Cinefórum CDXIV: «Yo soy la revolución»
La semana pasada visitamos la isla imaginaria de Queimada de la mano de una película que mostraba los intereses revolucionarios y reivindicativos del cine popular de los años sesenta. No se trataba de una rara avis en un ecosistema en el que los creativos conseguían tener la libertad necesaria para criticar al orden establecido, escondidos bajo los ropajes de unas cintas de género que podían engañar a los censores y al público bienpensante. De hecho, tres años antes de Queimada había nacido el género llamado popularmente el Zapata western de la mano de nuestra película de hoy: Yo soy la revolución.
El Zapata western no deja de ser una manera de distinguir dentro del cuerpo de obras de lo que popularmente llamamos el spaghetti western a aquellas películas que se ambientan en la revolución mexicana. Recordemos que hablamos de un conflicto que tiene lugar ya entrado el siglo XX y en el que dentro del cine terminarán dándose la mano las películas europeas, sobre todo italianas, y clásicos ya consagrados del cine como Grupo salvaje. Es habitual que en las cintas se introduzca siempre un personaje americano, normalmente de oscuras intenciones o moralidad, algo heredado en gran parte de la película fundacional de la que hablamos hoy.
Yo soy la revolución tiene muchos nombres, que juntos van contándonos en gran parte la película y la mirada de cada mercado. En España nos quedamos con la parte revolucionaria, lo que subraya el tema principal de la cinta. En Italia la llamaron El Chuncho, quien sabe?, referencia al nombre del protagonista, algo muy del cine italiano de la época y de la resolución de la película. En Latinoamérica la película fue Dios perdona… ¡yo no!, que no tiene mucho sentido, pero seguramente se inspiró en el personaje de Klaus Kinski, un cura bastante loco y sádico. En los Estados Unidos tocó A Bullet for the General, o sea Una bala para el general, el título más soso y descriptivo del conjunto. Así pues, el verdadero tema de la película, la revolución, su motivación y la reacción del ser humano ante ella, se oculta bajo títulos que distraen nuestra atención a otros aspectos del conjunto.
En realidad Damiano Damiani, su director, es otro elemento extraño dentro del western mediterráneo. Dentro del género, apenas firmó este título y El genio, este con Terence Hill, para centrarse en realidad en el policiaco y alcanzar su mayor fama con una secuela de terror para el cine americano (Amityville II: La Posesión) y con la serie más famosa de la historia de Italia, La Piovra. Tal vez por ser un extranjero en el género pudo permitirse una obra tan a contracorriente, en la que además tuvo la suerte de contar con un reparto de lujo encabezado por el gran Gian Maria Volontè, habitual de Leone y al que ya tuvimos en nuestro cinefórum siendo protagonista de la magnífica La clase obrera va al paraíso. Le acompañan el citado Klaus Kinski como su hermano y como cura loco, Lou Castel como el americano de dudosa moralidad y hasta una chica Bond como Martine Beswick.
Yo soy la revolución cuenta como un bandido convertido en revolucionario, o tal vez un revolucionario convertido en bandido (nunca queda claro), se encuentra con un joven americano traba con él una relación de amistad. Chuncho, nuestro protagonista, quiere ser rico y famoso, pero también demuestra preocuparse de verdad por el bien de su pueblo. Parece que su revolución no tiene un motivo claro, pero busca mejorar la situación del prójimo. Frente a él está Tate, el americano al que llama El niño: cara no haber roto un plato, ropa impecable, aparente fuerza moral… pero con un oscuro secreto. Su amistad, los problemas que esta causa en el grupo de revolucionarios y las verdaderas intenciones de Tate construyen un fresco que nos habla sobre la revolución, sobre lo que se debe hacer y por qué debe hacerse.

Mención aparte merece el episodio en el que Chuncho vuelve a San Miguel para encargarse del terrateniente local con la ayuda de los campesinos que le sirven. Se trata de uno de los momentos en el que el cine ha mostrado de manera más clara el verdadero motivo de las revoluciones, sin romanticismos ni excusas.
Porque si algo tenía el buen cine de género europeo era conciencia de clase y la habilidad de destapar las vergüenzas del sistema.
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