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Cinefórum CDXLIV: «De origen desconocido»

 

En F1: la película (2025, Joseph Kosinski), Brad Pitt encarnaba a un piloto veterano y atormentado que regresaba al mundo para volver a convertir la competición en el sentido de su vida. Esta semana viajamos a rebufo del bólido, pero en dirección contraria: De origen desconocido (1983, George Pan Cosmatos) es un proyecto de bajo presupuesto con más éxito de crítica que de público (esa maldición). Lejos de los motores, las ruedas de prensa y las luces de colores, aquí la acción se traslada al sótano de una casa burguesa de la zona más gris de Nueva York. Incluso el rostro conocido de la película parece el reverso tenebroso del de Brad Pitt: Peter Weller (famoso por la terrible muerte y resurrección de su personaje en Robocop) interpreta a un hombre de éxito, pero alienado, que pasa los días arreglando la fachada de su vida: un trabajo importante, una familia tierna, una casa bonita… Hasta que aparece la grieta: un ruido, una presencia mínima, comienza a apartarle de la sociedad. Por fin su existencia se reduce a lo esencial: la obsesión, la paranoia. La guerra. Es el terreno en el que brilla Cosmatos (Rambo: Acorralado Parte II, Cobra, el brazo fuerte de la ley…). Aquí no hace falta salir de casa para jugarse la vida.

La premisa es tan disparatada que roza la genialidad: Bart Hughes es un ejecutivo neoyorquino con una casa que por fuera parece protegida por patrimonio histórico y por dentro está recién reformada. Se percibe que ese es uno de los cimientos de su vida, pero también tiene una esposa de escándalo (Shannon Tweed), un hijo un poco pánfilo y un ascenso profesional a tiro de piedra. Precisamente cuando su familia se marcha unos días, descubre que en el sótano de su hogar vive algo que no se rige por las normas de los hombres. Algo que ni siquiera respeta la propiedad privada… Empiezan entonces los ruidos, las trampas, los cebos, las reparaciones inútiles, y la película se va estrechando hasta volverse un duelo primitivo: el hombre contra la bestia, el yuppie contra la plaga. El rostro duro de Weller hace que la degradación del protagonista se vuelva creíble: Hughes deja de comer, de asearse y finalmente también de trabajar. Vive solo para vencer a su némesis, una rata que gracias a la dirección de Cosmatos (testimonio de una artesanía elaborada a base de muñecos, bestias y encuadres) encarna el papel de su vida.

En 1983 Hollywood, como casi siempre, buscaba espectáculo a lo grande: era el año de El retorno del Jedi, Flashdance o Juegos de guerra. De origen desconocido llega desde otro sitio: es una coproducción de EEUU y Canadá, rodada principalmente en Montreal, basada en una novela de Chauncey G. Parker III y dirigida por un director greco-italiano que venía de trabajar con Otto Preminger y la flor y nata del cine transalpino. En su debut norteamericano, Cosmatos no se tiró a lo fácil ni en el fondo ni en la forma: el cine ochentero se acercaba a la clase media, al hogar norteamericano y a la ansiedad urbana, pero solía hacerlo desde la fantasía; no desde un asedio doméstico tan literal y milimetrado. Quizá por eso la recepción de la película fue desigual: en EEUU no acusaron mucho el recibo, pero Weller y Cosmatos ganaron varios galardondes en el Festival Internacional de Cine Fantástico y de Ciencia Ficción de París. Lo justo para que quedase un rastro de la película y que figuras como la de Stephen King la citen como una de sus películas de terror favoritas.

Evitando discutir si la cinta pertenece o no al universo del terror (que se expande con el nuestro), lo que es seguro es que De origen desconocido habla de clase y de propiedad: de la casa como extensión del yo y del estatus; del miedo a que lo de abajo ascienda; y también del derrumbe de una masculinidad que solo sabe existir controlando. Bart no llega a casa para descansar, sino para producir, y por eso el intruso no solo amenaza su hogar sino todo su proyecto vital. Eso es lo que le impone detenerlo y sustituirlo por una escalada obsesiva que va comiéndose su cordura.

Warner Bros., CFDC

Lo cierto es que la rata puede simbolizar lo que nos dé la gana en cada tiempo y lugar: la precariedad que sube por las tuberías, la culpa que no logramos exterminar, el resentimiento, la ciudad, el otro... Porque por encima de todo, la alimaña es, sencillamente, el pequeño gran monstruo que Cosmatos eligió para desquiciar a su protagonista y pegarnos a la butaca mientras presenciamos una lucha a muerte, absurda y feroz, por el derecho a seguir creyendo que el mundo está bajo control.

Quizá ahí esté la gran fuerza de la película. No importa por qué sucede; solo que cuando todo se derrumba, solo quedan en plano dos animales luchando por ocupar el mismo espacio. Por supuesto, al final solo puede quedar uno.

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