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Cinefórum CDXLIII: «F1: la película»

 

De un Tú y yo que evidencia el deseo imposible de dos enamorados, a un yo contra el mundo que representa el espíritu torturado del protagonista del cinefórum de esta semana. En concreto el de F1: la película (Joseph Kosinski, 2025), título que bajo la fachada de blockbuster deportivo nos presenta la última encarnación del cantar de gesta del siglo XXI.

Vaya por delante lo evidente: para subirte al bólido de Kosinski tienes que hacerlo con el casco puesto, so amenaza de desnucarte en la primera curva. La propia concepción del proyecto es tan gruesa (mitad publirreportaje, mitad puesta al día del cine de carreras) que uno solo puede disfrutarla si sabe a dónde ha venido. Porque lo que nos propone aquí el cineasta, de la mano del siempre excesivo Jerry Bruckheimer, es un viaje de gran cilindrada que exige dejar en boxes la suspicacia.

Y hasta aquí los juegos de palabras, prometido.

El argumento de la cinta lo hemos visto infinidad de veces: Joshua Pearce (Damson Idris), una joven promesa de la fórmula 1, tan talentoso como impaciente, se ve obligado a entenderse con Sonny Hayes (Brad Pitt), un veterano atormentado; el objetivo es asegurar la supervivencia de la escudería que les da asiento (tremendo Bardem como dueño de la misma y carne de cañón de memes), para lo que tendrá mucho que decir Kerry McKenna (Kerry Condon), ingeniera jefa que funcionará como interés amoroso de el joven piloto BRAD PITT.

Dice Pedro Vallín algo así como que el cine comercial no avanza por ruptura, sino por variación consciente sobre estructuras épicas heredadas. De ahí que bajo el disfraz de refrito argumentativo podamos reconocer en F1 la legítima puesta a punto de un relato épico universal: el veterano marcado por el pasado, el talento joven sin domesticar, el equipo como familia improvisada, y todo ello transitado por el recurrente viaje del héroe.

Una historia heroica moderna en clave de epopeya deportiva ajustada a la actual Fórmula 1 (hiperindustrial, tecnológica, global), donde el centro del heroísmo queda desplazado; porque ya no importa tanto ganar como seguir compitiendo cuando cuerpo, tiempo e historia personal juegan en contra. De ahí que Brad Pitt se nos presente como una suerte de reencarnación de Steve McQueen; porque es la representación del héroe crepuscular característico de esa épica moderna más próxima al western tardío que al relato heroico de ascenso juvenil.

La cuestión es que todo esto funciona, y no por la ingenuidad del espectador sino por su predisposición a reconocer cada punto del periplo y participar del ritual colectivo. Y porque la emoción no va a surgir del qué, sino del cómo: concretamente de una propuesta visual tan hiperbólica como disfrutable y que convierte a F1:la película en la experiencia inmersiva definitiva del cine de carreras.

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