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Cinefórum CDXLVI: «El estrangulador de Rillington Place»

 

Lo bueno de contar con una película donde aparece un actor con la trayectoria, variada y prolongada en el tiempo, de John Hurt, es que es muy fácil continuar con el carrusel del cinefórum. En este caso retrocedemos en el tiempo para unir su participación con un film rodado en 1971, El estrangulador de Rillington Place, una cinta oscura que gira en torno al asesinato privado de todo glamour.

La película se inicia recordándonos que se basa (de forma bastante fiel) en un evento real: los crímenes sucedidos en una modesta vivienda londinense en la aún semirruinosa Nothing Hill de la posguerra mundial. En realidad, comienza narrativamente en 1944 y nos muestra el modus operandi de John Reginal Christie (Richard Attemborough). El inmediato salto hacia delante en el tiempo nos lleva a 1949, cuando un joven matrimonio con un bebé, Timoty Tim Evans (John Hurt) y Beryl Evans (Judy Geeson) se traslada al piso superior de la misma vivienda. El señor Christie, como solícito y siniestro vecino, se convierte en una sombra acechante de la infeliz pareja, pero las cosas se tuercen cuando Beryl descubre que está de nuevo embarazada.

La dirección recae en Richard Fleischer, cineasta norteamericano de larga y ecléctica carrera, que ya ha visitado las páginas de nuestro cinefórum en dos ocasiones. En una de ellas, además, con Circulo de muerte, otra película sobre asesinatos estrenada el mismo año que la que nos ocupa y de nuevo rodada en Gran Bretaña. También había estado tras la cámara para dirigir la historia de otro asesino en serie real, El estrangulador de Boston (1968), aunque en este caso bastante más alterado en su traslación cinematográfica. No obstante, en el resto de su filmografía podemos encontrar obras tan alejadas de estas como Los vikingos (1958) o Conan, el destructor (1984).

Fleischer maneja durante gran parte del metraje la tensión creciente de saber desde el mismo principio que Christie, magníficamente interpretado por Attenborough, es un asesino y que su atención está fijada en Beryl; una tensión que puntúa y acentúa dramáticamente con el juego de miradas, encuadres y diálogos que van mostrando la creciente obsesión del asesino por su víctima elegida. Mientras tanto, Tim se nos dibuja como un hombre no demasiado inteligente, casi analfabeto, pero vano y ocasionalmente violento, perdido a menudo en historias fantásticas sobre su identidad, su trabajo o su futuro. Mientras los minutos se suceden, vamos notando como la misma cámara se va tensando, preparándose para un asalto que cuando finalmente llega es rápido, violento, pero también algo patético.

Una vez se produce el asesinato la tensión no desaparece, si no que cambia, volcándose ahora en saber si el criminal será castigado o si el (relativamente) inocente Evans será condenado. Como muchos films basados en asesinos en series reales, frente al mítico psycho-killer de la ficción, nos encontramos en Christie a un hombrecillo de ambiciones patéticas, también dado a la fantasía autoengrandecedora y cuya carrera criminal se alarga, no por una inteligencia excepcional o un plan cuidadosamente elaborado, si no por la ineptitud de la investigación policial o el mero azar. Es el desesperante papel de los espectadores seguir la inevitable maquinaria de la justicia hasta llegar a la sobria, pero impactante, escena de la ejecución de Evans en 1950. La carrera posterior criminal de Christie, que siguió matando hasta ser finalmente descubierto tres años después, se trata casi de forma resumida, con una serie de escenas que van saltando en el tiempo hasta culminar en su propia detención.

Columbia Pictures.

En realidad, se puede decir que Fleischer llegaba tarde al caso, ya que durante casi una década diversos intentos de llevar al cine la historia habían sido bloqueados por el British Board of Film Classification. El suceso había sido una causa celebre en la Inglaterra de los años cincuenta, cuando el descubrimiento de las otras víctimas del asesino en serie levantaron dudas sobre la condena original, y en los sesenta, cuando se le concedió a Timothy Evans un perdón real (1966) tras dos investigaciones internas de la policía que no encontraron nada objetable en el proceso. Todavía en 2003, treinta y tres años después del estreno de la película, y más de cincuenta años después de su ejecución, la hermanastra de Evans, Mary Mortlake, recibió una compensación económica por la ejecución. Como en otros muchos casos de asesinos en serie reales, y no los de la ficción, nos encontramos en que, independientemente del país o la década, sigue siendo una constante la incapacidad de la policía para investigar indicios o para escuchar a las víctimas, especialmente cuando estas proceden de estratos desfavorecidos de la población.

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