Cinefórum CDXVI: «Yawar mallku (La sangre del cóndor)»
La semana pasada explorábamos En los 90 algo que se parecía mucho a la construcción de nuestra propia identidad adolescente, aunque siempre desde la agradable y amortiguadora distancia que separaba la ficción (y sobre todo la realidad) europea de su versión sin cortar, puramente norteamericana. Hoy nos trasladamos al sur, hasta las alturas andinas por las que se desliza La sangre del cóndor (Yawar Mallku, Jorge Sanjinés, 1969), para presenciar otra identidad, la indígena, que quedó cercenada por la opresión, pero también unida para siempre a un relato de resistencia.
No obstante, antes de lanzarnos en brazos de la historia que cuenta la película (por cierto, basada en hechos reales), detengámonos por un momento en quién la contó, cómo y por qué lo hizo. La sangra del cóndor fue producida por el Grupo Ukamau, un colectivo cinematográfico cofundado por el propio Sanjinés y Óscar Soria (también coguionista de la película), que buscaron producir en la Bolivia de los 60 un cine comprometido con la realidad social del país. Por eso su Yawar mallku está parcialmente rodada en quechua, con actores sin ningún tipo de experiencia (al menos frente a las cámaras; distinto es el significado de la misma expresión si la colocamos frente al espejo de la opresión a la que nos referíamos) y profundamente inspirada en unos hechos suficientemente terribles como para requerir poco aderezo: La sangre del cóndor expone en poco más de una hora mucho de lo que supuso la esterilización forzada de mujeres indígenas por parte de una organización estadounidense que operaba bajo la fachada de ayuda la humanitaria; pero además le sobra tiempo para ensayar una interpretación de lo sucedido desde coordenadas que nos parecen puramente indígenas y, sin embargo, provenía de la intelectualidad que dio forma al proyecto. El resultado fue que no gustó del todo a sus protagonistas…
La trama de la película cuenta un episodio de la vida de Sixto Mallku, un indígena que como tantos otros decidió trasladarse a la gran ciudad en busca de trabajo, pero un buen día se encuentra a sus familiares recién llegados desde el altiplano: han traído a la ciudad a su hermano Ignacio, herido de bala y necesitado de atención sanitaria. La causa de la herida indígena es su enfrentamiento con las fuerzas del orden bolivianas, dispuestas a atajar de raíz una insurrección social contra la presencia en el territorio de los americanos del Cuerpo del Progreso, una agencia sanitaria que ha estado esterilizando mujeres indígenas sin su consentimiento y por el bien de la patria boliviana. El objetivo de los blancos (norte y suramericanos) era, claro está, conseguir un continente caucásico. A partir de aquí, navegamos entre dos líneas temporales fundidas en una narrativa fílmica sorprendentemente moderna y que contrasta con los acabados técnicos de la película: por un lado, vemos al guerrillero regar los Andes con la sangre del enemigo; por otro, Sixto buscando dinero debajo de las piedras para comprar una bolsa de sangre para su hermano. Defendamos la sanidad pública, camaradas.
Y es que La sangre del cóndor va mucho más allá de ser una simple rareza progre que combina dos lenguas, dos razas, dos mundos; el texto de Óscar Soria y Sanjinés logra incrustar la historia de la burguesía criolla, la del imperialismo yankee y la decadencia de la cosmovisión indígena en una trama que nos va oscureciendo el ánimo hasta llegar prácticamente a orillas de lo lovecraftiano; al final de la película sentimos que hemos atravesado los dominios del caos primigenio, con los indígenas preguntando a los vapores de la coca qué le sucede a sus niños, un simposio médico de prohombres eugenistas en la capital de La Paz y un hombre agonizante, a punto de recibir una extraña transfusión de sangre…
Sin embargo, Yawar mallku trasciende prácticamente la condición de película porque no solo opera en el plano estético o narrativo, sino también en el político y en incluso el museístico: estamos sentados frente a la pantalla viendo cine, pero también admirando un documento histórico y un objeto cultural casi arqueológico. Por el momento en el que la película fue realizada (el Che acababa de ser asesinado, precisamente en Bolivia), por cómo se hizo (con medios precarios y un propósito consciente de denuncia) y, sobre todo, por el conflicto que encarnan unos protagonistas que protestaron tras las primeras proyecciones, al considerar que el uso de los flashbacks era algo ajeno a las formas narrativas tradicionales de los indígenas.

Se dice que esto influyó en Sanjinés, que en El coraje del pueblo (1971) trató de centrarse en la experiencia colectiva de los indígenas y facturó una película casi documental en la que los propios campesinos representan al pueblo reprimido durante la masacre de la noche de San Juan. Se dice que su anterior película, esta Yawar mallku, fue decisiva para que ese mismo año se expulsara definitivamente al Cuerpo de Paz de Bolivia.
Por todo ello, La sangre del cóndor es una película fundacional para el cine social latinoamericano en general y para el boliviano en particular; por todo ello, también, es algo más que una simple película.
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