En nuestras pequeñas existencias, meros suspiros cósmicos, anidan también los gérmenes de las grandes historias. Y no por ser menos épicas que las de los grandes nombres de la Historia carecen de valor. Al contrario, en cada uno de nosotros existe (se manifieste o no es otro cantar) ese mundo interior donde los anhelos y los temores conviven con la vida real, con sus caricias y sus golpes. Inspirándonos en la grandeza de las pequeñas cotidianeidades de dos personajes que sortean a su manera los embates de la vida, podemos atar algunos cabos que unen la anterior película de nuestro ciclo, Train Dreams, con la que esta semana nos ocupa, Una quinta portuguesa (2025).
Avelina Prat firma el guion y la dirección de esta historia que nos cuenta las peripecias de Fernando, un hombre sencillo, profesor de Geografía en Barcelona, cuya mujer desaparece repentinamente. Buscando alivio en la distancia y respuestas en su interior, Fernando viaja a Portugal, donde azarosamente se convertirá en jardinero de una quinta, propiedad de una misteriosa y acaudalada mujer, Amalia, con la que entablará una curiosa relación. Los actores Manolo Soto (Fernando), María de Medeiros (Amalia) y más tarde Branka Katic (Olga), dan vida a este trío de personajes, tan humildes y sencillos como interesantes. Tres vidas zarandeadas por las olas incontrolables del destino y que encuentran en la bondad propia y ajena el salvavidas que les mantiene a flote.
Tanto Fernando como Grainer (el protagonista de Train Dreams), comparten igualmente una forma de abordar el trauma sin enfrentarlo directamente, sino más bien, lidiando con él, atravesándolo solos, y sin la ayuda apropiada, con la esperanza puesta en la sabiduría del tiempo que termina siendo, al fin y al cabo, revulsivo pero no solución.

Sí cabe criticar que a pesar de que la película hace gala de un discurso lento y paladeable, propio de la gozosa literatura, peca si acaso de ampulosidad y artificiosidad en algunos momentos. Con todo, esto es pecata minuta para quien escribe, pues al final lo interesante de la película no está tanto en el qué, sino en el cómo. Otra de las virtudes de la cinta de Prat radica en su originalidad, tanto por los escenarios y las situaciones como por el tipo de relaciones que entablan sus personajes. Relaciones que se mueven en la ambigüedad de la amistad y el amor, trasluciendo algo bello como es el mero afecto. Personajes cuyas vidas son tan dispares como interesantes; vidas afectadas por la Historia, particularmente las de Amalia y Olga, y en las que el presente y pasado se dan la mano, evidenciando la importancia de conocer la Historia contemporánea propia y ajena para entender los fantasmas que habitan nuestra realidad. Fantasmas imaginarios y reales que a veces son fruto de la propia identidad que es una y varias a la vez, o no.
A pesar de estar apareciendo en diferentes festivales cinematográficos con varias nominaciones, de momento Una quinta portuguesa no ha recibido ningún premio. Y a pesar de que se lo podría merecer sobradamente, esto no resta un ápice a su calidad. Quizá hasta pueda verse como una virtud, pues, en su raíz esta película es como sus personajes: una cáscara de sencillez que encierra un mundo que son muchos.
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