Cinefórum CDXLIX: «El inquilino»
Hay películas que capturan el sentido de una época: no tanto por lo que cuenta su guion (que también) como por el tono, la música, las actuaciones, la dirección… Por las texturas que empapan todo lo que se hace en un determinado momento y que acaban siendo tan reveladoras como las peripecias de sus protagonistas. Fue así la semana pasada con La virgen de la tosquera, cinta argentina capaz de reflejar un país hecho pedazos en el mismo momento de su explosión; y es también el caso de El inquilino (José Antonio Nieves Conde, 1957), que trata con aquella alegría propia y a la vez impuesta por el Desarrollismo el drama de la vivienda en España. Y no siempre estas películas, digamos epocales, son buenas; pero estas dos sí que lo son y por eso llaman hoy especialmente nuestra atención. Porque hablan de problemas sociales gestados hace décadas y de los que todavía estamos recogiendo los escombros.
Dirigida por José Antonio Nieves Conde y con un reparto encabezado por Fernando Fernán Gómez, la película cuenta la odisea de Evaristo y Marta (María Rosa Salgado), un matrimonio con cuatro hijos que recibe una orden de desahucio por el mal estado de su edificio. A partir de ahí, la trama se convierte en una carrera contrarreloj: buscar piso en un Madrid imposible, saltar de oficina en oficina, de promesa en promesa, mientras el calendario (y la casa propia) se le cae encima a la familia. Alrededor del drama disfrazado de comedia, un abanico de secundarios que dibujan el paisaje del momento: el casero, los funcionarios, la cuadrilla del derribo y los ricos del barrio son los que dan profundidad al fresco de la época.
La propia concepción del proyecto nos habla del cine y de la España de la dictadura. El director segoviano venía de rodar Surcos y con El inquilino vuelve a tocar la fibra social del régimen con una película levantada desde abajo: el proyecto nace en el seno de una cooperativa de producción (Films Españoles Cooperativa) fundada en los años 50 por un grupo de cineastas descontentos con la censura y las dificultades del sector. Incorpora, además, un reparto de prestigio capaz de sostener el equilibrio entre la risa y la angustia. La cinta (no se pagaba en las apuestas) fue retirada poco después de su estreno y circuló durante años mutilada, con un final edulcorado que sí aprobó la censura. La versión oficial y tolerada se reestrenó en Madrid en 1963 pero, recientemente y gracias a la labor de restauración y rescate promovida por filmotecas y cinéfilos, se ha podido recuperar el montaje original.
Y es que los temas tratados por cualquier obra de arte no pueden separarse sin más del modo en que esta se fabrica: aquí encontramos la vivienda, la especulación, la burocracia, la fragilidad de la clase trabajadora urbana y el desahucio como amenaza constante. Pero también aparece una dignidad que se mantiene a base de chistes. La película de Nieves Conde convierte lo cotidiano en asfixia: la búsqueda de piso es un laberinto y la ciudad, un embudo. El humor, que fue el vehículo necesario para escribir, producir y estrenar en un determinado tiempo y lugar, no suaviza la violencia. Así logró aquel costumbrismo convertirse en una radiografía. La de un país que crecía mientras se devoraba a sí mismo. Cabe preguntarse si tiene sentido hablar en pasado, aunque escribamos de 1957.

Así, regresamos al comienzo: usamos el terror, lo surreal o la comedia popular para lidiar con lo que a veces es difícil pensar frontalmente. Siete décadas después del estreno de esta película admiramos el baile dulce que aquellos autores supieron mantener con la censura franquista (y también el que la censura franquista supo mantener con ellos). Ahí brillan, todavía hoy, películas como El inquilino en las que el protagonista ensaya una sonrisa forzada porque no puede permitirse caer. Tu cara me suena, porque no es este, nuestro pasado, ningún lugar exótico. Es la penúltima baldosa del camino recorrido, el que nos ha traído exactamente hasta el lugar en el que vivimos.
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