La recepción de una noticia inesperada ha sido, desde siempre, uno de los motores esenciales del cine. Una carta, una llamada, una confesión durante la cena: basta un acontecimiento imprevisto para que las relaciones humanas se resquebrajen y aparezca lo que normalmente permanece oculto. En ese sentido, El inquilino (1957) de Fernando Fernán Gómez y The Party (2017) de Sally Potter dialogan de manera sorprendente pese a las décadas que las separan.
En la película española, la noticia de un desahucio inminente y la consecuente búsqueda desesperada de un techo bajo el que cobijarse desencadenan una cadena de escenas esperpénticas en las que el protagonista descubre que la estabilidad de su vida era apenas una ilusión burocrática y personal. En The Party, la noticia parece, en principio, feliz: Janet ha sido nombrada ministra de Sanidad en el gobierno británico y decide celebrarlo con una reunión íntima entre amigos. Sin embargo, esa celebración pronto se convierte en un campo de batalla emocional. Lo que comienza como una reunión civilizada termina desnudando resentimientos, frustraciones y deseos reprimidos.
La película de Sally Potter tiene una identidad profundamente teatral. Apenas abandona el espacio de la casa donde transcurre la acción y la estructura recuerda deliberadamente a una obra de cámara. Los personajes entran y salen de habitaciones como si atravesaran bastidores; los diálogos, rápidos y afilados, poseen una musicalidad muy cercana al teatro británico contemporáneo; y la tensión se acumula escena tras escena hasta desembocar en un clímax dramático.
Pero no se trata únicamente de un teatro filmado: Potter entiende perfectamente las posibilidades del lenguaje cinematográfico. La cámara se mueve con precisión entre los personajes, capturando silencios incómodos, miradas laterales y pequeños gestos que en un escenario podrían perderse. Hay primeros planos que funcionan como puñaladas emocionales. La película aprovecha la intimidad del cine para intensificar la incomodidad del espectador: estamos demasiado cerca de los personajes como para escapar de sus miserias.
Ese carácter teatral no es casual. The Party pertenece a una tradición de cine europeo que utiliza una reunión social para radiografiar una clase intelectual progresista aparentemente sofisticada, pero moralmente agotada. Hay ecos de Luis Buñuel, especialmente de El ángel exterminador, y también recuerda a películas como The Invitation, Funny games y en alguna medida, a La Soga.
El blanco y negro aporta, en primer lugar, una sensación de atemporalidad. Aunque la película habla claramente de la izquierda liberal británica contemporánea, podría estar ocurriendo en cualquier momento de las últimas décadas. Las discusiones sobre política, fidelidad, maternidad o éxito profesional adquieren así una dimensión casi universal. Además, la fotografía elimina distracciones y obliga al espectador a concentrarse en los rostros y en la tensión entre los personajes. El blanco y negro también introduce un contraste moral muy sugerente: en un mundo aparentemente sofisticado y progresista, las emociones siguen siendo primitivas, caóticas y contradictorias. La elegancia visual funciona como contrapunto de los conflictos emocionales que presenciamos.
Ciertamente, hay un componente de ironía en la intención de reflejar las contradicciones morales que se esconden detrás de personajes que comienzan siendo adalides de la virtud sobre grandes pedestales de fragilidad. El reparto es, probablemente, uno de los grandes triunfos de la película. Cada actor interpreta un arquetipo reconocible, pero logra dotarlo de humanidad y contradicción. El personaje de Kristin Scott Thomas (Janet) encarna el éxito político y profesional, pero también el agotamiento de alguien que ha sacrificado demasiadas cosas por mantener una imagen de fortaleza. Su sonrisa inicial se va convirtiendo en una máscara cada vez más difícil de sostener. Frente a ella, Timothy Spall interpreta a Bill, quizá el personaje más devastador del conjunto. El desencadenante del conflicto que llama la atención desde un primer momento. Patricia Clarkson, Bruno Ganz, Cherry Jones, Emily Mortimer y Cillian Murphy completan un elenco cuyos personajes se mueven entre el cinismo, la obsesión y la caricatura. En cierta manera, The Party también tiene parentescos con los clásicos de Agatha Christie en los que vamos descubriendo las verdaderas identidades e intenciones de cada uno a medida que avanza la historia..

La duración breve (apenas setenta minutos) juega a favor de la película. No hay escenas sobrantes ni subtramas innecesarias. Todo está construido con precisión matemática, como un mecanismo de relojería emocional que avanza inevitablemente hacia el desastre.
Por todo esto, The Party es, finalmente, una pequeña joya de la tragicomedia contemporánea. Inteligente, cruel, elegante y profundamente incómoda, demuestra que todavía es posible hacer cine basado casi exclusivamente en los diálogos y las interpretaciones. Su blanco y negro no es un capricho estético, sino una herramienta esencial para subrayar la artificialidad social y la desnudez emocional de unos personajes enfrentados a sus propias contradicciones, que podrían ser las de cualquiera de nosotros.
- Cinefórum CDL: «The Party» - 28 mayo, 2026
- Cinefórum CDXLV: «La venganza (The Hit)» - 24 abril, 2026
- Cinefórum CDXL: «Una quinta portuguesa» - 13 marzo, 2026






