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Cinefórum CDLII: «El retorno»

 

Si hay un tópico que ha acompañado siempre la filmografía rusa es el de su intensidad. Seamos sinceros, Tarkovski no ayuda a evitarlo, como tampoco lo hacen todos los demás directores que se han ido declarando herederos de este. Algo así le pasaba a Masacre. Ven y mira, una película de esas que no hace concesiones al espectador y que encuentra, en esa falta de miedo, su grandeza. Lo mismo sucede con El regreso (2003), la ópera prima de Andrey Zvyagintsev de la que vamos a hablar hoy. Y no, no toca irse a la Rusia más festiva de obras como Ivan Vasilievich cambia de profesión (1973), sino que nos vamos a una reflexión sobre la humanidad, la paternidad y, por qué no, la realidad.

El regreso, Vozvrashchenie en ruso, va sobre una pareja de hermanos de catorce y doce años que crece en esa Rusia de principios de los 2000 convertida en un espacio gris y peligroso. La vida de estos se verá sacudida por la reaparición de un padre al que apenas conocen y que se ha convertido en una figura casi religiosa, mitológica. Con un pasado misterioso y poco coherente, lo único que saben por boca de su madre es que es piloto, y, sin embargo, no lo parece en absoluto. Además, oculta algo cuando les dice que los va a llevar a pescar. Ahí empieza un viaje a la madurez, a la superación del pasado y al enfrentamiento con la figura paterna, que está narrado con mano firme y con una fotografía digna de aplauso.

Ren TV.

La cinta consigue una cosa muy complicada: tratar temas universales y complejos de manera directa y sencilla. Es normal que ganara el León de Oro en Venecia, porque todo en ella funciona con la precisión del mejor relojero y construye una historia que no necesita explicarse en exceso. La pareja de niños, interpretados por Vladímir Garin e Iván Dobronrávov, están enormes en unos papeles muy complejos (por cierto, solo el segundo seguiría en el cine con posterioridad). Konstantin Lavronenko se consagró con el papel del padre hasta el punto de que terminaría ganando el premio de Cannes al mejor actor cuatro años más tarde con su actuación en El destierro, también de Zvyagintsev.

Estamos ante una película que debe ser enfrentada sin saber mucho de la misma; apenas el punto de partida: esos dos niños y ese padre mítico que regresa sin ningún motivo aparente. A partir de ahí, hay que dejarse llevar y analizar de manera individual cómo nos habla, qué nos dice y por qué. El regreso, como tantas otras grandes obras, no entiende de explicaciones únicas ni de lecturas unívocas, sino que establece un diálogo directo con el espectador. Ahí está uno de los grandes conjuros del cine.

Ismael Rodríguez Gómez
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