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Cinefórum CDLIV: «La armada Brancaleone»

 

La semana pasada, Backrooms nos encerraba en uno de esos espacios liminales que tanto gustan al miedo contemporáneo: pasillos sin destino, oficinas vacías, habitaciones amarillentas, lugares que no pertenecen del todo al mundo ni terminan de despegarse de él. Y un lugar liminal, aunque quizá de otro tipo, es también al que nos transporta La armada Brancaleone, dirigida por el genial Mario Monicelli en 1966. A primera vista, son películas muy alejadas: separadas por décadas, intereses y estilos diversos. Sin embargo, ambas comparten la cuestión del extravío. Si en Backrooms los personajes vagan por un laberinto infinito del que no pueden escapar, en la película italiana una pandilla de desarrapados atraviesa una Edad Media que también funciona como un territorio incierto, un espacio de tránsito donde nadie parece saber muy bien adónde va. Cambia el escenario (de los pasillos macilentos al barro de los caminos mediterráneos), pero permanece la sensación de avanzar hacia ninguna parte. En ambos casos, perderse para encontrarse por el camino (o no) es la verdadera experiencia.

La premisa de La armada Brancaleone es tan sencilla como inagotable: unos ladronzuelos se hacen con un pergamino que concede la posesión del feudo de Aurocastro, en Apulia, y deciden buscar a un caballero que haga legal la empresa y de paso le dé algo de respetabilidad. El elegido será Brancaleone da Norcia, interpretado por un desatado Vittorio Gassman, noble venido a menos, fanfarrón, torpe y convencido de protagonizar una gesta que solo existe en su cabeza. Una especia de Don Quijote acompañado aquí de un Sancho caleidoscópico. Porque a su alrededor se reúne una compañía imposible: pícaros, campesinos, monjes, hambrientos, oportunistas, una noble en apuros y todos cuantos puedan ir sumándose a una expedición que promete gloria y ofrece, sobre todo, accidentes. El reparto suma nombres como Catherine Spaak, Gian Maria Volonté, Folco Lulli o Barbara Steele, pero el gran personaje colectivo es esa tropa miserable, una antihermandad del anillo que avanza hacia ninguna parte con más fe que recursos y más retórica que talento.

La historia del proyecto encaja muy bien en la trayectoria de Monicelli, uno de los grandes nombres de la commedia all’italiana, capaz de mirar la realidad social con ferocidad y ternura al mismo tiempo. Venía de títulos como Rufufú (I soliti ignoti), esa extraordinaria demolición del cine de atracos convertida en comedia de pobres diablos, y aquí aplica una operación parecida sobre el relato medieval. La película, escrita junto a Age y Scarpelli, inventa casi una lengua propia, un italiano macarrónico, arcaizante y disparatado que convierte cada frase en parte del chiste. Presentada en Cannes y premiada con varios Nastri d’argento, la cinta tuvo además una secuela, Brancaleone alle crociate, señal de que aquel caballero ridículo había tocado la fibra de la crítica y el público italianos.

Y no es difícil entender por qué Italia se fija en la Edad Media para contar algo de sí misma. La armada Brancaleone se produce en un país moderno, industrializado a marchas forzadas, pero atravesado todavía por desigualdades, supersticiones, hambre histórica, regionalismos y restos de una vieja fragmentación. Frente a la Edad Media solemne de los frescos, los cantares y los caballeros impolutos, Monicelli representa una era que mezcla caminos embarrados y cuerpos cansados con un cierto optimismo espiritual y discursos heroicos que, sin embargo, se desinflan inevitablemente al entrar en contacto con la realidad. En ese sentido, la película anticipa con claridad el espíritu de Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, de los Monty Python, estrenada todavía nueve años después: en las dos encontramos la misma voluntad de pinchar el globo de la épica, de hacer que el mito tropiece con una piedra; de recordarnos que debajo de cualquier armadura casi siempre hay hambre. De pan y trascendencia.

El absurdo italiano tiene además una cualidad propia. No es un humor surgido de un cinismo frío ni de la superioridad intelectual, sino uno que mira al prójimo y sus circunstancias porque, en realidad, forma parte de ellas. Se ríe de sus personajes, sí, pero no los abandona. Brancaleone es ridículo y su armada es ruin, pero la película entiende que detrás de la fanfarronería hay necesidad, detrás de la violencia hay miseria y detrás del sueño de grandeza hay una comunidad de derrotados intentando inventarse un destino que alivie lo material. Esa mezcla de aventura, embuste y supervivencia reaparecerá años después en muchas otras revisiones italianas de la Edad Media, desde el cine hasta la literatura. No es casual que una novela como Baudolino, de Umberto Eco, también siga a un viajero fabulador que atraviesa un mundo medieval tan imaginario como real, poblado de relatos contradictorios, imposturas y sueños imposibles. Italia vuelve una y otra vez a ese periodo porque buena parte de sus referencias fundacionales se encuentran allí: en las ciudades-estado, en los comunes, en las luchas entre güelfos y gibelinos, en el nacimiento de muchas identidades locales que sobrevivieron durante siglos y cuya huella todavía se percibe. Recordemos que la unificación italiana no llegó hasta 1861, y que entre la fragmentación medieval y la construcción del Estado moderno existe una continuidad histórica y cultural mucho más visible que en otras tradiciones nacionales.

Cinefórum La armada Brancaleone
Fair Film, Les Films Marceau

Por eso La armada Brancaleone sigue funcionando: porque convierte la historia en carnaval, la épica en procesión de desgraciados y el fracaso en una forma de caminar por el mundo. Es algo propio del sur de Europa y que, cuando no funciona como simple estereotipo, conviene revisitar de vez en cuando. Hay que seguir caminando. Y en las pausas del camino, con un poco de vino (quizá barato pero siempre compartido), hay que seguir disfrutando las películas de Monicelli.

Víctor Muiña Fano
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