La semana pasada nos paseábamos por la Inglaterra depauperada de El estrangulador de Rillington Place, una película que explotaba el fértil mundo del asesino en serie. En nuestro cinefórum ya habíamos visto El fotógrafo del pánico, que junto con Psicosis puede considerarse una de las grandes precursoras del subgénero. En la década de los sesenta este había sido visitado en muchas ocasiones y para el cambio de década llegarían movimientos que harían que lo convertirían ya en parte integral del tejido cinematográfico. Hoy nos vamos a un año antes de la cinta de Fleischer, a unos Estados Unidos que, con el nacimiento del nuevo cine americano, ya estaba mirando a los asesinos en serie de una manera desmitificadora y realmente incómoda gracias a Los asesinos de la luna de miel (Leonard Kastle, 1970).
La historia se basa en un caso real de los años cuarenta: los asesinos de los corazones solitarios. Un timador de origen español, Raymond Fernández (nacido como Ramón), y una enfermera estadounidense, Martha Beck, asesinaron a una cantidad desconocida de mujeres a las que el primero se acercaba mediante anuncios en la sección de contactos de los periódicos. Una historia escabrosa en la que el primero había abandonado a mujer y cuatro hijos en España, mientras que la segunda había hecho lo propio con dos hijos anteriores. Por si fuera poco, Raymond decía haber aprendido vudú y magia negra en la cárcel y ser irresistible para las mujeres. Desde luego, lo era para Martha.
La película mantiene los nombres y muchos hechos reales de los asesinatos, pero ignora las familias anteriores y convierte a los dos hijos de Beck en su madre. Sin embargo, a pesar de estos cambios, destaca por no edulcorar en absoluto la realidad de los asesinos. Fernández y Beck son dos personas anodinas, más bien tristes, que se ven atrapados en una espiral de muerte y destrucción en la que su amoralidad es clave. De hecho, el final de la cinta le da a Beck un pequeño brillo de arrepentimiento que no existió en la realidad.
En lo cinematográfico, la obra es un ejemplo perfecto de la tendencia más realista del nuevo cine americano. Cerca del cine de guerrilla, emparentada con el propio Cassavettes y su vertiente del cine independiente americano, la película iba a ser dirigida por el propio Martin Scorsese, hasta el punto de que algunas de sus tomas todavía están en el producto final. Pero Scorsese era demasiado lento, así que primero le sustituyó Donald Volkman y luego tuvo que tomar el control Leonard Kastle en su único trabajo. En realidad, Kastle era un compositor, libretista y director de ópera que se dedicó sobre todo a la enseñanza.

Es fácil pensar en el cine de asesinos en serie, sobre todo en el periodo posterior a El silencio de los corderos (Jonathanm Demme, 1991), como un cine que glorifica y limpia al asesino, convertido en una especie de ángel exterminador omnipotente. Pero originalmente era más bien un subgénero naturalista en el que los fallos de la sociedad se veían representados en unos personajes que no resultaban nada atractivos, sino más bien repelentes. Porque en Martha Beck y Raymond Fernández, como en la familia de La matanza de Texas (Tobe Hopper, 1974), o en Norman Bates, vemos los reversos oscuros y olvidados de la sociedad que se deslizan por sus grietas y traen un terror más tangible que el que había marcado al cine anterior. De hecho, Los asesinos de la luna de miel resulta una película tan incómoda como terrorífica porque sabemos que el mal radica en la soledad creada por la sociedad, no en elementos externos.
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