El salto de esposa que desaparece a esposa que desaparece (y en este caso también vuelve), sirve para hacer un cambio radical de década, género y formato en nuestro cinefórum: Mi mujer favorita (My Favorite Wife, 1940, Garson Kanin) es una comedia alocada en la que un habitual Cary Grant se mide de igual a igual con Irene Dunne, Randolph Scott y Gail Patrick como vértices adicionales de un cuadrado amoroso que marca los límites de lo permisible por el código de producción del viejo Hollywood.

La película comienza presentándonos a Nick Arden (Grant), un abogado que se encuentra en el juzgado intentando conseguir que un juez, cómicamente inepto (Granville Bates), declare a su desaparecida esposa (supuestamente ahogada en el Pacífico) Ellen (Dunne) legalmente muerta para poder casarse con su nueva novia, Bianca (Patrick). Precisamente el mismo día que completa el procedimiento y se celebra la boda, Ellen vuelve a casa, provocando el inicio de una serie de enredos que se complican aún más cuando Nick descubre que esta no se encontraba sola en la remota isla desierta donde se había refugiado, si no que había pasado esos años junto al atlético Stephen (Scott). Como otro elemento en la discordia, los jóvenes hijos de Ellen y Nick también jugarán un papel importante en una resolución que no puede salirse de los límites del género y el momento.
De hecho, los trucos para permitir jugar con el espectro de la bigamia y del divorcio sin culpables, sin romper los principios del final feliz y la institución familiar, recuerdan, por ejemplo, al error administrativo que separa a los protagonistas de Matrimonio original (Mr. & Mrs. Smith, 1941, Alfred Hitchcock) o al divorcio interrumpido que los mismos protagonistas (Dunne y Grant) habían protagonizado en La pícara puritana (The Awful Truth, 1937, Leo McCarey). Pese a las implicaciones escandalosas de la trama, resulta curioso contrastar cómo las imágenes de la habitación matrimonial muestran púdicamente dos camas individuales. También son particularmente cómicas, teniendo en cuenta la relación murmurada entre ambos actores, las escenas en que un Cary Grant, supuestamente celoso, fantasea con los enérgicos movimientos deportivos de Randolph Scott.
Por lo demás, la película comienza con un decidido impulso humorístico que va perdiendo fuelle hacia el final de su segundo tercio, cuando todas las cartas están sobre la mesa y el guion parece esforzarse por encontrar un nuevo giro que permita alargar un poco más los acontecimientos. El personaje de Grant, cuya indecisión y celos destacan más que cualquier posible virtud, tampoco ayuda a provocar excesiva simpatía, mientras que la actitud del personaje interpretado por Dunne resulta innecesariamente maquiavélica por momentos, quizás para poder alargar un poco más el leve asunto dramático. La actitud de ambos y del film mismo hacia la segunda esposa es casi cruel, mientras que el papel de Scott no termina de definirse entre rival amoroso y amigo inocente (y fantasía homoerótica de carambola). Quizás un desarrollo ligeramente más profundo de los personajes secundarios, a los que se suman los niños y la madre de Nick, podrían haber redondeado más la cinta.
La producción de la película tuvo una historia decididamente complicada. Tras el éxito de la ya menciona La pícara puritana, el mítico director Leo MacCarey había firmado con los dos protagonistas para hacer una segunda película con una fórmula similar. Sin embargo, en el último momento, un accidente de coche evitó que MacCarey ocupara la silla de director (aunque consta como productor, dirigió algunas escenas adicionales y participó en el montaje de la película) y el puesto recayó en el más modesto Garson Kanin, lo que quizás explique algunas de las fallas de ritmo e inconsistencia cómica de la película. Y ello pese a que ya había dirigido otros enredos matrimoniales como Cuando vuelva a casarme (Next Time I Marry, 1938) con Lucille Ball y en la divertida, con bebé incluido, Mamá a la fuerza (Bachelor Mother, 1939) con David Niven y Ginger Rogers.
Mi mujer favorita es una comedia alocada de estilo clásico, aunque no el ejemplos más brillantes del género, además de que ha envejecido algo peor que sus competidoras. Como siempre, es un placer ver al neurótico Grant (haciendo, según dicen, una imitación poco disimulada del mismo MacCarey) y a la pizpireta Dunne, aunque el resultado final está por debajo de las expectativas.
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