del cobra d’oro, 1982) o Yor, el cazador del futuro(Il mondo di Yor, 1983).

[8] Aunque realizó labores de segunda unidad, no acreditadas, en películas del género escritas o producidas por él como Mi nombre es Ninguno (Il mio nome è Nessuno, Tonino Valerii, 1973) o El genio(Un genio, due compari, un pollo, Damiano Damiani, 1975), ambas protagonizadas por Terence Hill.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba